Kósquires

Un Placer Vergonzante

por Fernando Rusquellas

Noche. Larga, interminable noche. Silencio. La nariz extrañamente afilada, incapaz de percibir el pesado perfume de las flores. Flores y eucalipto. Aguardando el instante crucial, impoluta, la tapa cuidadosamente lustrada. Expresiones divertidas, inmovilizadas. La vida. Chispazos de voz que no será. Afuera, como adhiriéndose al duelo, el día despunta tristemente gris. Gente silenciosa, sin rumbo, sin nombre. Más voces quedas se sumaron ocupando el espacio robado al silencio. Irrupción temida, esperada, profesional, implacable. Un impertinente ruido metálico anunció el fin. Despedida, dolor, liberación, soledad, alivio.

Afuera, una fría mañana de invierno en Buenos Aires. Los primeros rayos del sol acariciaban apenas a quienes se atrevían a enfrentar la intemperie.

La brisa helada sobre el rostro le infundió una increíble sensación de libertad y casi imperceptiblemente se alejó de allí. Sin proponérselo sus pasos lo llevaron hacia el parque cercano. Casi oculto por el sobretodo, la bufanda anudada alrededor del cuello. Caminó sin rumbo, la mente sumida en pensamientos desordenados, sin hilación aparente. Cafés compartidos en noches de insomnio. Facciones endurecidas, de cera amarillenta, inexpresivas. Sacrificios inútiles. Ojos rojos de sueño recorriendo apuntes de clase bajo la luz de la lámpara. La tapa, a un costado, aguardando lustrada. Exámenes. Política. Compañeros. El amor.

Las ideas, una tras otra en caprichosa sucesión, tal vez en un intento del cerebro por limpiar de contenidos inútiles sus viejos archivos, tal vez por clasificar los rescatables siguiendo algún plan desconocido para él.

Inesperadamente, una casi olvidada sensación en su pié izquierdo lo devolvió a la realidad. La suela de su zapato resbaló como si una baldosa del camino se hubiera fundido bajo su peso. Una secuencia de antiguas, olvidadas imágenes visuales y tactiles se atropellaron por ocupar el centro de su atención. Una almohada de plumas, una banana aplastada, una mousse de chocolate, un… ¡Mierda! Inmediatamente, como impulsado por un reflejo ancestral, su pie se arrastró repetidamente de adelante hacia atrás, casi con desesperación contra el suelo embaldosado. Luego, una y otra vez, también insistentemente frotó el borde exterior de la zuela por el césped del cantero al borde del camino, sosteniéndose erguido sólo por su pierna derecha que se mantenía rígida, como clavada al piso.

Aquellos movimientos trajeron a su memoria recuerdos que creía olvidados. Cabeza pequeña, bien formada, envuelta en adorable cabello cano. Rodete pequeño, ajustado. Horquillas con botón de nácar. Pequeño aún dando vueltas y más vueltas a la manzana. Abuelita vigilaba –No debes hablar con desconocidos… Monopatín azul y el manubrio de madera despintado por el roce inclemente de las manitos. Algo mayor, malambo en las fiestas patrias de la escuela, ostentación de habilidades varoniles ante las nenas que observaban embelesadas. Fru fru de guardapolvos almidonados. Aroma de almendras amargas de aquel engrudo y de lápices de colores.

Sentimientos encontrados. Frustración por haber caído en la trampa sin culpa de un perro vagabundo, otro, que pugnaba por superar al primero, de un extraño, sensual e incomprensible placer.

Reemprendió el camino. Algo había cambiado muy dentro suyo, ya nada sería como antes. Risa burlona de mejillas sonrosadas. Pómulos de cera amarilla. Perfume agobiante de flores amontonadas. La tapa lustrada, aguardando.

No lograba evitar que su imaginación se obstinara en revivir una y otra vez, casi con fruicción aquella experiencia.

Intentó distraerse observando cómo unas personas caminaban encorvadas, envueltas en sus gruesos abrigos, pero un impulso poderoso parecía ensañarse con él dirigiendo el rumbo de sus pensamientos. Cambio de pañales de la bebé. Vómito lácteo sobre la almohada. Párpados de cera amarilla, cerrados. Ridículos arreglos florales y eucalipto. «Tus compañeros». El resbalón, repetido una y otra vez. Imaginó cómo aquella masa blanda, maloliente y resbaladiza se deslizaba por entre los dedos de su pie descalzo.

Hizo un último esfuerzo por prestar atención al silbido del viento rozando las ramas de los árboles. Entre asqueado y gozoso, sintió cómo su mano derecha intentaba inútilmente limpiar el empeine de su pie desnudo. Percibió claramente la tibieza de aquella sustancia cremosa bajo sus dedos. En un acto reflejo, irreflexivo, se llevó la mano a la boca. Una involuntaria mueca de repugnancia lo sorprendió lamiendo con desesperación sus dedos helados, rígidos, de cera amarilla. Placer morboso, casi erótico. Miró a su alrededor. Nadie había observado su comportamiento vergonzante.

Labios apretados, herméticos. «Mi pésame…». Frío. Pájaros volando veloces. Llovizna imperceptible. Olor de lana humedecida. La tapa lustrada, cerrada. Clausura..

No sin cierta aprensión metió las manos en los bolsillos del sobretodo y aunque lo intentó, no pudo evitar el acoso de los recuerdos recientes intercalándose en la cadena de pensamientos deshilvanados.

                     

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