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Categoría: Cuentos, Prosa Poética

La Cajita de Melubrina*

 

Solamente una visión infantil como la de Melubrina habría podido descubrir aquella cajita. Escondida, abrigada por centenarias telas de araña y cubierta por ese polvo que sólo el tiempo sabe depositar, la cajita se destacaba entre tantos diferentes objetos. El viejo arcón despertaba la imaginación de Melubrina cada vez que acompañaba a la tía Jakeka cuando subía al entretecho sobre la cochera buscando entre unas prendas tan antiguas como la historia familiar y rescatar una puntilla o algún precioso botón de nácar

Ninguno de los habitantes de la casa hubiera podido dar fe acerca del tiempo en que fueran depositados todos aquellos tesoros en el desván. Más de tres generaciones habían pasado por allí sin percatarse de la presencia de la cajita.

No sin cierta dificultad logró Melubrina liberar la cajita de entre los bultos más diversos que la aprisionaban. Para verla mejor la tomó entre sus deditos, le sopló suavemente y el polvo que la cubría, que al pasar por un rayito de sol que se filtraba desde una rendija en la pared de madera formó una maravillosa nube dorada.

Sin decir nada acerca de su hallazgo, guardó la cajita en el bolsillo del delantal y esperó con gran impaciencia a que la tía Jaqueka terminara su búsqueda. Cuidando de no tropezar con lo depositado por todos lados y amontonado en absoluto desorden, descendieron por la escalerita angosta y sin baranda, de escalones tan separados que en dos ocasiones la tía Jaqueka se detuvo, cerró los ojos, se persignó y respiró profundamente antes de dar el siguiente paso.

Melubrina estaba ilusionada con la idea de llegar a su habitación y en secretro abrir la cajita para mirar su interior, lleno tal vez de conjuros mágicos como sugería la nube de polvo dorado en el rayito de sol.

Durante la cena estuvo tan ansiosa y distraída que sin darse cuenta comió sin protestar hasta las odiadas berejenas. No fue necesario convencerla de que ya era tarde y había llegado la hora de ir a dormir. Sin que mamá, papá o la tía Jaqueka debieran recordárselo, se levantó de la mesa en silencio, lavó rápidamente sus dientes, saludó con un beso a todos y caminó hacia su habitación, lentamente para no despertar sospechas.

Ya en su dormitorio, Melubrina se aseguró que nadie la estuviera viendo, sacó su tesoro del bolsillo del delantal y lo limpió cuidadosamente con el pañuelito de hilo que le había regalado la abuela. Descubrió con cierta sorpresa que la cajita estaba hecha con una madera clara y liviana, tenía perfectamente adherido un rótulo de papel amarillento con un texto impreso en color azul. Las letras estaban absolutamente claras, hasta tal punto que pudo leer que en un renglón decía claramente: “4-aminoantipirinametilensulfonato de sodio”, Sin embargo algunas letras eran bastante raras y otras estaban coronadas por signos desconocidos

Si Melubrina hubiera sabido el idioma en que estaba escrito podría haber descifrado lo que allí decía. El corazón le latía de un modo desacostumbrado, e impresionada por el probable significado de aquel texto irreconocible, escondió la cajita bajo su almohada, la de funda de elefantitos, para revisarla mas tarde antes de dormir, cuando no hubiera riesgo de que los grandes aparecieran por la puerta y descubrieran su secreto.

Esperó. Con los ojos bién abiertos para no dormirse.
Cuando cesaron los ruidos en la casa encendió la luz mas bajita de su velador, el de la pantalla de tela con voladitos rosados.

Levantó la almohada y con la cajita en las manos intentó abrirla, pero no había ningún cierre, ningún ganchito, ninguna ceradura, tampoco bisagras que permitieran abrir la tapa. El misterio se disipó cuando ya sin esperanzas notó que uno de los lados se deslizaba a lo largo de dos ranuras que hasta ese momento no había descubierto. Un ligero olor a madera perfumada surgió desde el interior. ¡Por fin conocería el contenido de la cajita! Pero… para su sorpresa, ¡Estaba vacía!

Melubrina estaba frustrada, ofendida. Se sintió víctima de un vil engaño y sepultó la cajita bajo la almohada con funda de elefantitos, apagó el velador con pantalla de voladitos rosados, se tapó hasta la cabeza con la frazada, cerró los ojos e intentó dormir pero estaba demasiado enojada y la imagen de la cajita vacía no le dejaba conciliar el sueño.

Dió vueltas y más vueltas, acomodó cien veces la almohada para un lado y para el otro, hasta que una idea surgió de improviso y comenzó a hacerse cada vez más evidente: aquel vacío podría ser una señal desde algún lugar muy lejano en el tiempo. tal vez una sugerencia, una indicación, o hasta una orden… El enojo de Melubrina fue desapareciendo y se transformó en una incontenible curiosidad. Algo parecía ser evidente: una cajita vacía legada por algún ancestral miembro de la familia no podría tener otra finalidad que la de guardar algo muy valioso en su interior perfumado.

¿Pero qué? ¿Cuál podría ser la intención del ignoto antepasado?¿Qué cosa tan importante le había tocado atesorar justamente a ella, a Melubrina?

No todas las cosas que se le ocurrían se hubieran podido guardar en la cajita, unas eran demasiado grandes, otras podrían humedecerla, y otras aún le harían perder el delicioso perfume de la madera… A medida que pasaba el tiempo las ideas se hacían más confusas y disparatadas, hasta que de tanto pensar la atrapó un sueño profundo.

Cuando se despertó en la mañana tenía una reconfortante sensación de haber descansado como nunca antes, se sentó en la cama, se desperezó estirándose como lo hacía Bigotes, el gatito gris, que de puro juguetón se había escondido bajo la almohada de elefantitos.

Recién entonces recordó la cajita y su compromiso con ella. Todas las las imágenes del día anterior desfilaron rápidamente por su cabeza como en una película acelerada. Sacó a Bigotes de su escondite, lo puso sobre el hombro y con mucho cuidado retiró la cajita de debajo la almohada, que como era de suponer, estaba esperando tan quietecita como la había dejado Melubrina ayer por la noche. La respuesta a sus dudas e interogantes apareció clara y sencilla en su mente: en la cajita guardaría nada más ni nada menos que amor. Todo su amor.

Nunca había oído Melubrina que alguien hubiera guardado amor en una cajita pero no dejó de pensar que se trataba de una muy buena idea. Así que decidió ser la primera.

Desde ese momento la cajita adquirió mucha más importancia en su vida.

La sostuvo muy suavemente en la palma de la mano y le pareció notar que había aumentado sensiblemente de peso. 

Un día, cuando se dirigía a la escuela, le pareció oir un ligero gemido junto al tronco del árbol más grande de la plaza, se agachó para ver quién lo producía y quedó maravillada. Se trataba nada menos que de tres gatitos muy pequeños. Alguien los había dejado allí, envueltos apenas en trapitos de colores. Recordó a Bigotes y sin pensarlo demasiado los levantó con mucho cuidado y acomodó en su mochila junto a sus libros y cuadernos.

Con el vaivén de la mochila los gatitos se durmieron y cesaron los gemidos, así que cuando comenzó la clase nadie se había percatado de su presencia en el aula. De pronto, cuando apenas faltaban unos pocos minutos para terminar el día, en uno de esos raros momentos en que los sonidos parecn ponerse de acuerdo para enmudecer de repente, un ¡Miaau…! apenas perceptible inundó el aula.

– ¡Un gato!…¡At… atchíiis!… ¿Quién trajo…¡atchiis!… un gato a la escuela? – Preguntó enojada la maestra en medio de un ataque de incontenibles estornudos.

– ¡Es en el patio, señorita! – Se apuró a mentir Melubrina -¡Pasaron dos gatos amarillos junto a las ventanas, señorita! – Mientras decía esto abrió la cajita y volcó parte de su contenido sobre los gatitos que, como por arte de magia, se durmieron profundamente.

La maestra, aunque no muy convencida, terminó de anotar las cuentas en el pizarrón y con voz de trueno recomendó:

– Mañana controlaré que todos las trigan resueltas…¡Y sin errores! – Bramó.

Melubrina, disimulando, se acercó despacito y sin que nadie lo notara destapó la cajita y sopló. El contenido invisible cayó sobre la mastra, que entonces, con voz tierna y cariñosa agregó sonriendo:

– Si tienen alguna dificultad no se preocupen, mañana se las volveré a explicar. Recién entonces los chicos repararon en lo hermosa que era su maestra. 

Esa noche Melubrina se ocupó de rellenar la cajita ya que parte de su contenido había sido utilizado durante el día, una parte para dormir a los gatitos y otra algo mayor para rociar sobre la maestra. Antes de cerrarla sacó tres pizcas de su contenido para repartir entre los gatitos, que después de tomar la leche durmieron plácidamente toda la noche.

La cajita parecía estar dando muestras de ser de gran utilidad… aunque en verdad de verdad no era la cajita sinó su maravilloso contenido el que solucionaba cada una de las dificultades que se iban presentando. A Melubrina no le importaba demasiado comprender el mecanismo de su cajita, para ella era suficiente saber que la hacía dueña de un poder extraordinario.

A medida que pasaba el tiempo Melubrina descubría más y más ocasiones en las que podía utilizar los dones de su cajita. Sin embargo la utilizaba con moderación, temía que por abusar de ella desaparecieran sus propiedades y pudiera perderla para siempre.

Sin desprenderse de su cajita, la frente apoyada displicentemente en el vidrio empañado, la mirada de Melubrina se perdía entre las infinitas gotas que caían insistentes desde el tejado. La lluvia se hacía interminable, el cielo, oscurecido y triste, paecía descender entre truenos y relámpagos hasta tocar la calle con sus nubes oscuras y frías.

De pronto sucedió algo inesperado. A los saltos, chapoteando entre los charcos del camino, divisó una figura desgarbada cubriendo inutilmente su cabeza pelirroja y empapada con un periódico empapado también.

La ventana desde donde lo había visto pertenecía al taller de costura donde la tía Jaqueka cosía los trajes de novia para muchachas desconocidas. Desde ese momento, como atraída por una fuerza irresistible, corrió hacia la puerta de entrada, la abrió repentinamente y dejó pasar al desconocido, que estaba hecho una sopa, al interior seco y acojedor del taller. Entonces Melibrina, mecánicamente y sin pensarlo, vació todo el contenido de su cajita sobre el recién llegado, que le entregó el pedido para tía Jaqueka, saludó con indiferencia y salió corriendo y chapotendo bajo la lluvia, tal como había llegado.

La cajita quedó vacía, tan vacía como cuando apareció cubierta por el polvo y abandonada en el desván.

Al siguiente día a Melubrina le pareció que la cajita había disminuído de peso, pero no le importó. Estaba segura de haber realizado una buena acción.

Muy despacito deslizó la tapa hasta dejar solamente una pequeña abertura, la acercó a su nariz y comprobó que aquel fascinante perfume a maderas orientales no se había esfumado, pero dentro de la cajita no quedaban ni vestigios de su contenido. La cerró, y en silencio, como  cumpliendo con un ritual, la guardó en el cajón secreto del ropero junto a los más preciados recuerdos de infancia.

Año tras año, mes a mes, día a día Melubrina abría el cajón secreto del ropero, contenía la respiración y con las manos temblorosas retiraba la cajita, deslizaba la tapa de madera hasta dejar libre una rendija y espiaba con ansiedad el interior. Una y otra vez comprobaba decepcionada que permanecía implacablemente vacía. Antes de volver a guardarla en el cajón secreto del ropero abrazaba la cajita apretándola contra el pecho en un inítil intento para volverla a la vida. Entonces, con la cabeza baja y la mirada perdida se dirigía a la plaza y se sentaba al pie del viejo árbol.

Recordaba el día en que aparecieron los tres gatitos junto a las raíces, la escuela, la maestra de quinto grado, los vestidos de novia de tía Jaqueka, el desgarbado pelirrojo bajo la lluvia y su irrefrenable impulso de vaciar la cajita sobre él.

Una maña muy tempranito, cuando se dirigía a la escuela, un niño delgadito y de pelo colorado descubrió, junto a las raíces del árbol más grande de la plaza un montoncito de polvo gris. Se agachó para observarlo mejor y vió que de entre el polvo sobresalía algo que llamó su atención. Para verlo mejor lo tomó entre sus deditos, le sopló suavemente y el polvo que lo cubría, al pasar por un rayito de sol que se filtraba por entre las hojas se formó una maravillosa nube dorada…

(*) Melubrina o Dipirona es 4-aminoantipirinametilensulfonato de sodio, un analgésico activo en jaquecas, dolores articulares, etc.(Nota del Autor)

 

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La Cajita de Melubrina por Fernando Rusquellas se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 3.0 Unported.

Comments

  1. No habia vuelto a leer tu sitio web por un tiempo, porque me pareció que era pesado, pero los últimos posts son de buena calidad, así que supongo que voy a añadirte a mi lista de blogs cotidiana. Te lo mereces amigo. 🙂

    Saludos


    psicologos marbella
    julio 22nd, 2013