Kósquires

La Mansión

Fernando Rusquellas

 

La servidumbre estaba compuesta por Impolutha, el ama de llaves inglesa, Cacirulla, la cocinera italiana y el mucamo Albañal originario del Bajo Flores.
Albañal era alto y muy, pero muy delgado. Desde que entró al servicio de la familia vestía impecable chaqueta blanca con botones dorados que lustraba todas las mañanas apenas se despertaba, completaban su indumentaria pantalón a rayas y puntiagudos zapatos negros, tan brillantes como los botones de su casaca, a los que también lustraba con esmero y dedicación.

En la mansión de los Buchetersso el almuerzo se servía exactamente a las doce del mediodía, ni un minuto antes, ni un minuto después. Los sirvientes tenían permitido sentarse a comer a la mesa de la cocina solamente después que los señores hubieran terminado con el postre y bebido la infusión correspondiente al día de la semana. Desde un siglo atrás, aquel tiempo lejano en que Afanoso Buchetersso, comerciante de dudosa reputación, fundara la familia, cada día de la semana se debería beber un té diferente según lo establecido por la enigmática bisabuela Fajafloja de la que se conservaban aoenas muy pocas noticias.

Ese día, con la servilleta blanca al brazo, Albañal el mucamo se acercó a la mesa sosteniendo con una sóla mano la enorme bandeja de plata sobre la que descansaba la fuente de porcelana china rebosante de apetitosos y humeantes tarallines a la Trampolitana.

Ninguno de los comenzales había notado que el más inquieto de los tallarines, sospechando tal vez el fatal destino que le esperaba, se deslizó en silencio desde la fuente hasta el borde mismo de la bandeja y se asomó al vacío. Muy abajo, allá por el suelo de la habitación, apenas pudo distinguir los dibujos de la alfombra persa y lo que le pareció una confusa multitud de pies humanos.

Sirviendo a los comensales, Albañal giraba inesperadamente a uno y otro lado poniendo en peligro la estabilidad del intrépido tallarín a la Trampolitana que mareado, veía con espanto cómo cambiaba abruptamente el panorama desde su peligrosa posición: de aquella alfombra lejana su visión pasaba a una brillosa cabeza calva, de allí a una corbata de seda seguida por un plato vacío sobre el mantel, a un vestido de seda y… embadurnado por la resbaladiza salsa Trampolitana no pudo sostenerse por más tiempo y cayó sin remedio justo en el escote, sobre la rolliza espalda desnuda de Fruncida Buchetersso que exaló un alarido escalofriante.

Atraídas por los gritos se asomaron Impollutha, el ama de llaves, y Cacirulla la cocinera, que al ver lo trágico de la situación corrieron deseperadamente hacia la cocina. Nadie debería enterarse de su violento ataque de risa que echaría por tierra una largamente cultivada reputación de seriedad y flema inglesa de Impollutha y la rancia tradición calabresa de Cacirulla. Su origen catamarqueño podría quedar al descubierto.

El pobre Albañal no sabía cómo salir del trance y a duras penas logró sostener la bandeja con la fuente de tallarines a la Trampolitana, aún humeantes. Su primer impulso fue retirar delicadamente el tallarín con los dedos enguantados de su mano derecha, y limpiar la salsa que serpenteaba en un desesperado intento por escapar, escurriéndose por la tersa espalda de Fruncida Buchetersso.

Los gritos y los improperios de la dama, sumados a una mirada significativa de Afanoso lo detuvieron en seco.

Con un violento movimiento y la inestimable colaboración de su amiga la salsa, el atribulado tallarín logró esconderse sumergiéndose como pudo bajo la tela del vestido de seda y desaparecer de la vista de los presentes, que aplaudieron con vehemencia ante una jugada tan audaz y efectiva.

Una rápida mirada a los comensales le hizo notar al mucamo Albañal lo comprometido de su situación laboral, agravada por las risas mal disimuladas de los más jóvenes ante las contorsiones y los chillidos destemplados de Fruncida a medida que el tallarín resbalaba a todo lo largo de su columna vertebral.

El grueso de los tallarines a la Trampolitana que permanecían en la fuente de porcelana china estaban muy molestos y criticaron sin compasión el indeseable  comportamiento del tallarín rebelde. Algunos más considerados, intentaron justificarlo por haber sido inducida su conducta por la salsa Trampolitana de sospechoso tinte rojo.

Cuando los tallarines llegaron a los platos fueron cubiertos de halagos y alabanzas por parte de los comenzales, pero inesperadamente algunos de ellos se vieron enrollados por tenedores poco confiables, y preocupados por su futuro reconocieron, muy a su pesar, la valiente decisión del tallarín rebelde y lamentaron no haberlo imitado a su debido tiempo.

Afanoso Buchetersso se mostró muy contrariado por la mala praxis del mucamo  Albañal y lo reprendió sin ninguna consideración delante de todos. Pensaba que de esta manera había de sosegar el mal humor de su esposa Fruncida. Pero todo fue en vano, Fruncida continuó con sus estridentes improperios subidos de tono al tiempo que se retorcía como una lagartija.

El tallarín prófugo se sentía solo y sin más protección que la oscuridad reinante en aquel lugar desconocido. De pronto, a través de la penumbra, creyó ver una figura alargada y blanquecina que le recordó a sus amigos de la fuente de porcelana. La añoranza de tiempos felices parecía ser la responsable de la alucinación y trató de borrar la imagen de su conciencia. En ese preciso instante la figura desconocida habló:

¿Tú cómo te llamas? – Preguntó con evidente curiosidad.

– Tallarín…, Tallarín a la Trampolitana… – Contestó el tallarín sin ocultar su sorpresa. – ¿Y vos, quién sos? – Se atrevió a preguntar, incapás de disimular cierta timidez.

-Me llamo Áscaris lumbricoides, pero puedes llamarme Áscaris…

– ¡Qué hermoso nombre! – Esclamó el tallarín visiblemente emocionado.

Fue un amor a primera vista.

– Ésta cuevita es mi mansión… Ven conmigo, pasa, es la casa de mi familia. (Áscaris, a pesar de vivir en Barrancas de Belgrano hablaba de “tú” debido a su innegable origen uruguayo).

– Antes que nada debo decirte algo que debes saber – Aclaró Áscaris demostrando su honorabilidad y excelente predisposición. – Nuestra salsa es algo diferente de la tuya… si no tienes inconveniente…

Como Fruncida no cesaba de sacudirse y emitir toda clase de sonidos guturales, Afanoso ordenó a Impolutta y Cachirulla que la llevaran al baño y le quitaran el vestido de seda, pero por más que buscaron y rebuscaron, no hallaron ¡ni rastros del tallarín!

Afanoso Buchetersso, se subió entonces a una silla de estilo Luis XVI , asumió una actitud jactanciosa, y dándose aires de importancia  declaró solemnemente:

– Al no haber podido hallar prueba alguna del delito, el acusado Albañal queda desde este momento libre de toda sospecha. Por lo tanto lo declaro: INOCENTE!

Los presentes estallaron en un aplauso cerrado, el mucamo recobró su habitual falta de expresión y cutis gris plomizo, levantó con su mano izquierda la bandeja de plata donde aún se hallaba la fuente de porcelana china y continuó sirviendo los tallarines exactamente desde donde había interrumpido.

Tallarín y Áscaris decidieron unir sus vidas para siempre aprovechando la reciente Ley de Casamiento Igualitario.

La boda se llevó a cabo con gran algarabía junto a parientes y amigos y desde entonces vivieron felices, entre cientos de lombrices.

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