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Categoría: Biografías

Il Bacio della Morta VI – sueño profético

Nuncio Romeo (año 1911)

En el sueño me pareció haber vuelto al regimiento, durante los preparativos, antes de partir a las grandes maniobras en el campo de San Mauricio. Comenzábamos a caminar, marchando a pie por la noche para evitar el calor y la polvareda con que nos encontraríamos de día. Una vez llegados al destino, levantamos las tiendas y comenzamos la vida de campaña. Fuera del perímetro del campamento vimos unas cabañas, barracas de madera donde funcionaban un café, billares, despacho de bebidas, etc., atendidos por jóvenes mujeres dispuestas a todo a cambio de una retribución, como en cualquier otro trabajo.
Nos encontrábamos acampados después de una marcha forzada en Dora Baltea, era ya de noche cuando nos ordenaron partir; debimos prepararnos a toda  prisa para ir a Torino (por ese entonces capital de Italia), a causa de una sublevación popular; se oponían a que la capital se trasladara a Florencia, según el acuerdo con Francia. Esa noche llegó un telegrama, en un enfrentamiento del pueblo con la policía, había habido muertos de ambos lados; durante las violentas manifestaciones fueron asaltadas y desvalijadas varias armerías.
Llegado a Turín, el batallón al que yo pertenecía se ubicó bajo las arcadas a la entrada a una gran plaza; otro batallón, el 65 de infantería, bajo los arcadas del lado opuesto. En la esquina de la plaza estaba situada la comisaría, en la puerta tenía apostados guardias con sus armas listas. Por toda la plaza había muchas personas exclamando:
– ¡¡Fuera  la fuerza armada!! ¡Abajo las bayonetas!
En eso se oyeron dos tiros de revólver disparados por un manifestante exaltado contra la guardia policial. Sonó la trompeta: – ¡Fuego!
Descontrolados, los policías abrieron fuego sobre aquella enorme multitud.
Respondiendo a los reclamos en contra de las fuerzas armadas, la policía disparó sembrando muertos y heridos entre la población, e increiblemente, los disparos impactaron sobre los flancos de nuestros dos batallones, que en medio de la confusión reinante lo confundieron con un levantamiento armado; se inició entonces un fuego entre ambos batallones, situados uno frente al otro.
Fue un error imperdonable; mientras creíamos que los muertos y heridos de ambos lados eran obra de insurgentes, todo había sido entre nosotros mismos. La población que no logró en la fuga ponerse a salvo quedó diezmada entre los tres fuegos. Al final la ambulancia debió  hacer su trabajo.
¡¡Tiempos calamitosos aquellos!!
Después vinieron por mí, como miembro de la segunda categoría de los nacidos en 1841 me concedieron una licencia ilimitada; Volví a Nápoles para terminar los estudios interrumpidos; como en la universidad disfrutamos el privilegio de los exámenes gratuitos, me dediqué a estudiar con férrea perseverancia y pasaba todo el día en las salas de los hospitales, hasta la noche, en que me sumergía en la lectura de los libros de medicina.
Así que tras dos años más de estudios me recibí con el título de médico y cirujano. Después de mi graduación, como suele sucederle a todos en el comienzo de la carrera, mi preocupación más difícil era la de decidirme si me convenía regresar a mi país como médico, o competir por algún puesto. Sin embargo, una nueva circunstancia inesperada vino a liberarme de toda duda: Italia, aliada de Prusia declaró la guerra a Austria.
Nuevamente un llamado a las armas para mi clase; debí partir nuevamente, no ya como un simple soldado, sino como médico.
Para decir verdad, había en el regimiento una gran confusión en medio de una desordenada sucesión de órdenes y contraóredenes; Llegaron los nuevos reclutas, e inmediatamente los enviaron a la  plaza de armas para realizar ejercicios de pelotón y compañía y adiestrarse en el manejo de los viejos fusiles. Apenas fueron entrenados a medias en aquella escuela de tiro los enviaban a engrosar las filas de los combatientes. Preparé de inmediato el personal para la ambulancia, compuesto por médicos, asistentes, enfermeras, etc.; Se proveyeron los medicamentos necesarios, apósitos, aparatos de medicina, víveres, etc. Yo mismo me hice cargo de este cuerpo y por la noche partimos en el ferrocarril. Llegamos. Apenas habíamos atravesado el río Mincio  se podía oír el tronar de los cañones. Recibimos la orden de avanzar rápidamente con nuestra división y empeñarnos en la batalla.
Debemos aceptar ahora, que con gran dolor iniciamos la retirada; teníamos una razón de más para no avanzar nuevamente: debíamos recoger a los heridos y rescatar a quienes estaban extenuados por la fatiga; en el cumplimiento de nuestra misión, mientras curábamos de urgencia a los heridos, fuimos blanco de la metralla austríaca. ¡¡Ni siquiera respetaron a la ambulancia!! Vi a un pobre compañero caer al suelo con la cabeza destrozada por un golpe de metralla. Este proceder bárbaro determinó también nuestra retirada, que no fue precipitada gracias a que nos protegía la división del general P., permitiéndonos atravesar nuevamente el Mincio.
¡Cuanta confusión! Cuanto desánimo y dolor en el corazón por el fracaso de las primeras operaciones de la guerra.
Intentamos, a lo sumo, entrenar y ordenar nuevamente a la compañía; resultó una ardua y dolorosa empresa, parte de los reclutas, que no estaban acostumbrados a la disciplina militar, y mucho menos a la guerra, volvieron sin la mochila y muchos, incluso sin fusil. La opinión de la mayoría era que los austriacos, envalentonados por la victoria se atreverían a pasar el Mincio y seguir la pelea en Turín. Tanto es así, que una vez internados los heridos en el hospital militar, preparamos rápidamente la plaza para la defensa.
Sin embargo, los austríacos fueron derrotados por nuestra aliada Prusia, que ya iba en camino a Viena. Con la intervención de Napoleón III (por entonces árbitro de la política europea), que obligó a Austria a firmar un armisticio, se hizo la paz, por la que Austria nos debió ceder  el Veneto a nosotros y a Prusia la Confederación Germánica. Yo obtuve una licencia absoluta con la siguiente inscripción: “Por haber hecho la campaña de la guerra del año 1866 contra los austriacos por la independencia y unidad de Italia”. Fui autorizado a usar la medalla instituida por el Real Decreto del 4 de marzo de 1865, adosada a la insignia de la campaña de 1866.
Un vivo presentimiento me anunció: Vivirás bien hasta el milnovecientosuno, mantente pobre todo lo que puedas, el gobierno te otorgará entonces ¡¡120 liras al año !!
Permanecí en Turín acompañando al Prof. P …. en su clínica.

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