Kósquires

Las Preocupaciones de Nacardia – I ¿porotinas?

Esa mañana, como todas las mañanas de aquel frío invieno, Nacardia se había quedado dormida, arrebujada entre las abrigadas, acojedoras cobijas a cuadritos de colores.
Y como todas las mañanas de aquel frío invierno, la Abuela Migragna, empujada por el insomnio y su tradicional dolor de cabeza matinal, se había levantado muy tempranito, la pañoleta de color salmón cubría sólo a medias los hombros de un largo batón azul. Puso la pava al fuego para su primera mateada y preparó un suculento desayuno para Nacardia. La sorprendería llevándoselo a la cama.

– ¿Nacardia, quién es Nacardia? – Preguntó el Lector en todo su derecho, ya que nadie se lo había aclarado a su debido tiempo.
La abuela Migragna pareció no haberlo escuchado, se sentó en la sillita de paja al lado de la cama de Nacardia y le habló despacito: – ¡A levantarseee… dormilonaaa…! – Casi cantando, para no sobresaltarla.
– ¿Cómo que quién es Nacardia? – Protestó al Lector la Abuela Migragna hablando en voz muy baja, casi inaudible: – Pues Nacardia, para que sepas, – Continuó – …es hija de Nacardia La Vieja,… – Su memoria no dejaba de asombrar a todos, incluso al doctor Stetoscopius, su médico de cabecera. – …Nacardia la vieja estaba casada en segundas nupcias con el estúpido Otario Cabrón.
Lejos de aclarar las cosas esto confundió más al desprevenido Lector que insistió con nuevas preguntas. Pero no obtuvo respuesta de la Abuela Migragna, ocupada ahora en revolver la taza del chocolate con una antigua cucharita de bronce para que no se forme la nata, que a su nieta Nacardia le produce arcadas.
Como ya era tarde y hacía frío, el Lector, que no se había cambiado aún su pijama de rayas celestes, no tuvo ganas de levantarse de la cama para buscar otra cosa que leer y se resignó a continuar con el mismo cuento.
Cuando Nacardia abrió los ojos descubrió que los vidros de las ventanas habían amanecido maravillosamente empañados. Medio dormida aún se envolvió en la pañoleta tejida al crochet de la Abuela Migragna para acercarse a la ventana, donde dibujó con el dedo algunos garabatos y escribió “me siento blandita”  en el vidrio helado y húmedo, y un poco más abajo agregó “blandita pero no mucho”
-Si, señor,… – Continuó inesperadamente la abuela Migragna – …fue en un baile de carnaval cuando Nacardia La Vieja…, que todavía no era vieja, conoció al tonto de Otario Cabrón…
De pronto Nacardia, que no estaba interesada por las cosas que contaba su abuela, se detuvo pensativa. Su mano estaba todavía congelada por el frío de la ventana.
– Tengo una duda, abuela… – Dijo. – …una tremenda preocupación: …yo estoy aquí lo más campante… – Y mientras apuraba un sorbo del chocolate de la abuela Migragna agregó: – …siento que mi cuerpo es blandito pero no mucho, y elástico también, si no fuera así, si sólo fuera blandita… – Razonó – ¡Estaría toooda desparramada por el piso…!
– ¡Desparramada, y por el piso! – Exclamó molesta la Abuela Migragna. – Me hacés acordar a tu viejo, el tonto de Otario Cabrón, ¡Para eso te traigo el chocolate a la cama! – Se quejó dolida la abuela Migragna.
– ¡Chocolate! – Pensó para sí el Lector sin poder disimular una mueca de desagrado. – ¿ A esta hora de la mañana, chocolate?
– Sí señor…, eran muy jóvenes los dos… – Recordó divertida la abuela Migragna como si estuviera viendo la escena. – …él ya era tonto desde chiquito ¡jajaja! Si sería tonto que estaba disfrazado de pato y como todo pato, a cada paso una… ya sabés Lector, ¡A cada paso… jajaja!…
– ¿Estaré yo hecha de algún material especial? – Se preguntó Nacardia frunciendo el ceño auténticamente intrigada. – Digo… ¿Estaré hecha de goma como los guantes de la cocina, de aluminio como las cacerolas o como un inodoro de…no sé de qué…?
– …El disfráz de ella era muy insinuante, ¡Juíjuíjuí…! – Rió la abuela Migragna sin prestar atención a su nieta. – …estaba vestida de “choclo” y el “pato” empezó a picarle uno a uno los granitos… y ya te podés imaginar, un granito por aquí, otro por allá… cuando Nacardia la Vieja, que como te dije antes no era nada vieja, cuando se quiso acordar ¡tenía todo el marlo al aire… jajaja!…
– ¡Como un inodoro yo, pero blandita, eso sí!… – Protestó Nacardia al borde del llanto.
La abuela Migragna hizo una larga pausa y continuó recordando:
– …En aquella época no era como ahora, para Pascuas tuvieron que casarse de urgencia…¡Sí señor, siempre fue un idiota el Otario Cabrón ese! Idiota de jóven… y de viejo, peor. Ella en cambio… mejor no hablar de los difuntos ¿No? ¡Juijuijui!
– ¿Estaré hecha de algún material extraño?… ¡Seguramente! – Se preguntó Nacardia mientras continuaba dándole vueltas y más vueltas a su “tremenda preocupación”. Un adormecimiento desagradable se apoderó de todo su cuerpo y la obligó a acurrucase en la cama en posición fetal.
Ajena a las verdaderas preocupaciones de Nacardia, la abuela Migragna, suzurró al Lector con una mirada de complicidad:
– ¿Lo ves, Lector? ¡Habla, habla y habla! Y no dice nada útil, como el tonto de su padre, el Otario Cabrón.
– Creo queee…, – Intervino entonces el Lector, molesto por cómo la Abuela Migragna descargaba en su nieta las supuestas culpas de los padres. – …hay que admitir que Nacardia tiene una duda existencial, no veo razón para criticarla tanto, y menos aún compararla con ese viejo de… bueno, con su señor padre…
A medida que avanzaba en la lectura, el Lector creyó comprender mejor al personaje de Nacardia, sus dudas y su “preocupación”:
– Si no me equivoco… – Arriesgó, dirigiéndose a Nacardia. – …una parte muy importante de tu cuerpo es agua. – y aclaró: – …también del mío, del de la Abuela Migragna, del elefante del circo, de esa mosca que pasó volando… todos tenemos mucha agua dentro…
– ¡Claro, ahora resulta que soy como un elefante, o peor, como una mosca llena de agua!… – Protestó indignada la Abuela Migragna.
El Lector hizo caso omiso del comentario de la Abuela Migragna y continuó escuchando con atención a Nacardia, que entre sorprendida y quejosa preguntó:
– ¿Yo, hecha de agua,… sólo soy un poco de agua entonces…?
– ¡No, no sólo de agua, no! hay otras cosas…no sé… – Se apuró a tranquilizarla el Lector. – …supongo que son como los ladrillos en una casa, o como las piezas metálicas en un auto…

El Lector hizo entonces un último intento para salir del lío en que se había metido: – …pero no son ladrillos, claro, tampoco piezas metálicas, vendrían a ser como filamentos, sí, unas fibras que serían como… – A pesar de sus buenas intenciones, el Lector no supo cómo continuar.
La abuela Migragna estaba cada vez más incómoda, se sacaba y ponía los anteojos, movía la cabeza de un lado a otro, levantaba y bajaba la ceja del ojo izquierdo y fruncía los labios. Se la veía muy molesta.
– Sí, fibras… disculpen que me meta pero… -Intervino contra su voluntad el Autor, ya que cuando comenzó a escribir se había propuesto no entrometerse en los asuntos propios de los personajes, pero ante la situación embarazosa en la que se había metido el Lector de puro entrometido, no pudo aguantarse más y también intentó ayudar:
– Sí, creo que hay algo así como fibras, filamentos… se llaman proteinas creo, pero…
En eso estaba cuando llegó su salvación: alguien entró desde la calle muy apurado, se oyó una tos, un fuerte carraspeo, y por fin una voz jadeante entre sonora y pastosa que pareció completar las recientes afirmaciones del Autor:
– No es tan sencillo, – Dijo. – …las proteinas no sólo son fibras y filamentos… hay otras, hay proteinas de muchas clases… ¡y muy diferentes! – Era la voz del doctor Stetoscopius, el médico de la abuela Migragna, que convocado con urgencia por el Autor llegó muy apurado y casi sin aliento. Vestía un traje oscuro, algo raído. Con un pañuelo blanco secaba las abundantes gotas de transpiración, que a pesar del frío de la noche resbalaban por su frente. – …las hay muy largas y pesadas… – Prosiguió. – …algunas forman filamentos resistentes,…otras son muy cortas, algunas tan livianitas que flotan en los líquidos del cuerpo.
– “Líquidos del cuerpo…” – Parodió Nacardia con voz burlona – …¡Me quedo más tranquila! Ahora resulta que no soy como un inodoro… – Dijo aparentando alivio. – …me siento como una sopa de parotinas, porotinas… o como se llamen.
– ¿Porotinas? ¡Jajaja!.. porotinas… jajaja, proteinas Nacardia… el doctor Stetoscopius dijo «proteinas»! – Corrigió divertido el Lector.
– Al final, ¡todos saben qué son esas cosas menos yo! – Protestó Nacardia enfurruñada cuando intervino la Abuela Migragna:
– ¡No les hagas caso, nena, ninguno de estos tipos sabe de que habla, son como aquel viejo tonto del Otario Cabrón… ¡Tantas pavadas me dieron sueño! Terminá el desayuno que yo me voy a dormir un poco… – Y salió de la habitación arrastrando las pantuflas y haciendo mucho ruido, ocasión que aprovechó el doctor Stetoscopius, que se había quedado con las ganas de completar su explicación magistral:
– Las proteinas,… – Dijo con aires de profesor. – …están formadas por cadenas, las largas tienen muuuchos eslabones, cuanto más largas más eslabones… trescientos, cuatrocientos…o más… – Acompañó sus palabras separando los brazos y gesticulando con ambas manos. – …y las cortas tienen pocos eslabones, a veces muy poquitos… tres ocuatro solamente… – Y miró triunfalmente a Nacardia esperando haberla impresionado pero ella, sin darle respiro repreguntó:
– ¿De dónde salieron? Esas cadenas, digo… ¿Cómo puedo tener yo todas esas cosas adentro y no darme cuenta?… – Mientras decía esto, Nacardia rompía nerviosamente entre sus dedos las cáscaras quebradizas de unos maníes tostados que la Abuela Migragna le había dejado, aún calentitos, en una bolsita de papel sobre la almohada junto a la taza del chocolate. Con la boca llena tragaba casi sin masticar aquellas semillitas redondas de piel rojiza.
– ¡Cómo que “de dónde salieron”! – Respondió impaciente el doctor Stetoscopius que deseaba terminar de una buena vez con este tema y ocuparse de la abuela Migragna. – ¡Los vegetales, las semillas, todas las semillas están llenas de proteínas! – Tratando de ser amable y convincente a la vez insistió: – …como los maníes que estás comiendo…, y los porotos, las lentejas, el trigo, las nueces… también las frutas, las verduras, las papas, las zanahorias…hasta el chocolate que trajo tu abuela… todas las plantas tienen proteínas y… eso sí, agua, casi siempre mucha agua.
– ¡Cómo no van a tener agua si las riego todas las mañanas! – Se oyó la voz de la abuela Migragna enojada, a los gritos desde su habitación – ¡Pero hablen más despacio que no se puede dormir…!
No dejaron de hablar, como esperaba la abuela, pero eso sí: en voz más baja.
Una nueva observación de Nacardia le quitó al Lector toda esperanza de continuar con la lectura del cuento:
– Si yo estuviera hecha solamente de agua y porotinas de plantas… digo, sería como ellas, tendría tallos, ramas, me saldrían hojitas, flores…digo…
– ¡Humm! – Se oyó refunfuñar al Autor, muy contrariado al comprobar que con esta nueva preocupación de Nacardia las cosas se estaban poniendo demasiado complicadas. La continuación de su cuento quedaría ahora postergada por un largo rato, al menos hasta aclarar la reciente, nueva “preocupación” de Nacardia.
Desilucionado con la nueva postergación, el Lector tomó una margarita del florero, la colocó a modo de marcador entre las hojas del libro, lo cerró con cuidado y lo dejó sobre la mesita  de luz, junto al teléfono.

Esa mañana, como todas las mañanas de aquel frío invieno, Nacardia se había quedado dormida, arrebujada entre las abrigadas, acojedoras cobijas a cuadritos de colores.
Y como todas las mañanas de aquel frío invierno, la Abuela Migragna, empujada por el insomnio y su tradicional dolor de cabeza matinal, se había levantado muy tempranito, la pañoleta de color salmón cubría sólo a medias los hombros de un largo batón azul. Puso la pava al fuego para su primera mateada y preparó un suculento desayuno para Nacardia. La sorprendería llevándoselo a la cama.
– ¿Nacardia, quién es Nacardia? – Preguntó el Lector en todo su derecho, ya que nadie se lo había aclarado a su debido tiempo.
La abuela Migragna pareció no haberlo escuchado, se sentó en la sillita de paja al lado de la cama de Nacardia y le habló despacito: – ¡A levantarseee… dormilonaaa…! – Casi cantando, para no sobresaltarla.
– ¿Cómo que quién es Nacardia? – Protestó al Lector la Abuela Migragna hablando en voz muy baja, casi inaudible: – Pues Nacardia, para que sepas, – Continuó – …es hija de Nacardia La Vieja,… – Su memoria no dejaba de asombrar a todos, incluso al doctor Stetoscopius, su médico de cabecera. – …Nacardia la vieja estaba casada en segundas nupcias con el estúpido Otario Cabrón.
Lejos de aclarar las cosas esto confundió más al desprevenido Lector que insistió con nuevas preguntas. Pero no obtuvo respuesta de la Abuela Migragna, ocupada ahora en revolver la taza del chocolate con una antigua cucharita de bronce para que no se forme la nata, que a su nieta Nacardia le produce arcadas.
Como ya era tarde y hacía frío, el Lector, que no se había cambiado aún su pijama de rayas celestes, no tuvo ganas de levantarse de la cama para buscar otra cosa que leer y se resignó a continuar con el mismo cuento.
Cuando Nacardia abrió los ojos descubrió que los vidros de las ventanas habían amanecido maravillosamente empañados. Medio dormida aún se envolvió en la pañoleta tejida al crochet de la Abuela Migragna para acercarse a la ventana, donde dibujó con el dedo algunos garabatos y escribió “me siento blandita”  en el vidrio helado y húmedo, y un poco más abajo agregó “blandita pero no mucho”
-Si, señor,… – Continuó inesperadamente la abuela Migragna – …fue en un baile de carnaval cuando Nacardia La Vieja…, que todavía no era vieja, conoció al tonto de Otario Cabrón…
De pronto Nacardia, que no estaba interesada por las cosas que contaba su abuela, se detuvo pensativa. Su mano estaba todavía congelada por el frío de la ventana.
– Tengo una duda, abuela… – Dijo. – …una tremenda preocupación: …yo estoy aquí lo más campante… – Y mientras apuraba un sorbo del chocolate de la abuela Migragna agregó: – …siento que mi cuerpo es blandito pero no mucho, y elástico también, si no fuera así, si sólo fuera blandita… – Razonó – ¡Estaría toooda desparramada por el piso…!
– ¡Desparramada, y por el piso! – Exclamó molesta la Abuela Migragna. – Me hacés acordar a tu viejo, el tonto de Otario Cabrón, ¡Para eso te traigo el chocolate a la cama! – Se quejó dolida la abuela Migragna.
– ¡Chocolate! – Pensó para sí el Lector sin poder disimular una mueca de desagrado. – ¿ A esta hora de la mañana, chocolate?
– Sí señor…, eran muy jóvenes los dos… – Recordó divertida la abuela Migragna como si estuviera viendo la escena. – …él ya era tonto desde chiquito ¡jajaja! Si sería tonto que estaba disfrazado de pato y como todo pato, a cada paso una… ya sabés Lector, ¡A cada paso… jajaja!…
– ¿Estaré yo hecha de algún material especial? – Se preguntó Nacardia frunciendo el ceño auténticamente intrigada. – Digo… ¿Estaré hecha de goma como los guantes de la cocina, de aluminio como las cacerolas o como un inodoro de…no sé de qué…?
– …El disfráz de ella era muy insinuante, ¡Juíjuíjuí…! – Rió la abuela Migragna sin prestar atención a su nieta. – …estaba vestida de “choclo” y el “pato” empezó a picarle uno a uno los granitos… y ya te podés imaginar, un granito por aquí, otro por allá… cuando Nacardia la Vieja, que como te dije antes no era nada vieja, cuando se quiso acordar ¡tenía todo el marlo al aire… jajaja!…
– ¡Como un inodoro yo, pero blandita, eso sí!… – Protestó Nacardia al borde del llanto.
La abuela Migragna hizo una larga pausa y continuó recordando:
– …En aquella época no era como ahora, para Pascuas tuvieron que casarse de urgencia…¡Sí señor, siempre fue un idiota el Otario Cabrón ese! Idiota de jóven… y de viejo, peor. Ella en cambio… mejor no hablar de los difuntos ¿No? ¡Juijuijui!
– ¿Estaré hecha de algún material extraño?… ¡Seguramente! – Se preguntó Nacardia mientras continuaba dándole vueltas y más vueltas a su “tremenda preocupación”. Un adormecimiento desagradable se apoderó de todo su cuerpo y la obligó a acurrucase en la cama en posición fetal.
Ajena a las verdaderas preocupaciones de Nacardia, la abuela Migragna, suzurró al Lector con una mirada de complicidad:
– ¿Lo ves, Lector? ¡Habla, habla y habla! Y no dice nada útil, como el tonto de su padre, el Otario Cabrón.
– Creo queee…, – Intervino entonces el Lector, molesto por cómo la Abuela Migragna descargaba en su nieta las supuestas culpas de los padres. – …hay que admitir que Nacardia tiene una duda existencial, no veo razón para criticarla tanto, y menos aún compararla con ese viejo de… bueno, con su señor padre…
A medida que avanzaba en la lectura, el Lector creyó comprender mejor al personaje de Nacardia, sus dudas y su “preocupación”:
– Si no me equivoco… – Arriesgó, dirigiéndose a Nacardia. – …una parte muy importante de tu cuerpo es agua. – y aclaró: – …también del mío, del de la Abuela Migragna, del elefante del circo, de esa mosca que pasó volando… todos tenemos mucha agua dentro…
– ¡Claro, ahora resulta que soy como un elefante, o peor, como una mosca llena de agua!… – Protestó indignada la Abuela Migragna.
El Lector hizo caso omiso del comentario de la Abuela Migragna y continuó escuchando con atención a Nacardia, que entre sorprendida y quejosa preguntó:
– ¿Yo, hecha de agua,… sólo soy un poco de agua entonces…?
– ¡No, no sólo de agua, no! hay otras cosas…no sé… – Se apuró a tranquilizarla el Lector. – …supongo que son como los ladrillos en una casa, o como las piezas metálicas en un auto…

El Lector hizo entonces un último intento para salir del lío en que se había metido: – …pero no son ladrillos, claro, tampoco piezas metálicas, vendrían a ser como filamentos, sí, unas fibras que serían como… – A pesar de sus buenas intenciones, el Lector no supo cómo continuar.
La abuela Migragna estaba cada vez más incómoda, se sacaba y ponía los anteojos, movía la cabeza de un lado a otro, levantaba y bajaba la ceja del ojo izquierdo y fruncía los labios. Se la veía muy molesta.
– Sí, fibras… disculpen que me meta pero… -Intervino contra su voluntad el Autor, ya que cuando comenzó a escribir se había propuesto no entrometerse en los asuntos propios de los personajes, pero ante la situación embarazosa en la que se había metido el Lector de puro entrometido, no pudo aguantarse más y también intentó ayudar:
– Sí, creo que hay algo así como fibras, filamentos… se llaman proteinas creo, pero…
En eso estaba cuando llegó su salvación: alguien entró desde la calle muy apurado, se oyó una tos, un fuerte carraspeo, y por fin una voz jadeante entre sonora y pastosa que pareció completar las recientes afirmaciones del Autor:
– No es tan sencillo, – Dijo. – …las proteinas no sólo son fibras y filamentos… hay otras, hay proteinas de muchas clases… ¡y muy diferentes! – Era la voz del doctor Stetoscopius, el médico de la abuela Migragna, que convocado con urgencia por el Autor llegó muy apurado y casi sin aliento. Vestía un traje oscuro, algo raído. Con un pañuelo blanco secaba las abundantes gotas de transpiración, que a pesar del frío de la noche resbalaban por su frente. – …las hay muy largas y pesadas… – Prosiguió. – …algunas forman filamentos resistentes,…otras son muy cortas, algunas tan livianitas que flotan en los líquidos del cuerpo.
– “Líquidos del cuerpo…” – Parodió Nacardia con voz burlona – …¡Me quedo más tranquila! Ahora resulta que no soy como un inodoro… – Dijo aparentando alivio. – …me siento como una sopa de parotinas, porotinas… o como se llamen.
– ¿Porotinas? ¡Jajaja!.. porotinas… jajaja, proteinas Nacardia… el doctor Stetoscopius dijo «proteinas»! – Corrigió divertido el Lector.
– Al final, ¡todos saben qué son esas cosas menos yo! – Protestó Nacardia enfurruñada cuando intervino la Abuela Migragna:
– ¡No les hagas caso, nena, ninguno de estos tipos sabe de que habla, son como aquel viejo tonto del Otario Cabrón… ¡Tantas pavadas me dieron sueño! Terminá el desayuno que yo me voy a dormir un poco… – Y salió de la habitación arrastrando las pantuflas y haciendo mucho ruido, ocasión que aprovechó el doctor Stetoscopius, que se había quedado con las ganas de completar su explicación magistral:
– Las proteinas,… – Dijo con aires de profesor. – …están formadas por cadenas, las largas tienen muuuchos eslabones, cuanto más largas más eslabones… trescientos, cuatrocientos…o más… – Acompañó sus palabras separando los brazos y gesticulando con ambas manos. – …y las cortas tienen pocos eslabones, a veces muy poquitos… tres ocuatro solamente… – Y miró triunfalmente a Nacardia esperando haberla impresionado pero ella, sin darle respiro repreguntó:
– ¿De dónde salieron? Esas cadenas, digo… ¿Cómo puedo tener yo todas esas cosas adentro y no darme cuenta?… – Mientras decía esto, Nacardia rompía nerviosamente entre sus dedos las cáscaras quebradizas de unos maníes tostados que la Abuela Migragna le había dejado, aún calentitos, en una bolsita de papel sobre la almohada junto a la taza del chocolate. Con la boca llena tragaba casi sin masticar aquellas semillitas redondas de piel rojiza.
– ¡Cómo que “de dónde salieron”! – Respondió impaciente el doctor Stetoscopius que deseaba terminar de una buena vez con este tema y ocuparse de la abuela Migragna. – ¡Los vegetales, las semillas, todas las semillas están llenas de proteínas! – Tratando de ser amable y convincente a la vez insistió: – …como los maníes que estás comiendo…, y los porotos, las lentejas, el trigo, las nueces… también las frutas, las verduras, las papas, las zanahorias…hasta el chocolate que trajo tu abuela… todas las plantas tienen proteínas y… eso sí, agua, casi siempre mucha agua.
– ¡Cómo no van a tener agua si las riego todas las mañanas! – Se oyó la voz de la abuela Migragna enojada, a los gritos desde su habitación – ¡Pero hablen más despacio que no se puede dormir…!
No dejaron de hablar, como esperaba la abuela, pero eso sí: en voz más baja.
Una nueva observación de Nacardia le quitó al Lector toda esperanza de continuar con la lectura del cuento:
– Si yo estuviera hecha solamente de agua y porotinas de plantas… digo, sería como ellas, tendría tallos, ramas, me saldrían hojitas, flores…digo…
– ¡Humm! – Se oyó refunfuñar al Autor, muy contrariado al comprobar que con esta nueva preocupación de Nacardia las cosas se estaban poniendo demasiado complicadas. La continuación de su cuento quedaría ahora postergada por un largo rato, al menos hasta aclarar la reciente, nueva “preocupación” de Nacardia.
Desilucionado con la nueva postergación, el Lector tomó una margarita del florero, la colocó a modo de marcador entre las hojas del libro, lo cerró con cuidado y lo dejó sobre la mesita  de luz, junto al teléfono.

Continúa con
“Las Preocupaciones de Nacardia II – veinte eslabones”

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