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Categoría: Biografías

Il Bacio della Morta IX – La fiebre amarilla

Nuncio Romeo (año 1911)


Hacía pocos meses que ejercía mi profesión, y ya podía notar un brillante resultado cuando se comenzó a hablar, y siempre a media voz, de la aparición de fiebre amarilla.
Los primeros casos se verificaron en el barrio de San Pedro Telmo, vecino al mío.
Cuando la enfermedad fue aumentando en número y extensión, preventivamente, el gobierno designó médicos barriales. En calidad de tal me tocó combatir la enfermedad en el barrio de San Juan Evangelista.
Antes de mi nombramiento, suponiéndome poco conocido aún, dado el corto tiempo de mi actividad en el barrio, me había comprometido a acompañar a una familia italiana, que quería alejarse de las zonas infectadas aprovechando la posibilidad de utilizar un barco de su propiedad. Sin embargo, por haber sido designado oficialmente no me parecíó conveniente cumplir con la promesa, ya que podría parecer una excusa para alejarme del peligro, cosa poco decorosa para un médico conciente en el cumplimiento de su deber.
Comenzaron a aparecer los primeros casos en mi barrio, casi todos letales, debido a que denunciaban la enfermedad recién cuando estaban ya al borde de la muerte. Se había corrido la voz entre la gente, que el gobierno había dado instrucciones a los médicos de no utilizar ningún medio para sanar a los afectados, acelerarles la muerte y terminar con la epidemia.
Una mañana, junto al alcalde, realizamos una visita de inspección por las casas, debíamos forzar las puertas de las habitaciones y al abrirlas nos encontrábamos a menudo con la desagradable sorpresa de un cadáver, amarillo por la ictericia y en una posición y actitud tal que demostraba haber sufrido una muerte desesperante y desgarradora. Un día tuve que verificar y denunciar la muerte de nueve personas cuyos familiares habían ocultado clandestinamente las defunciones. Estas cosas no continuaron sucediendo por mucho tiempo, la gente  había ido convenciendose que el médico, cumpliendo con su deber, tenía la misión de cuidar con amor a quienes habían sido atacados por la enfermedad.
En adelante, la mayor parte de quienes recurrían a tiempo a la atención médica sanaron. La respuesta del público y su fe en mí, logró hacerme sentir satisfecho. Cada mañana la puerta de mi casa era asediada por numerosas personas que me exigían una primera visita a un pariente enfermo: era humanamente imposible responder a tantas solicitudes; a pesar de ello hacía todo lo posible para complacer a todos; en un sólo día recuerdo haber visitado ciento diez enfermos. En los llamados “conventillos”, donde tanta gente vive aglomerada, veía diez y aún más enfermos en una sóla visita, y a menudo había dos o tres enfermos en una sóla cama.

Frecuentemente sucedía que al visitar un enfermo, debía hacerlo respetando que en otra cama de la misma habitación yacían uno o dos cadáveres rodeados por algunas velas encendidas. El cuadro era de desolación y miseria. En casi todos los casos debía atenderlos gratuitamente, y hasta a veces, darle dinero a unos niños demacrados y llorando, para que sus padres pudieran comprarles algún alimento. Cuando me llamaban por la noche, había que caminar en la más profunda oscuridad, bajo la luz de una lámpara, o directamente bajo la lluvia por una calle sin pavimentar, saltando muchas veces entre las zanjas y charcos de barro. Cuantos podían, escapaban al campo, tanto era así que las calles estaban casi desiertas, el tráfico paralizado, muchas casas estaban cerradas por ausencia o por muerte de sus propietarios.
En el campo no quedaba ni una sóla cabaña desocupada, en cambio, sólo quedaba aquí o allá alguna tienda.
La población costera del Riachuelo, sin trabajo y perseguida por la enfermedad, se alejaba con sus familias en sus propios barcos.
Las noticias desde el centro de la ciudad eran directamente aterrorizantes, familias enteras muertas sin ayuda. En una casa encontramos el cadáver de una mujer con su bebé succionando aún la restante leche materna. Todas las familias había perdido algún familiar atacado por la mortal enfermedad. ¡Era un llanto generalizado! Las numerosas visitas durante el día, en combinación con las llamadas de emergencia incluso por la noche habían hecho dificilísima mi misión, tanto que recurrí a la dirección central de higiene solicitando la colaboración de otro médico.
Vana esperanza.
Me respondieron que no había nadie  disponible por el momento, que se habían marchado lejos con sus familias, otros, atacados por la enfermedad habían muerto o estaban todavía en el delicado período de su convalescencia.
Para elevar la deprimida moral de tantos infelices, un comité popular formado por elementos respetables, entre los cuales, cabe señalar con gloria y honores a los doctores Rawson, Argerich, y otros, autores de un inestimable beneficio, tanto por la asistencia médica, como por su ayuda en alimentos y dinero. De estos héroes, muchos fueron víctimas del flagelo, y mientras los hombres, como estos modestos pioneros de la humanidad, se olvidan tan facilmente, elevamos monumentos y rendimos homenajes y honores a los falsos héroes de  las guerras homicidas. Yo, por mi parte los bendigo de todo corazón, y espero que sus santas virtudes sigan siendo ejemplo permanente para las generaciones futuras.
Una vez, mientras caminaba por la calle encontré un hombre y una mujer atacados ambos por la enfermedad, manifestaban fuertes escalofríos, dolores espasmódicos en los riñones y la cabeza, y vómitos. Casi inmediatamente perdían las fuerzas, tanto que no podían caminar. Se caían, los ayudé a levantarse, si hubieran tenido parientes los habría llevado a su casa, si no al hospital. Al día siguiente, el paciente fue atacado por fiebre, ictericia, enterorragia, hematuria y epistaxis. Al final aparecieron petequias y equimosis. La mujer, embarazada, estaba especialmente afectada, ya que además del peligro de aborto o de un parto prematuro, como en la mayoría de los casos sobrevino una fuerte hemorragia. Madre e hijo fueron colocados en el mismo ataúd.
Contribuía en gran medida a alarmar a la población el paso ininterrumpido de los carruajes funerarios; no eran muy numerosos y estaban hechos de un modo primitivo. En aquellos días, cuando la mayor incidencia de la fatal enfermedad, se utilizaba todo tipo de vehículos con cajas hechas de tablas mal unidas, tanto que no era raro ver los cadáveres amontonados y semidesnudos, con los pies y los brazos colgando.
El cementerio presentaba un espectáculo todavía más horroroso:  se amontonaban, apilados, cien o doscientos cadáveres; los sepultureros sanos que aún quedaban no eran suficientes para enterrarlos.
En un principio supuse que en mis pacientes, socorridos a tiempo por la medicina, no habría un alto porcentaje de defunciones; Sin embargo, a principios de abril durante la Semana Santa, frente al terrible brote de la enfermedad, debí cambiar a la fuerza mi idea. Todo mi optimismo se desvaneció, porque además de ser muchos los afectados, se sumó una forma violenta y grave, con mayor peligro para los enfermos. Casi inmediatamente sufrían vómito negro, mezcla de bilis, sangre, y restos de tejido necrosados, así llamado en borra de café. En los casos de agravamiento repentino, sólo pudimos evitar un desenlace fatal en algunos niños, muchos de los cuales fueron curados.
En la semana santa, dada la extraordinaria cantidad de enfermos, aumentó el trabajo médico, el número de muertes se incrementaba momento a momento. Tanto, que se apoderó de la gente un verdadero fatalismo. Empezaron por comer desordenadamente y consumir muchas bebidas alcólicas. No había escrúpulos en absoluto: desvalijaban las casas, vacías por la muerte de todos sus habitantes, y ni siquiera respetaban aquellas donde quedaba, todavía agonizante, alguno de sus propietarios.
Recuerdo, entre otras cosas, haber presenciado una escena macabra en una tienda, mientras el patrón moribundo yacía en la cama, sus compañeros continuaban tranquilamente jugando a las cartas, bebienmdo a más no poder, esperando que muriera el dueño para llevarse todo lo que pudieran.
No se podía hacer otra cosa, era imposible ponerle un freno a esa anarquía mortal; quienes debían mantener el orden, ya sea por enfermedad o muerte habían quedado reducidos a un número insignificante, y no sólo no podían proteger a las personas y sus bienes, ni siquiera lograban ponerle un límite a la agitación multitudinaria de los obreros, privados de su trabajo y sin medios para adquirir los alimentos.
Había otras cosas en que pensar, considerando que nadie estaba seguro de estar vivo al día siguiente. Cuando comenzó la epidemia se organizó el servicio médico y el de estadística, dirigidos por un distinguido médico argentino. Con el crecimiento de la epidemia estas instituciones resultaron insuficientes.
Mientras la enfermedad no había adquirido aún grandes proporciones no era difícil enviar cada mañana a la Dirección Sanitaria, el número y el nombre de los recién atacados; no podía suceder de otra manera, pero resultaba una tarea humanamente imposible cuando unas muertes sucedían a otras muertes y cuando muchos médicos habían sido ellos mismos víctimas de su deber. Sólo podía establecerse aproximadamente una mortalidad de cerca de 25 mil personas. Si tenemos en cuenta que la mitad de la población de Buenos Aires había logrado alejarse escapando de la epidemia, puede decirse que una cuarta parte de la población restante murió miserablemente.

La minicipalidad no hizo gran cosa, sobre todo al principio de la enfermedad muchos empleados, ante el peligro habían abandonado su puesto; los pocos restantes cooperaroncon con la comisión popular espontáneamente y con un loable sentido de abnegación, para socorrer a los enfermos   y aliviar la pobreza. La Municipalidad volvió a dar señales de vida cuando la enfermedad comenzaba a declinar, adoptando medidas no muy acordes con la Dirección Sanitaria. Sólamente se preocupó de preparar medallas de oro y de plata, que además no fueron entregadas con un criterio ecuánime. Se concedieron por influencia de amigos o parientes que declaraban meritorias a personas cuyos servicios eran solamente imaginarios. A los médicos barriales, los más meritorios, se les concedió solamente una pequeña medalla de plata porque habían recibido un pago (¡Dios, que pago!). El mismo director de salud, con razón, recomendó no aceptar ese presente griego; y eso es lo que hicimos. Las medallas de plata que rechazamos, terminarán seguramente como colgantes, adornando el pecho de algunas mujeres, esposas o amigas de funcionmarios.
Con la Pascua de Resurrección  se redujo el ímpetu de la enfermedad, hubo menos enfermos y muy pocas muertes: parecía que el buen Dios hubiera querido devolver la seguridad de la vida a los habitantes de Buenos Aires como recompensa por su fe como verdaderos católicos apostólicos Romanos.
Durante  los últimos casos de la enfermedad fui llamado para asistir a una jovencita de una respetable familia, a quien con constancia y amor curé de la enfermedad epidémica. Cuando logré la curación y el país volvió a normalizarse la pedí en matrimonio; lo conseguí, y unos pocos meses mas tarde me convertí en su marido.

 

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