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Lluvia

Cristian Rusquellas

      Anochecía y llovía a cántaros. Había llegado muy temprano, para ver el armado de la formación, algo que le fascinaba desde su infancia; los operarios ferroviarios corrían cubiertos con capas impermeables que chorreaban agua, acoplando uno a uno los vagones; el sonoro golpe metálico de los parachoques al tocarse le despertaba lejanos recuerdos.

Días atrás se había encontrado con un amigo, socio del Ferroclub; él le había comentado como al pasar que quería visitar a su familia, pero que odiaba tener que hacer otra vez el viaje en ómnibus; entonces para su sorpresa aquél le había informado que los trenes de carga se detenían brevemente en su pueblo para hacer la maniobra de cruce con el que venía en sentido opuesto por la vía simple, y como a veces incluían un vagón de pasajeros para transporte de personal, con un poco de suerte podría conseguir hacer realidad su sueño: poder ir en ferrocarril, como en su infancia.

Así es que ahora estaba en la playa de cargas esperando la salida del tren. El vagón en el que iba a viajar estaba justo a continuación de las dos locomotoras diesel que sumarían sus fuerzas para arrastrar el convoy de setenta vagones. Recordaba con nostalgia el bufar y resoplar de las imponentes vaporeras negras y aquella escapada emocionante que había hecho de chico en un furgón de cola (que a la vuelta le había costado una paliza) compartiendo el mate con el empleado del ferrocarril y ayudando en las maniobras.

Por fin partieron. Sus compañeros de viaje lo recibieron cordialmente, como si fuera uno de ellos. El vagón era viejo pero no tenía goteras ni vidrios rotos; la mitad era furgón, sector donde se amontonaban sin gran orden herramientas, repuestos, dos bicicletas, un lavarropas y una cama desarmada, con su correspondiente colchón enrollado.

Cuando abandonaron la zona urbana y entraron en la vía simple, el tren redujo la velocidad porque los rieles no estaban en su mejor estado.

Apagaron las luces del vagón. Entonces Pancho miró por la ventanilla; estaban en pleno campo. No se apreciaban formas definidas, sólo sombras fantasmales; de cuando en cuando se veía pasar una luz lejana, que podía ser un solitario farol de alumbrado, la ventana iluminada de una casa aislada (¿quiénes vivirían allí, qué estarían haciendo?) o los faros de un vehículo que avanzaba trabajosamente por malos caminos bajo la lluvia.

O también cruzaban una población: unas pocas calles iluminadas, un auto parado en la barrera, la extraña sonoridad del eco del rodar del tren devuelto por un largo paredón paralelo a la vía, las moles oscuras de la estación desactivada y vagones arruinados abandonados en las vías muertas. Luego nuevamente el campo abierto, invisible en la noche, y el monótono traqueteo de las ruedas. Acunado por el tren, finalmente se durmió.

Había bastante luz cuando lo despertaron por la mañana para ofrecerle un mate, que aceptó gustoso y retribuyó con un paquete de facturas que fue recibido con aclamaciones.

Y seguía cayendo la lluvia sobre los campos inundados.

Examinó a los otros pasajeros. Cuatro operarios jugaban a las cartas, indiferentes al paisaje, charlando en un guaraní mechado con risotadas. Un maquinista de relevo dormía plácidamente. Otro empleado se le acercó.

– Qué terrible esta lluvia, realmente es para creer en eso del cambio climático, nunca había visto algo así.

Pancho asintió y miró nuevamente para afuera. El agua estaba tan alta que casi llegaba al tope del terraplén, el tren parecía estar navegando.

Cada tanto una lomada lograba asomar a la superficie; se la veía cubierta de un pasto ralo de color verde pálido. A veces también incluía un árbol seco; qué contrasentido, un árbol seco en medio de tanta agua. En algunos puntos lograba emerger un alambrado, con restos vegetales colgando de los hilos; metros más adelante volvía a desaparecer en las profundidades.

Ahora pasaban al lado de una loma más extensa. Sobre ella se refugiaban unas pocas vacas; se las veía flacas. No era raro, puesto que ya se habían comido hasta la última brizna de pasto y el suelo era sólo una masa de barro pisoteado, pensó que si no las rescataban pronto morirían de hambre.

Llegaron al río, mucho más ancho que de costumbre; fuera de cauce y muy revuelto, parecía un mar proceloso con olas de color marrón. Entraron lentamente en el largo puente; por el enorme caudal la superficie quedaba perturbadoramente cerca y las ventanillas eran salpicadas por el agua barrosa. El río arrastraba árboles y toda clase de residuos; muchos restos quedaban enganchados en los pilares. A Pancho le parecía sentir el trepidar de la estructura por el embate del agua.

¿Aguantará, no?, – dijo uno – después de todo tiene como cien años. A lo lejos se veía borrosamente el puente de la autopista, sobre el que se desplazaban lentamente las luces de los vehículos. Más cerca, una cresta espumosa trasversal a la corriente delataba la posición de la ruta vieja, que había quedado totalmente bajo el agua.

Llegaron a terrenos más altos. Campos anegados, siembra fracasada, o potreros con una vegetación rala y llenos de charcos. Alambrados caídos, algún molino de viento estropeado; no se veía ninguna presencia viva. Hasta era difícil ver un pájaro, parecía que todos habían emigrado.

Cielo gris, luz gris. Paisaje triste, contagiaba a los viajeros del vagón, que habían dejado de conversar y no podían apartar su vista de las ventanillas, como si esa melancólica monotonía los hipnotizara.

Al pasar por una población, las casas, con sus paredes empapadas, se veían también de todos los tonos de gris, hasta el negro. El mundo se había vuelto monocromo.

Ya era bien pasado el mediodía cuando por fin se aproximaban al pueblo donde Pancho iba a bajar. El tren avanzaba despacio haciendo sonar repetidamente su corneta, porque la visibilidad era mala. Finalmente, entraron lentamente en la estación. Debían esperar la llegada del otro convoy.

Pancho saludó efusivamente a sus compañeros de viaje, que lo invitaron a volver a acompañarlos cuando quisiera. Se apeó en el viejo andén resquebrajado sobre el que crecía el pasto y se guareció bajo la ruinosa marquesina aguardando a que el tren volviera a partir.

A lo lejos, a través de la cortina de agua, se veía el faro de la máquina del otro carguero, que venía atrasado. Cuando por fin arribó, los conductores intercambiaron información y enseguida reanudaron la marcha, cada uno para su lado. Muy pronto ambos convoyes se perdieron en la lluvia y ya no se veían las luces rojas de los vagones de cola. La estación quedó desierta y silenciosa, sólo se oía el gorgoteo del agua en los canalones.

Entonces Pancho empezó a caminar. Pasó junto a lo que había sido la sala de espera, con su puerta sin hojas y su techo lleno de goteras; en un rincón medianamente seco, un linyera dormía su hambre, envuelto en una manta agujereada. A un lado de la antigua boletería con su ventanilla tapada con tablas, sobrevivía una pizarra descascarada con nombres ilegibles de estaciones muertas.

Todo le traía melancólicos recuerdos de cuando esa misma estación estaba bulliciosamente animada por los viajeros y los empleados que llevaban y traían equipajes, bultos y encomiendas.

Tomó por la salida que daba a la plaza. Necesitaba que lo vinieran a buscar, había intentado comunicarse con la familia desde el tren, pero su celular no recibía señal. Afuera de la estación había un teléfono público, pero no funcionaba. Rodeó la plaza para ir al almacén, pero estaba cerrado porque eran más de las tres; no abriría antes de las cinco y media o seis, no podía esperar tanto.

Desandó el camino a la estación. Se sentó en lo que quedaba de un banco, que crujió amenazadoramente bajo su peso. Sacó de su equipaje un par de botas de goma y se cambió, ya que debería cruzar por el barro.

Reinició su camino; iba por el medio de la desierta calle para no recibir el chaparrón que caía de los árboles cada vez que los sacudía una ráfaga de viento. Tras unas cuadras de caminata, llegó al fin del pavimento; frente a él tenía todavía trescientos metros de lodazal.

Aquí no había aceras. Las dispersas casas se comunicaban con la calle de tierra a través de puentecitos que salvaban las profundas cunetas por las que corría el agua como un arroyo caudaloso. Debería avanzar sin contar con un punto de apoyo para guardar el equilibrio.

Entró con prudencia. Caminaba por las profundas huellas, llenas de agua, porque sabía que era la parte más firme; tenía que tener mucho cuidado, porque el barro era muy resbaladizo. Avanzaba de costado, muy lentamente, levantando apenas los pies. Era una distancia corta, pero le insumió cerca de media hora.

Al fin llegó a la casa familiar. Aquí terminaba la calle: un alambrado la atravesaba de lado a lado indicando el fin del ejido municipal; del otro lado se veía un potrero cubierto de cardos y algunas montañas de escombros. Bajo un árbol se había refugiado un caballo, que permanecía inmóvil y sólo sacudía de vez en cuando las orejas.

Como esta parte de la calle era poco transitada, fuera de la huella crecía el pasto. Creyendo que allí el suelo sería más firme, apoyó el pie con cuidado, pero la tierra totalmente saturada de agua cedió bajo su peso y Pancho se cayó en la calle anegada. Trató de levantarse, pero al apoyar la mano el brazo se le enterró casi hasta el codo. Se alzó y volvió a caer varias veces antes de poder pararse.

Avanzó trastabillando hasta la puerta del jardín. Allí había unos ladrillos sobre los que se pudo afirmar; sacudió sus manos para quitarse el barro y batió palmas varias veces.

Tras un lapso que le pareció una eternidad, se abrió la puerta de la casa. Reconoció con dificultad a su hermano en el que abría; parecía envejecido y agobiado, su cara expresaba una inmensa tristeza y tenía el pelo gris revuelto. Se ponía la mano arriba de los ojos a manera de visera; evidentemente no lo había reconocido, embarrado de pies a cabeza como se encontraba.

Al fin su hermano decidió a acercarse. Recorrió lentamente el caminito y al llegar al cerco, su expresión viró a una mezcla de sorpresa y estupor. Luego exclamó con voz ronca:

– ¡Pancho! – Abrió la puerta de golpe, lo atrajo hacia sí y lo abrazó estrechamente, sin fijarse en que se embarraba completamente. Lloraba y reía a la vez. Lo tomó del brazo y lo arrastró hacia la casa, mientras vociferaba:

– ¡Chola! ¡Tita! ¡Vengan! – Entraron. A quien primero vio en la semipenumbra de la pieza fue a su cuñada, que lo besó y abrazó llorando mientras sólo atinaba a decir:

– ¡Oh, Pancho! ¡Oh! – Detrás estaba su sobrina, que también lloraba y reía. Sus chicos se asociaban a la función, saltando y gritando. Pero Pancho no veía a su sobrino político.

– ¿Dónde está Arturo?

– Fue… a buscarte. – le contestó su sobrina, haciendo una mueca.

Pancho intentó disculparse:

– Perdónenme, esto es culpa mía, lamento haberlos angustiado. Lo que sucede es que se me antojó venir en un tren de carga en lugar del ómnibus y ha llegado atrasadísimo.

Su sobrina, que tenía carácter fuerte, fue la primera en serenarse.

– No tío. Es que el ómnibus patinó en la ruta por la lluvia y cayó en la cuneta, el chofer y la mayoría de los pasajeros murieron, y creíamos que vos… – y no pudo terminar la frase.

Pancho se abrazó de nuevo estrechamente con su hermano. Se notaba una expresión de amargura en su rostro ya que su buen corazón le llevaba a pensar en los demás pasajeros de aquel ómnibus, que tenían por lo menos tanto derecho como él a seguir viviendo. Se desplomó sobre una silla, sollozando, con la cara entre las manos.

– Si el ferrocarril de pasajeros todavía funcionara, tal vez esa gente no hubiera muerto.

Los demás lo rodearon en silencio, con la cabeza baja.

Afuera seguía lloviendo.

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