Kósquires

Nuria

Martha Pensel - Fernando Rusquellas

NURIA

segunda parte de “pelusas eran las de antes

– ¿En qué pensás cuando te sentís sola? Preguntó a Nuria la doctora Rem apenas iniciada la primera sesión.

– En duraznos.

– ¿Duraznos?

– La cáscara, ¿viste?

– Ajá.-La psicóloga se acomodó los anteojos y anotó un par de palabras. Nuria la miraba impasible

¿Qué anotás?

– ¿Qué te parece?

– Anotás que pienso en duraznos. Pero pienso en otras cosas también.

– ¿Por ejemplo?

– Por ejemplo en frazadas, en ruecas, en plátanos, en viento…

– ¿Sabés qué son las ruecas?

– Sí. El aparato para hilar de la Bella Durmiente… Se pinchó.

La Doctora Rem anotaba con su forma abreviada cada palabra en su block tamaño oficio. Un block en blanco que con los días se iba a llenar de posibilidades. En la mochila de Nuria estaban almacenados los restos de quién sabe qué historias. Había que devanar con la rueca, había que ovillar hasta el principio o el final del ovillo.

– ¿Frazadas? ¿Por qué pensás en frazadas?… ¿Acaso por que pierden pelusas…?

– Hacía frío, mucho frío. No, no es por las pelusas… creo.

– Estabas en Buenos Aires, frío…lo que se dice frío…

– Si, sí, frío, tenía las manos congeladas… además había viento muy fuerte que se te metía por todos lados.

– Bueno, dejémoslo así… ¿Y por qué pensaste en plátanos?

– No se… me vino a la cabeza… ¿Sabés que busqué «plátano» en mi diccionario de bolsillo y dice: «ver banana», y cuando buscás «banana» dice «ver plátano» – Soltó una risita incómoda. La psicóloga anotó en su block: «plátano, desvía la respuesta». Y repreguntó a boca de jarro:

– Plátanos les llaman a las bananas pero también son plátanos los árboles de la calle, esos que sueltan pelusitas… ya sabes, las que dan alergia…

– Pu..puede ser… Y los ojos de Nuria se humedecieron, inexplicablemente para ella. La Dra. RRem emitió un imperceptible – Ahá … Ahahá. – Registró el hecho en su block y dio por terminada la sesión.

Nuria regresó a casa con un montón de pensamientos confusos que se superponían aumentando su desconcierto. Estaba rendida.

Durmió hasta cerca del medio día, cuando la despertó un intenso olor a brócoli cocinado por la abuela al tiempo que cantaba a voz en cuello : -¡Oh sole míooo…! con el alegre ritmo de un Cha Cha Cha.

Estaban en la sala color canela sentadas al lado de la ventana.

– ¿Y cómo se llama tu abuela? – Curia se sorprendió un poco. La Dra. Rem hacía dibujemos en el block.

– Eh…… yo no me acuerdo. Le digo abuela y ella me dice… bah, no sé.

– ¿Cómo te dice?

– Ussy.

– ¿Ussy?

– Sí, Ussy.

– Y vos te llamás…

– Nuria.

– ¿No te dirá Nussy?

– No, Ussy.

La Dra Rem interrumpió:

– Volvamos al tema anterior.

– ¿A cuál anterior? ¿Al de las canciones?

– No, pero… volvamos a las canciones.

– No corresponden, la letra no va. La música no va, nada se corresponde con nada. Si usted toma agua no usa un plato, usa un vaso, ¿no?

– A vos, ¿qué te parece?

– Que no. Bah, no sé, podría ser. Pero no corresponde me parece a mí. Ni cuando me cantaba el arrorró me decía lo que todos dicen.

– ¿Y qué decía?

– Nada que ver. Decía:

                                   “Qué vamos a hacerle,

                                    la cara de tu tía

                                    con la escarapela

                                    justo en la barriga.”

Se hizo un silencio.

A veces la Dra Rem tenía que sacarse los anteojos y esperar un rato para sofocar ese cosquilleo en el esternón que precedía a los atques de risa. Ponía su mejor cara pensativa y pensaba “no es gracioso, no es gracioso, esto es muy serio…” Pero esta vez no pudo controlar una carcajada intermitente con el consecuente lagrimeo. Hizo el intento de frenar el proceso y la inevitable vuelta al principio, pero todo fue inútil.

– Eso no corresponde – Dijo Nuria, sin saber qué hacer.

La frase provocó en la Dra. otro acceso de risa y Nuria, primero empezó a sonreír y después, tímidamente se escuchó a sí misma desenvolviendo escalas, cataratas de risa con sonidos casi desconocidos para ella.

La hora del final de aquella sesión sonando en el reloj cú cú las encontró a las dos redoblando carcajadas, secándose los ojos con lo que tuvieran a mano y despidiéndose con señas.

Pero la Dra. Rem alcanzó a tomar el block y anotar cuatro o cinco palabras: “Ussy” : ¿Abreviatura de Pelusa? ¿Corresponde?

La abuela juntó una a una las pelusas verdes y rojas que habían quedado desparramadas en el césped del jardín. En dos cofrecitos de madera lustrada las guardó separándolas por su color. Cuando hubo terminado las llevó una a una hasta el interior de la casa y mientras recitaba los primeros versículos del Apocalipsis según San Juan las volcó prolijamente en el inodoro junto con una versión ilustrada del Kamasutra. Terminada la ceremonia tomó asiento en el sillón hamaca y sosteniendo su vientre con ambas manos rió y rió sin interrupción durante varios días. Con estertores aún por la risa, se preparó dos albóndigas de queso y frutilla, una taza de té de cebolla y se durmió placenteramente.

Cuando llegó Nuria de la sesión con la doctora Rem, la abuela estaba riendo aún y pensó que la psicóloga había olvidado su juramento y roto el secreto profesional, así que regresó al consultorio hecha una furia.

– ¿Se lo contó?… ¿Por qué se lo contó?… ¿Para qué tenía que contarle?…. ¿Y Ustedes de dónde se conocen?….

La Dra. salía del consultorio con el portafolios lleno de papeles y Nuria le cerró el paso en la vereda.

– ¿Qué pasa? ¿Estás bien?

No, no estaba bien porque la confusión la abarcaba como una sábana de muchas plazas.

– ¡Se reía igual que nosotras!

– ¿Quién?

– ¡Mi abuela!… ¿Usted le contó?

– Tranquila. No conozco a tu abuela.

– ¿Y por qué se reía?…

– ¿Por qué se ríe otras veces?

– No, ella no se ríe. Ella nunca se ríe.

Nuria pateaba las bolillitas de Paraíso esparcidas en el suelo.

– No conozco a tu abuela.

Nuria la miró, se dio vuelta, pegó un gritito y salió corriendo.

Una señora gorda con una blusa floreada y un changuito lleno de botellas de gaseosas pasaba por la vereda. Se quedó parada junto a la Dra., movió la cabeza, suspiró y dijo:

– Pobre chica.

– ¿Por qué? – Preguntó la Dra.

Y… está, usted sabe, está del otro lado.

– ¿Usted la conoce?

– Sí, soy vecina de la cuadra.

– ¿Conoce a la abuela?

– ¿A qué abuela?

– A ver: ¿Usted conoce a la chica que se fue corriendo?

– Sí. Hace añares.

– ¿Y a la abuela? ¿La que vive con ella?

– No, esa chica vive sola.

– ¿Está segura?

– Y sí, claro, siempre me llamó la atención. Pero no le hace mal a nadie. Vive solita, habla solita, junta cosas en una bolsa y siempre tiene la vereda muy prolija.

La Dra. Rem permaneció un minuto en silencio, asintió, saludó brevemente y sacó las llaves de su auto, estacionado en la cochera de la esquina.

– La vereda muy prolija… la vereda muy prolija… Repetía sin voz, con el sólo movimiento de sus labios la Dra. Rem al tiempo que daba arranque al Jeep descapotable. Sin habérselo propuesto concientemente se encontró recorriendo lentamente la Costanera. Sin proponérselo detuvo el auto y descendió, se apoyó en la balaustrada de cemento mirando el ir y venir de las olas que brillaban a la luz de la luna. …La vereda muy prolija… Solita… ¡Así que la abuela sin nombre!… – Algo la hizo sonreír y romper el silencio. – ¡Ahora sí que corresponde! Y golpeó dos veces en la baranda con la palma de la mano como para confirmar la idea.

La Dra. Rem estaba feliz y regresó hasta su departamento caminando lentamente y gozando del atardecer. Recién entonces, cuando prendió la luz del pasillo, recordó haber olvidado el Jeep en la Costanera, junto al río y con las llaves puestas. .

El día siguiente, después de rescatar el vehículo abandonado, transcurrió revisando bibliografía, tomando notas y haciendo anotaciones en el block dedicado al caso Nuria. Al mismo tiempo tarareaba el Arroz Con Leche al ritmo de una chacarera. – ¡Esto no corresponde! – Pensó divertida, y continuó agregando más observaciones a las páginas del block. Nueva sesión y nueva estrategia.

Querida Doctora .

¿Cómo se llama usted? Me parece que es importante saber los nombres primeros de cada uno, yo a usted le decía doctora y a la abuela abuela y al verdulero verdulero, pero el nombre digo, es importante, así las personas se quedan más firmes y no se diluirían más.

Yo estoy acá desde hace un mes, puede ser que más días. Acá está bien, los árboles dan las frutas que corresponden y hasta hay una huerta que se parece a la de mi casa. ¿Cómo está mi casa? Yo creo que estuve confundida en algunas cosas, ahora me parece, estoy tomando remedios que me hacen pensar un poco bien. Pero sé que algunas veces las cosas no se curan del todo, se manejan pero no del todo.

Reírme me hizo muy bien con usted. Qué cosa, me dí cuenta de que era todo gracioso lo que decía, todavía me da risa y es como reírse de un chiste, o de una misma, es darse cuenta, yo me dí cuenta y entonces no se tiene más o no tanto miedo.

Pero dígame Doctora, si me inventé a la abuela, y al perro y a todo eso, por otra parte, ¿quién me dio plata, quién me enseñó a leer, de dónde salí yo? ¿Del libro de las leyendas celtas que una vez encontré en mi casa y aprendí a entender por los dibujitos o no sé cómo? Correspondería que alguien hubiera estado, ¿no? Si no ¿cómo habré hecho?

¿Vió que hago preguntas que están bien? Y bueno, así es la cosa. Pero le quería pedir un favor: cuando me visite otra vez, ¿me traería de mi casa la tea pot cosy? Ya debe estar muy viejita, pero la extraño. Mantenía caliente el té de la tetera aun que fuera invierno y a mí también así.

Muchas gracias, espero que se encuentre bien. 

                                                                   Nuria Asscot

Junto a la Asistente Social entraron a la casa una vez más buscando respuestas.

El cubreteteras de lana tejida al crochet abrigaba a la antigua tetera vacía en el rincón de un estante.

La Doctora pensó en un pecho gastado dentro de una mañanita vieja, lo desvistió y guardó el tejido en la cartera y miró a su alrededor otra vez, y las preguntas eran tantas, y muchas no tenían en ese momento ninguna explicación.

Pero descubrió algo: el cubreteteras había dejado en su mano algunas pelusitas de lana raída. Las separó con cuidado, las puso dentro del estuche de sus anteojos y salieron de la casa.

El día convenido para la visita había sido el jueves, y se encontraron en el fondo del Instituto.

Nuria estaba tranquila y le habló de varios compañeros de tareas y de varios médicos que la atendían y la escuchaban. Juntaron algunos trompitos de eucalipto y caminaron juntas. Las voces de las palomas torcazas ensayaban un arrullo suave.

– ¿Me lo trajo?

-Sí.

El tea pot cosy estaba en una bolsita.

-Ah. – Dijo Nuria, sacándolo. – Mirá cómo andás vos soltando pelusas.

El sol de la siesta de otoño las llenaba de claroscuros. Una chicharra las saludó sostenidamente mientras recorrían el camino de baldosas.

-¿Las pelusas qué son, Nuria?

-¿Qué?

-¿Las pelusas qué son?….

Nuria entrecerró los ojos e inclinó un poco la cabeza.

-Ah. Son lo que queda.

-¿Lo que queda de qué?

– Y…. más o menos… lo que queda de todo.

-¿De todo?

– De todo lo que fue.

Siguieron caminando en silencio. Las dos sonreían.

-¿No es cierto, Doctora, que estoy pensando bien?

– Claro Ussy. Yo me llamo Cecilia…

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