Kósquires

La Industria de Juan, La Industria de Pedro

Fernando Rusquellas

 
 
 
Juan Loguardo tiene una industria.

La industria de Juan fabrica protoquios. Y aunque cueste creerlo, de muy buena calidad.

Pero, siempre hay un pero, la producción de protoquios genera un desperdicio de estorbenos y lo que es peor, algunos beta-jodenoles.

Al principio, Juan almacenaba cuidadosamente y por separado tanto a los unos como a los otros: «algún día podrán servir para algo», se decía.

Cuanto más producía la industria de Juan más y más desechos se juntaban. Con el tiempo terminó amontonándolos, primero por separado y por fin juntos en el terreno adyacente a la fábrica (justo allí donde en sus sueños siempre había pensado en construir una cancha para esparcimiento del personal… o tal vez un quincho…).

Los estorbenos, como todo el mundo sabe, no son contaminantes, pero con la humedad ambiental y en contacto con los beta-jodenoles generan merdolanos, que sí son tóxicos, y las malolientes pedolinas aromáticas que hacen irrespirable el ambiente en varias manzanas a la redonda.

Los vecinos comenzaron a protestar y consiguieron algún médico que atestiguara daños en la mucosa respiratoria de dos o tres niños de la zona. Para colmo de males, una señora de más allá aseguraba que «se destiñe la ropa colgada en la soga».

¿Quien podría tener la culpa de todos esos males sino las pedolinas aromáticas de Juan?

Y para peor, todo eso era absolutamente cierto.

Antes que esto llegue a mayores debo hacer algo – se decía Juan para sus adentros. -¿Pero qué?… – gritó agarrándose la cabeza con ambas manos. No había terminado de pronunciar la última sílaba cuando se oyó un sonido estridente y una luz intensa como la de un fogonazo iluminó la oficina. Tapándose los ojos con su antebrazo pensó en el capatáz:-A este tipo lo rajo, ¡otra vez conectó el neutro a los 360!

Pero no.

Sobre el escritorio, un hombrecito verde de apenas algunos centímetros de estatura vociferaba

Yo puedo ayudarte, basta con que pidas un deseo ecológico y por pocos pesos te será concedido.

¿Deseo ecológico? – balbuceó Juan algo aturdido.

Si decides solucionar tus problemas, – continuó – no tienes más que llamarme… – y con un chispazo se esfumó dejando en el ambiente un fresco olor verde.

¿Lla… llamar… lo? – tartamudeó Juan –y…¿a dónde?

Otro chispazo y una tarjeta verde con un número de teléfono y fax resplandeció por unos instantes sobre las carpetas llenas de papeles de negocio.

A pocos kilómetros de allí, se erguía junto al río la floreciente industria de Pedro Delsebo.

Pedro era obeso, bonachón y sobre todo sencillo. Su orgullo consistía en haber, «con sus propias manos» levantado y modernizado la antigua industria iniciada por su padre apenas llegado de Europa.

Pedro no sabía nada de protoquios ni de otras cosas complicadas. Tampoco conocía a Juan. Ni siquiera se le había cruzado por la mente la idea de que los protoquios debían ser fabricados por alguien.

Él producía gordelettas como nadie las podía hacer en todo el territorio. Las hacía saladas, dulces, con o sin pimienta. Las había de frutilla, de ajo… una exquisitez tras otra. ¡Y los mandukitos…! ¡Insuperables…!

«Todo sano es todo natural», rezaba un enorme letrero sobre el portal de la entrada ahora renovado y con hermosas letras de tubos fluorescentes.

Tan sano y natural era todo que a Pedro nunca se le ocurrió controlar los desechos que su fábrica volcaba a diario en el cauce del río.

Toneladas de grasocochinoles comenzaron a formar una gruesa película iridiscente sobre las tranquilas aguas del Calmasedes en su lento avance hacia Laguna Limpia. Tal era el espesor de la capa formada que el oxígeno del aire apenas podía atravesarla para disolverse en el agua del río. El poco oxígeno que lograba disolverse generaba cochinonas de horrible color caoba y hasta ácido cochinoico, que le confería olor y sabor acre al agua de Laguna Limpia, antes tan límpida y sabrosa. Los peces, asfixiados, morían por millares y el suave oleaje los depositaba sobre las playitas antes visitadas por los lugareños y algunos veraneantes de los poblados cercanos.

Vecinos, organizaciones ecológicas, amas de casa, el Club de Góndolas … al pobre Pedro se le vino el mundo encima.

Pero…todo es natural y sano – insistía Pedro casi maquinalmente a los entrevistadores de «El Alarido de Laguan Limpia» y lo mismo repetía a «LKZ-Radio Calmasedes» y a otros medios de difusión locales y hasta llegaron canales de TV provenientes de la Capital.

Si esto sigue así intervendrá el Juez y sonamos… tengo que hacer algo – suspiraba Pedro Delsebo – ¿Pero qué?….

La escena que se desarrolló acto seguido en la oficina de Pedro no fue demasiado diferente que la protagonizada por Juan Loguardo allá, en su empresa…Una luz verde, la voz destemplada ofreciendo ayuda…sólo que esta vez la tarjeta había aparecido en el mismo momento en que llegó el hombrecito verde, por lo que había pasado totalmente inadvertida para el atribulado industrial que recién la descubrió sobre su escritorio recién al día siguiente.

Tanto Juan Loguardo como Pedro Delsebo, pensando que su sistema nervioso los estaba traicionando haciéndoles ver luces misteriosas y hombrecitos verdes, decidieron cerrar las oficinas y regresar a casa para ir temprano a dormir. Sin embargo, al día siguiente las tarjetas estaban allí, como desafiándolos, sobre sus escritorios.

Cada uno por su lado, intrigados, y como si se hubieran puesto de acuerdo, decidieron llamar al número de teléfono que figuraba en la tarjeta verde. Ambos fueron atendidos amablemente por Aguapura, la secretaria, con la que concertaron una cita para el mismo día por la tarde.

Pedro llegaó algo más temprano para ver el lugar con tiempo, temía caer en una trampa. Juan, por la misma razón se hizo acompañar por Robustiano, el camionero. Se presentaron, intercambiaron sus dudas e inquietudes y decidieron entrar juntos.

Un freso olor verde inundaba todo el ámbito. Aguapura los recibió y los presentó al Dr. Limpiotutti que se interesó por el caso de cada uno de ellos planteándoles soluciones prácticas a costos razonables. Por más que se esforzaron no notaron nada extraño, se trataba de una tradicional empresa de Higiene y Seguridad Industrial.

Salieron juntos, antes de despedirse y regresar a sus fábricas resolvieron tomar un café para comentar los resultados satrisfactorios de la gestión. De lo que nunca se atrevieron a hablar fue del fantástico destello luminoso y la incomprensible visita del hombrecito verde…


 

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