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Il Bacio della Morta VII – Moncenisio

Nuncio Romeo

Comenzaba el verano cuando me ofrecieron la dirección de un establecimiento de hidroterapia, situado a una considerable altura del Moncenisio, sobre el valle de la Novalesa. En mi sueño me parecía haber realizado un emocionante y al mismo tiempo majestuoso viaje hasta la cumbre del Moncenisio con el ferrocarril Fell, que por entonces se utilizaba para el tránsito entre Italia y Francia, mientras se esperaba terminar el túnel, en el que ya se trabajaba desde uno y otro lado.

Durante el viaje ocurrió un incidente. Un caballero que se encontraba en el establecimiento, debía ir a Vischy. Deseaba acompañar a su mujer, que viajaba junto a dos amigas pertenecientes a la alta aristocracia de Turín, hasta la frontera con Francia, en las laderas del Moncenisio. Como ocurría a menudo me invitaron a tomar parte en el viaje. Para llegar a la ciudad de Susa, donde tomarían el tren, debían alquilar un coche, como los que por aquella época estaban en uso en la montaña; mientras bajaba por una fuerte pendiente, un inesperado barquinazo del coche despidió al cochero que cayó al suelo; los caballos, liberados del freno de quién debía controlarlos, se precipitaron por la pendiente en loca carrera y las damas, al verse amenazadas por un peligro inminente, comenzaron a gritar deseperadamente.
En ese momento tomé una inmediata y providencial determinación: salté al lugar del cochero caído, recogí con mi bastón las riendas abandonadas, y logré contener a los caballos a tiempo, es decir, antes que ocurriera una catástrofe que parecía inevitable. Exitosamente, todos pudimos descender sanos y salvos; después de haber curado provisoriamente al cochero, que sangraba de una grave herida en la cabeza, continuamos el camino a pie, dado que el caballero, atemorizado, no quiso volver a utilizar el coche.
Llegando a la frontera, entre el Moncenisio italiano y el ferrocarril Fell, el viaje a Susa resultó tan emocionante y poético para todo el grupo que olvidamos casi por completo la dolorosa aventura por la que habíamos pasado. El tren, con ruedas de engranaje, avanzaba a velocidad moderada a lo largo de su tortuoso recorrido; había lugares con verdaderos abismos que daban vértigo sólo al verlos; atemorizaba la sola idea de un posible descarrilamiento que nos precipitaría al vacío, reduciéndonos a una masa irreconocible al golpear contra el suelo.
Al llegar a la frontera, donde estaban los hoteles y un puesto de aduanas, dejamos al caballero proseguir su viaje a Vichy, yo me quedé con las damas para disfrutar del tradicional desayuno lugareño, una buena polenta con salsa de truchas. A partir de entonces, mientras la señora mayor, sentada en el balcón del hotel con la paleta, pintaba una vista del lago, la isla, las plantas, con el fondo de los picos nevados, cubiertos por el hielo eterno imitando el color del cielo, yo, junto a las jóvenes señoritas, rodeamos a pié el hermoso lago, visitamos la abadía, donde conocimos a un amabilísimo capellán. Hicimos también un paseo por el lago en un botecito mientras esperábamos el tren de regreso. En las montañas todo es hermoso y solemne, parece que la naturaleza nos invitara a la expansión del alma; Tal vez la atmósfera hace que nuestro pensamiento se eleve hacia la libertad; y nuestro corazón, vacío por el egoísmo mundano, mejora haciéndose cada vez más bueno y más sensible, frente al deseo de penetrar y comprender los misterios de la naturaleza.
En esos momentos envidié los conocimientos de un geólogo, y adentrarme en el estudio de esas rocas redondeadas, comprender su origen mecánico, químico, volcánico o producido por alguna metamorfosis; habría querido estudiar la fusión por ignición para comprender exactamente el origen de su estructura cristalina; así también las morenas, pequeños montículos abandonados por el hielo en su lento descenso a todo lo largo de los flancos de la montaña.

Habría deseado ser botánico para estudiar las maravillas de la flora; ver los primeros brotes blancos de una estrella alpina entre la nieve, por los que habría arriesgado la vida en algún barranco o un precipicio para llamar la atención de esas hermosas y simpáticas señoritas, mis compañeras de viaje, pero no encontré ninguno.

Habría considerado ser zoólogo para estudiar la fauna, el oso, las gamuzas, las marmotas, etc. Pero por desgracia no era posible y debí contentarme con mirarlas, hasta que volvimos a las instalaciones del balneario.
Al día siguiente, durante el almuerzo, oímos a la distancia un sonido como de un trueno continuo, una media hora más tarde, un estrépito enorme.
Salimos todos para mirar; algunos más atrevidos no dudaron siquiera en bajar hasta el valle. La vista del espectáculo era sublime, aunque terribles sus consecuencias. Un verdadero torrente de barro bajó del monte Roccia llevando con él enormes rocas y arrastrando a su paso árboles, paredes, un puente y hasta la casita del párroco, precipitándolo todo al abismo. Era, sin embargo, un fenómeno maravilloso desde donde estábamos los espectadores, el cielo se mantenía claro y sereno, pero más allá del valle, sobre el monte Roccia se desencadenaba el huracán.
Terminada la temporada de baños, regresé a Turín. Allí recibí una comunicación de un armador genovés. Decía que estaba buscando un médico con título universitario italiano para el cruce del Atlántico. Aclaraba expresamente la suma de dinero que ofrecía como retribución. Acepté. Puse una única condición, que incluyera el viaje de regreso, tomándome seis meses tras llegar a Buenos Aires.

 

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