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Una Vida Retirada ¿ReTirada? (*)

Fernando Rusquellas


– Un, dos… un, dos… un, dos… un, dos…deré, izquier… un, dos…deré, izquier… – El profesor, – un,dos… – de gimnasia, caminaba de regreaso, – un, dos… un, dos…, – su mente, – un, dos… un, dos… – estaba ocupada por el repetitivo – un, dos…un, dos… deré, izquier…un, dos… – y hasta sus pasos, – un, dos… deré, izquier… – respondían rítmicamente al – un, dos… un,dos… – llegó por fin a su casa… – ¡aaaltó! – se detuvo y con aire marcial… – ¡Media vueeel-tá! – hasta quedar justo de frente a la puerta, colocó el índice de la mano derecha sobre el pulsador del timbre, miró atentamente el cuadrante del reloj pulsera en su muñeca izquierda y cuando el minutero marcó exactamente los treinta minutos pasadas las cinco de la tarde apretó el pulsador del timbre, y… – Un… dos… tres… – y retiró el dedo con precisión germánica.

Sin tiempo para un parpadeo, su esposa, sumisa y callada, abrió la puerta, un par de pantuflas color arena en la mano derecha y el mate recién cebado en la izquierda.

Sin cambiar una palabra cenó mirando el partido, se duchó con agua fría y se sumergió entre las sábanas prolijamente planchadas escuchando el otro partido en la radio bajo la almohada. Mentalmente contó – Un…, dos…, tres…, cuatr… – y, como todas las noches, comenzó a roncar siguiendo el compás, – Un…, dos…, tres….cua…

Muy temprano en la mañana, apenas despuntando el sol, se despertó sobresaltado.

Algo insólito, desacostumbrado, parecía estar sucediéndole. Su mente había sido invadida por… ¡Un pensamiento!

Una frase martillaba insistente y repetitivamente en su cerebro y muy a su pesar desplazaba al consabido y seguro un… dos… treś… cuátr…

Inútiles resultaron sus esfuerzos por apartarla, por suprimirla, por censurarla, por eliminarla. La frase regresaba con más y más fuerza, hasta ocuparlo todo con su sabor inquietante.

Se vistió rápida y desordenadamente. Como todos los días desayunó frugalmente. Pero esta vez olvidó contar un… dos… trés… a cada sorbo, a cada mordizco a la rebanada de pan con manteca. Sólo aparecía la frase, insistente, obstinada, insolente.

Debía llegar antes que los alumnos irrumpieran en el gimnasio como una dócil tropilla de borregos.

Una vez en camino intentó iniciar el habitual un…, dos…, pero la frase insistente, se entrometía en medio de la cuenta impidiendo la aparición de los tranquilizantes trés…, cuátr… restantes que hubieran otorgado ritmo y seguridad a sus pasos.

A medida que caminaba y se sucedían una a una las calles, las casas, los árboles y los postes de las señales urbanas y se acercaba al Colegio la frase golpeaba más fuerte, con mayor insistencia, casi con malignidad, impidiéndole numerar como siempre lo había hecho, cada uno de sus pasos. Algo sobrenatural parecía estar ocurriéndole.

– Tal vez, – Pensaba, – había sido elegido desde el Más Allá para transmitir el trascendente mensaje a la humanidad. – aunque él no estuviera capacitado para comprenderlo. – ¿Acaso habrían comprendido el mensaje aquellos niños campesinos cuando lo recibieron de la propia Virgen de Fátima?

La idea lo inquietó aún más y trató inútilmente de reiniciar su uno…, dos…, pero la frase, entrometida, se lo volvió a impedir.

Sintió la enorme carga de responsabilidad que implicaba dar cumplimiento al trascendente mandato.

Corrió desacompasadamente las veinte o treinta cuadras que lo separaban del Colegio. Jadeante y casi sin fuerzas atravesó el portal de entrada y se dirigió resueltamente a la oficina del Director. Se detuvo ante la puerta cerrada, esperó unos minutos para tranquilizarse y recuperar el ritmo normal de la respiración. Para darse ánimo afirmó los hombros hacia atrás, acomodó con ambas manos las solapas del saco hasta sentir una leve presión sobre sus vértebras cervicales y llenó de aire sus pulmones.

Sin golpear abrió intempestivamente la puerta de la Dirección de un sólo empujón y ante la sorpresa del Señor Director declamó con voz clara y sonora aquella frase recibida en sueños desde las ignotas profundidades del universo inconsciente:

– “¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido!”(*). Y ¡Qué alterada vida la del que huye del ruido del mundo anal!”.

Dicho esto cayó, rendido ante el desacostumbrado esfuerzo mental, sobre el escritorio del Director, atiborrado como estaba de papeles inútiles y expedientes inservibles.

El Señor Director, estupefacto. no podía comprender cómo aquel sencillo, circuspecto y rutinario profesor de gimnasia hubiera podido dar al mundo un pensamiento semejante, que con una sóla frase completaba aquellos memorables versos de Fray Luis de León y expresara con tal exquisita sencillez una verdad oculta a la humanidad durante siglos.

Sin perder un minuto el Señor Director hizo llegar al Señor Ministro de Educación la noticia del promisorio hallazgo. La respuesta no se hizo esperar y en una comunicación oficial quedó concertada para la primera hora del día siguiente una entrevista sin límite de tiempo para el Profesor-Gimnasta recientemente consagrado Poeta-Filósofo.

La lectura de la frase completa, leída ante el consejo de Ministros reunido en pleno causó sensación entre los magistrados que admirados, repetían con veneración aquella genial sentencia que comienza con “¡Qué alterada vida…” que resultó calurosamente elogiada por el Primer Ministro.

El revuelo fue tal que despertó la curiosidad del Señor Presidente del Consejo Supremo de la Nación quién invitó al autor a declamar en persona la ya famosa frase durante una cena privada en los jardines del Palacio Presidencial de verano, junto a su Señora Esposa y su Señorita Hija. Ambas sufrieron un desmayo la una y emotivas náuseas la otra ante la indiscutible profundidad intelectual y filosófica de la frase declamada con voz clara y varonil por el propio Filósofo y Gimnasta cuya esposa, sumisa y callada, lo aguardaba junto al portal de entrada con el mate espumoso recién cebado en su mano izquierda.

Con la bombilla en la boca, justo cuando se disponía a sorber el sabroso amargo sucedió lo imprevisto: la frase completa comenzó a fluir desde sus labios sin que él mismo se lo propusiera, y cuanto más se obstinaba en dejar de pronunciarla ésta se repetía indefinidamente una y otra vez sin solución de continuidad.

Viendo y oyendo lo que ocurría, el Señor Presidente del Consejo Supremo telefoneó con urgencia al Señor Ministro de Salud Pública que no tardó en presentarse, a medio vestir aún, y realizar los primeros estudios para determinar la naturaleza de tan insólita patología. Escrutó el fondo de ojo, el ritmo cardíaco, la temperatura rectal y el reflejo rotuliano sin que el paciente dejara de emitir mecánicamente y sin pausa el clasico verso de Fray Luis de León seguido por la inspirada poética de su propia creación. Al cabo de algunos minutos, unos treinta y tantos, el Señor Ministro de Salud pública obturó con gran maestría la abertura bucal del paciente mediante una pelotita de tennis que a tal efecto traía en el bolsillo trasero de su impecablemente limpio pantalón deportivo azul marino con las insignias blancas de una conocida marca comercial muy de moda por aquellos días.

Pasaban las horas y las facciones del paciente se iban desfigurando visiblemente: su coloración mudaba del rojo al púrpura, alcanzando a veces desde espectaculares y hermosos tintes violetas hasta los azules marinos más bellos y profundos contrastando alegremente con el verde limón de la felpa que cubría la pelotita de tennis. Al mismo tiempo el Profesor de Gimnasia-Poeta-Filósofo emitía a travéz de los orificios de su nariz sonidos sordos que recordaban los bufidos de las focas macho en épocas de celo, acto injustificable ya que no había ni una sóla foca hembra en quilómetros a la redonda.

El procedimiento aplicado por el Señor Ministro de Salud Pública había resultado cien por ciento exitoso ya que no se habían vuelto a oir los versos ni una sóla vez, razón suficiente para que el Señor Presidente del Consejo Supremo condecorara, colocando en el pecho del Señor Ministro de Salud Pública una nueva medialuna de manteca en medio de calurosos aplausos de la concurrencia.

Ya en el Hospital Psiquiátrico, luciendo un impecable chaleco de fuerza muy apretado, el Filósofo y Profesor de Gimnasia terminaba de digerir los últimos vestigios de la pelotita de tennis.

Un nuevo triunfo de la ciencia se puso de manifiesto cuando los productos de degradación de la pelotita destruyeron en forma definitiva al virus informático que se había filtrado accidentalmente en el cerebro del Profesor mientras manipulaba irresponsablemente la computadora portátil de su nena.

Pocos días después, totalmente recuperado, – Un, dos… un, dos… un, dos… un, dos…deré, izquier… un, dos…deré, izquier… – El profesor, – un,dos… – de gimnasia, caminaba de regreaso, – un, dos… un, dos…, – llegó por fin nuevamente a su casa… – ¡aaaltó! – se detuvo y con aire marcial… – ¡Media vueeel-tá! – hasta quedar justo de frente a la puerta, colocó el índice de la mano derecha sobre el pulsador del timbre, miró atentamente el cuadrante del reloj pulsera en su muñeca izquierda y cuando el minutero marcó exactamente los treinta minutos pasadas las cinco de la tarde apretó el pulsador del timbre, y… – Un… dos… tres… – y retiró el dedo con precisión germánica. Sin dar tiempo a un parpadeo, su esposa, sumisa y callada, abrió la puerta, el par de pantuflas color arena en la mano derecha y el mate recién cebado en la izquierda.

 

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(*) Vida retirada

¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado
ni del dorado techo
se admira fabricado
del sabio Moro, en jaspes sustentado.

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presa a mi contento
si soy del vano dedo señalado?
¿Si en busca de este viento
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

¡Oh monte, oh fuente, oh rio,
o secreto seguro y deleitoso!
Roto casi el navío
a vuestro almo reposo
huyo de aqueste mar tempestuoso.

Un no rompido sueño,
un día puro, alegre, libre quiero;
no quiero ver el ceño
vanamente severo
de a quien la sangre ensalza o el dinero.

Despiérteme las aves
con su cantar sabroso no aprendido;
no a los cuidados graves
de que es siempre seguido
el que al ajeno arbitrio está atentido.

Vivir quiero conmigo
gozar quiero del bien que debo al Cielo.
a solas, sin testiggo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas , de recelo.

Del monte en la ladera,
por mi mano plantado, tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.

Y como codiciosa
por ver y acrecentar su hermosura
desde la cumbre airosa
una fontana pura
hasta llegar corriendo se apresura.

Y luego sosegada,
el, paso entre los árboles torciendo,
el suelo de pasada
de verdura vistiendo
y con diversas flores va esparciendo.

El aire el huerto orea
y ofrece mil olores al sentido;
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y del cero pone olvido.

Téngame su tesoro
los que de un falso leño se confían;
no es mío ver el lloro
de los que desconfían
cuando el cierzo y el álbrego porfían.

La combatida antena
cruje, y en ciega noche el claro día
se torna , al cielo suena
confusa vocería
y la mar enriquecen a porfía.

A mí una pobrecilla
mesa de amable paz bien abastada
me basta, y la vajilla
de fino oro labrada,
sea de quien la mar no teme airada.

Y mientras miserable-
mente se están los otros abrasando
con sed insaciable
del peligroso mando,
tendido yo a la sombra esté cantando.

A la sombra tendido,
de hiedra y lauro eterno coronado,
puesto el atento oído
al son dulce acordado
del plectro sabiamente meneado.

                                   Fray Luis de león

 

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