Kósquires

“Las Preocupaciones de Nacardia VIII – oxígeno

Fernando Rusquellas

– ¡Así que solitos descubrieron cuál es la trampa que las plantas le tienden al Sol!… a la luz del Sol, claro.– Fue el recibimiento que esa mañana les dedicó la doctora Buretta a Nacardia y el Lector.

– ¡Sí, el color verde de las hojas!… – Se apuró a contestar Nacardia con entusiasmo. – …perooo…me vino una duda: pensaba que, si comí una fruta, una fruta dulce con azúcar… ¿cómo hago para sacarle la energía que tiene atrapada el azúcar… la glucosa, digo?
– Tenés una novia… ¿por que es tu novia no? – Dijo la doctora Buretta al Lector mientras alcanzaba un banquito a Nacardia invitándola a sentarse. Los cachetes del lector se ruborizaron a pesar suyo. – …hace preguntas muy inteligentes ¿sabés?… estoy un poco ocupada hoy también, pero en un ratito les contaré cómo es eso. ¿Recuerdan cómo  hacían las hojas para producir glucosa?
– Seguro, con agua y un gas del aire. – Contestó el Lector.
– Sí, nene… y con la energía del Sol…que se queda atrapada en laaa… glucosa. – Le recordó Nacardia.
– Veo que aprendieron muy bien la lección… – Aprobó sonriente la doctora Buretta. – …pero hay algo que el licenciado Rainbow no les contó… con luz, agua y ese gas del aire las hojas fabrican glucosa, pero al mismo tiempo hay otro gas que dejan escapar hacia el aire, el oxígeno.
– ¿Cómo?… – Preguntó el Lector asombrado. – …¿Además de la glucosa, las hojas fabrican oxígeno?
– No, no lo fabrican, es el oxígeno del agua que… – La doctora Buretta se interrumpió y dijo: – mejor les contesto la pregunta de Nacardia, …eso, si quieren se los cuento otro día, habría que hacer  fórmulas químicas y…
– ¿Fórmulas?… huy no, esas cosas no me gustan y nunca las voy a entender. – Aseguró Ncardia frunciendo las cejas.
– Con tu inteligencia… un día lo intentamos ¿eh? – Propuso la doctora Buretta ladeando la cabeza. – …pero bueno, ahora vayamos a tu duda que era algo así: «¿cómo recuperamos nosotros la energía de la glucosa», verdad?
– Sí, eraaa… ¿Cómo hago para sacarle la energía que tiene atrapada el azúcar? – Rcordó Nacardia.
La doctora Buretta se acomodó mejor en el banquito, que era el más alto de los que estaban allí, peinó su mechón de pelo gris, que como era de esperar volvió a resbalar sobre la frente hasta ocupar el mismo lugar que antes:
– Tu cuerpo también es inteligente, y hará todo lo posible por apropiarse de la energía guardada en la glucosa… – Nacardia y el Lector se tomaron de las manos como para prestar mayor atención a lo que diría la doctora Buretta. – …para eso deberá volver atrás, desandar los pasos con que la hoja verde armó la glucosa… primero tu cuerpo tomará oxígeno del aire, el que había dejado escapar la hoja verde y…
– ¿El mismo, y cómo lo…? – Nacardia interrumpió la pregunta cuando se dió cuenta de la pavada que estaba por decir. – …ya,  ya entendí, mi cuerpo toma oxígeno del aire y… – Aclaró, y la doctora Buretta, hizo como si no hubiera oído y continuó: – …con el oxígeno del aire tu cuerpo desarmará la glucosa y recuperará el agua… ¿Se acuérdan que la hoja verde había sacado el oxígeno del agua,…?  ¿se acuerdan, no?
– Sí, si, le sacaba el oxígeno al agua… al agua de la abuela Migragna… – Rió el Lector apretando con suavidad la mano de Nacardia. Esto hizo que el Autor esbozara una mueca de satisfacción.
– Exactamente… – Aprobó la doctora Buretta con una sonrisa. – …con el oxígeno que tomamos del aire repondrás el agua y devolverás al aire el famoso gas… ¡que a estas alturas… deberíamos llamarlo por su nombre: dióxido de carbono!
– Después de tanto lío ¿me queda sólo un poco de agua y ese gas… dióxido de carbono?… que encima lo tiro al aire ¡pero entonces… ahora me quedo sin la glucosa! – Comentó Nacardia desconcertada.
– Sí, es cierto, habrás destruído la glucosa… – Aceptó la doctora Buretta, y mirando a Nacardia por encima de los anteojos terminó: – …pero ¡te habrás apropiado nada menos que de su energía!
– ¡Ahh!… – Reconoció el lector. – …ahora el cuerpo de Nacardia ¡se habrá quedado con la energía que la planta verde le había robado al Sol!
– ¡Qué buen negocio!… – Bromeó Nacardia. – …recupero el oxígeno del  aire y le devuelvo dióxido de carbono, y la energía me la quedo para mí.
– Tomás oxígeno… largás dióxido de carbono… ¿no hacés eso cuando  respirás?… – Descubrió asombrado el Lector.
– Veo que han entendido todo, y como les dije, hoy estoy un poco apurada. – La doctora Buretta se colocó un barbijo blanco que tapaba la mitad de su cara y desapareció por una puerta en la que decía “ bacteriología”.
– ¿Te das cuenta?… – Dijo Nacardia entusiasmada. – …me comí una ciruela y ahora tengo adentro la energía que antes estaba en el Sol… ¿entendés lo que digo? ¡Esa energía estaba allá, en el espacio, dentro del Sol, y ahora la tengo yo acá, adentro mío!
El Autor estaba eufórico,  todas las preocupaciones de Nacardia habían sido resueltas, todas sus dudas aclaradas.

Sin embargo le quedó por resolver un asunto importante: si para continuar con la redacción del cuento le estaría permitido hacer figurar este inusual enamoramiento entre su personaje de ficción y un lector de carne y hueso proveniente del mundo real. Pensó con razón que debería elegir entre dos posibles soluciones. Como autor tiene todo el derecho de suprimir al personaje conflictivo, con lo cual perdería el interés de, hasta el momento, su único lector. La otra solución, tal vez la más viable, sería la de incluir al Lector como un personaje más de la ficción… siempre que éste estuviera dispuesto a aceptar una  propuesta tan audáz.
Mientras todos estos pensamientos daban vueltas y más vueltas en la mente del Autor, Nacardia exclamó:
– ¡Ahora sí que estoy verdaderamente preocupada! Yo me como la cieruela y me quedo con toda su energía, pero… ¿Si nadie la come, a dónde va a parar la energía de la ciruela?… ¿y si la planta verde no dá fruta, dónde queda toda esa energía?… ¿y cuando la planta se seca…?
Al Autor se le llenaron los ojos de lágrimas cuando vió que las preguntas no se habían terminado. Se encogió de hombros y salió del laboratorio caminando muy despacio sin rumbo conocido.

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“Las Preocupaciones de Nacardia IX – más y más comensales”

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