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Categoría: Cuentos, Infantiles

Hidroponia, la Princesa

Fernando Rusquellas

 

Había una vez un grande y poderoso rey, Potorrojo II, llamado El Gordo que sufría una demoledora e interminable depresión debido a que la vida de su adorada hija, la princesa Hidroponia, llamada La Flaca, se consumía lentamente atacada por una misteriosa enfermedad que le producía una tristeza mortal. Día a día la princesa desmejoraba a la vista de todos los súbditos sin que nadie, ni los más afamados médicos, ni los más conocidos brujos llegados desde lejanas tierras de Oriente pudieran encontrar el remedio para su mal.

En un primer momento el rey Potorrojo II llamado El Gordo había ofrecido premiar con un descomunal tesoro a quien hallara la curación de su desgraciada y única hija, la princesa Hidroponia, llamada la Flaca.

Los días y los meses transcurrían sin que nada cambiara en Palacio.

Por importante que fuese la recompensa ofrecida todos los intentos resultaron inútiles.

En medio de la desesperación y la angustia el rey Potorrojo II, llamado El Gordo amenazó con aplicar horrorosos tormentos a los magos, sabios, médicos o boticarios que no fueran capaces de descubrir la curación efectiva. Pero ni los suculentos premios ni las peores torturas lograron iluminar las mentes de los mejores y más brillantes e ilustres sanadores del reino y sus alrededores.

La delicada princesa Hidroponia, llamada La Flaca era querida por todos debido a su bondad y hermosura. Cuando alguno padecía una enfermedad o lo agobiaba una pena era la princesa Hidroponia, llamada La Flaca quien se acercaba para llevarle el consuelo de sus palabras dulces y esperanzadas, sin olvidar una decena de monedas de oro para saciar las necesidades más urgentes de su vasallo.

Ahora era ella, la buena princesa Hidroponia, llamada La Flaca, quien sufría sin que apareciera alguien que supiera consolarla o hallara el secreto para su curación.

Lo que nadie, y menos su padre, el rey Potorrojo II, llamado El Gordo hubiera podido imaginar, era la envidia destructiva que guardaba en el alma su segunda esposa, la ambiciosa reina Piropigia, llamada La Piraña, cuando observaba la delicada belleza de su hijastra, la princesa Hidroponia, llamada La Flaca.

A espaldas del rey Potorrojo II, llamado El Gordo, la reina Piriopigia, llamada La Piraña, había convocado a Lilithar, llamada La Ogresa, una malvada y poderosa bruja blanca, experta en toda suerte de hechizos y conjuros dañinos.

En el reino de Potorrojo II, llamado El Gordo habitaba un sólo mago más poderoso que Lilithar, llamada La Ogresa: el incomparable mago Grillo, llamado El Mago, por que además de poseer las virtudes de todo gran mago era un grillo.

¿A qué no saben lo que pasó entonces?

La rata Perorata, llamada La Rata, estaba eternamente agradecida a la princesa Hidroponia, llamada La Flaca por haberla salvado de una muerte segura escondiéndola en el cofre de las joyas reales junto a la corona, un día en que Mangiabene, llamado El Albóndiga, primer cocinero de la corte, a falta de perdices, había decidido cocinarla y ofrecerla en la mesa de los invitados para los festejos del septuagésimo cumpleaños del rey Potorrojo II, llamado El Gordo.

La rata Perorata, llamada La Rata, sin pensarlo demasiado, convocó a su amigo el mago Grillo, llamado El Mago rogándole que concurriera a palacio con suma urgencia.

Cuando la rata Perorata, llamada La Rata, le contó con lujo de detalles acerca de las malas intenciones de la madrastra, la reina Piropigia, llamada La Piraña y del peligro que corría la princesa Hidroponia, llamada La Flaca en manos de la temible bruja Lilithar, llamada La Ogresa, el mago Grillo, llamado El Mago se puso inmediatamente en acción.

El mago Grillo, llamado el Mago era muy oscuro, lustroso y muy pequeñito, medía apenas tres centímetros desde la proa hasta la popa. Gracias a su reducido tamaño podía colarse por cualquier rendija y amparado por la sombra de las grietas entre los enormes bloques de piedra de las paredes de Palacio, recorrió largos, húmedos y fríos pasillos hasta llegar a las puertas doradas de la alcoba de la mismísima reina Piropigia, llamada la Piraña.

Sin hacer el menor ruido, el mago Grillo, llamado El Mago, aprovechando que la llave no estaba colocada, se intrujo por el ojo de la cerradura y se deslizó hasta el lujoso baúl que hacía las veces de mesita de noche de la malvada madrastra, la reina Piropigia, llamada La Piraña. Desde esa posición privilegiada, el mago Grillo, llamado El Mago pudo observar cómo la reina Piropigia, llamada la Piraña, antes de ordenar a sus damas de compañía que la desvistieran y le colocaran su real camisón, confeccionado con las más finísimas sedas traídas desde la lejana China, y el muy real gorro de dormir bordado con delgados hilos de oro por las jóvenes vírgenes más rubias del reino, engullía ansiosamente, casi sin respirar, una docena de churros rellenos con dulce de leche y empinaba sin ningún miramiento un jarrito de plata repujada lleno hasta el borde con leche chocolatada.

-¡Ahahá…! – Dijo muy quedo para que nadie le oyera, el mago Grillo, llamado El Mago, ya que era imprescindible decir ¡ahahá…! para resolver semejante caso.

Sin perder uno sólo de sus valiosos minutos, el mago Grillo, llamado El Mago, volvió a recorrer aquellas grietas entre las piedras pero en sentido contrario y llegó hasta la cueva de la rata Perorata, llamada La Rata.

En una reunión secreta, el mago Grillo, llamado El Mago y la rata Perorata, llamada La Rata, diseñaron una riesgosa estrategia que pondrían en práctica esa misma noche mientras en Palacio todos estuvieran durmiendo.

Una legión de cientos de ratas y ratones a los que se sumaban incontables cucarachas, moscas y otros golosos animalitos invadieron en el más absoluto silencio las despensas reales donde la Reina Piropigia, llamada La Piraña guardaba un suculento tesoro de churros calentitos recientemente fritados, tarros y más tarros de dulce de leche junto a numerosas y perfumadas barras de chocolate importados desde lejanos paises de América del Sur.

La orden de la rata Perorata, llamada La Rata fue terminante:

– Deberán morfarse todo, absolutamente todo, –Dijo utilizando un idioma propio de los barrios bajos pero impropio de una rata de Palacio.– no deberá quedar ni el menor rastro. Y agregó, en tono amenazador:– ¡Dispondrán solamente de las horas oscuras de esta noche, así que… ¡A masticar!– Y agregó una interjección algo grosera con el objeto de reforzar la orden, que por respeto a los lectores no reproduciremos aquí.

El operativo culminó con un rotundo éxito. Solamente un par de ratonas entradas en carnes sufrieron un coma diabético y unas pocas cucarachas jovencitas presentaron síntomas indiscutibles de intoxicación hepática declarándoseles una copiosa diarrea que no tardó mucho en remitir.

Cuando las primeros rayos del sol iluminaron las instalaciones no quedaba ni el apetitoso olor a fritura de los churros, ni pegote alguno de dulce de leche ni las más pequeñas migajas de chocolate. Reinaba un desconcertante sonido a hueco en las antes repletas despensas de la reina Piropigia, llamada La Piraña.

Al mago Grillo, llamado El Mago le bastó un sólo crick, crick de sus alas para que se materializase en los estantes de la despensa real un único y apetitoso par de manzanas deliciosas junto a un vaso de cristal desbordante de fresco y delicioso jugo de naranja.

La poderosa magia del mago Grillo, llamado El Mago había logrado destruír el hechizo con que la malvada bruja Lilithar, llamada La Ogresa había embrujado el Palacio del rey Potorrojo II, llamado El Gordo incluyendo a toda la familia real.

La reina Piropigia, llamada La Piraña se enfureció mucho cuando su ayuda de cámara le sirvió las dos manzanas y el vaso de cristal con jugo de naranja en vez de la docena de churros con dulce de leche y el jarrito de plata repujada desbordando leche chocolatada, pero por más que pateó, lloró y gritó, como tenía un hambre feroz que le hacía crujir las tripas, comió las dos manzanas sin chistar y tomó el refrescante jugo de naranja. Y… ustedes no lo podrán creer, pero a pesar de su rabieta quedó satisfecha y feliz con su nuevo desayuno.

Cuando la bruja Lilithar, llamada la Ogresa se enteró del suceso se puso verde de rabia y comenzó a hincharse, hincharse e hincharse, hasta volverse un enorme globo verde que sobrepasaba con ventaja las más altas torres del palacio real. Uno de los guardias que custodiaba el puente levadizo se llevó tal susto al ver aquello que sin pensarlo dos veces le disparó una flecha con su ballesta.

Por unos instantes se produjo un silencio profundo.

El rey Potorrojo II, llamado El Gordo, la reina Piropigia, llamada La Piraña, la princesa Hidroponia, llamada la Flaca y sus súbditos quedaron paralizados temiendo lo peor y cuando menos se lo esperaban sucedió: el enorme globo verde explotó con gran estruendo dejando una horrible mancha circular en el suelo…

Sorpresivamente, todos los hechizos de la bruja Lilithar, llamada La Ogresa se esfumaron al mismo tiempo y fue así que desde ese preciso momento la reina Piropigia dejó de ser llamada La Piraña para llamarse La Babosa, el rey Potorrojo II en vez de El Gordo fue llamado El Potito y la princesa Hidroponia, La Delgadita a cambio de La Flaca.

En una sencilla ceremonia, el rey Potorrojo II, llamado El Potito, rodeado por su familia y gran cantidad de súbditos, ordenó construir una plaza con juegos para los niños y asientos de mármol blandito para los ancianos del reino aprovechando el enorme espacio abierto por la mancha circular y la bautizó como “Plaza Lilithar, llamada La Reventada”.

Durante la ceremonia, apareció hablando hasta por los codos el ama de llaves Perorata, ahora llamada La Parlanchina y junto a ella, felices y dando vítores al mago Grillo, llamado desde ahora El Mago Seis Pies, los numerosos sirvientes, campesinos y proveedores de palacio que habían sido convertidos en ratas, ratones, cucarachas y otros animalitos.

Dicen que dicen los que saben, que terminada la ceremonia, el poderoso rey Potorrojo II, llamado el Potito, abdicó en favor de su hija la princesa Hidroponia, llamada la Delgadita, que se convirtió en la reina Hidroponia I, llamada La Delgadita Pero-No- Tanto.

En esos días golpeó a las puertas de Palacio un joven y apuesto fontanero cabalgando un robusto alazán de nombre Suculento. Lo acompañaba su ayudante Popó, llamado El Sopapa, cargando en su espalda exóticas herramientas destapacloacas.

El guardia del puente levadizo, el mismo que disparó contra el globo verde apuntó con su ballesta al medio de la panza de los forasteros y a punto de disparar dio la voz de alto.

Quizo la suerte que en ese instante pasara por allí, arrastrada por nueve elegantes corceles blancos, la carroza de la reina Hidroponia I, llamada La Delgadita-Pero-No-Tanto, que al ver la escena, y al joven y apuesto fontanero, ordenó al guardia bajar inmediatamente su arma y ofrecer las merecidas disculpas a los recién llegados.

Fue así, y no de otra manera, que la reina Hidroponia I, llamada La Delgadita-Pero-No-Tanto, conoció al joven y apuesto fontanero Berenjeno, llamado el Pegajoso. No pasó mucho tiempo para que ambos jóvenes trabaran una profunda amistad, especialmente desde que el joven y apuesto fontanero Berenjeno, llamado El pegajoso, logró habilitar, con la ayuda de Popó, llamado El Sopapa, las cañerías del real excusado liberándolas de seculares resíduos acumulados allí desde el legendario reinado del rey Potogrande III, llamado Tripafloja.

Paulatinamente la amistad se tornó en irrefrenable amor entre la reina Hidroponia I, llamada la Delgadita-Pero-No-Tanto y el joven y apuesto fontanero Berenjeno, llamado El Pegajoso. Pero… había un impedimento, una barrera infranqueable que impedía ese amor: el joven y apuesto fontanero Berenjeno, llamado El Pegajoso no pertenecía a la nobleza. Su sangre no era azul…

Era una tarde primaveral, el trinar de las aves, el aire tibio impregnado por el fragante perfume de los azares bajo los naranjos floridos lograron que la joven y atractiva reina Hidroponia I, llamada La-Delgadita-Pero-No-Tanto, y el joven y apuesto fontanero Berenjeno, llamado El Pegajoso, no pudieran evitar que la juventud y las hormonas lograran en pocos segundos lo que las tradiciones y las leyes del reino prohibieron durante siglos: se besaron ardientemente y sucedió que el joven y apuesto fontanero Berenjeno, llamado El Pegajoso, súbitamente se convirtió en sapo. Un formidable sapo de lustrosa panza blanca y lomo verrugoso.

Quedó así demostrado el noble origen del fontanero: se trataba nada menos que de un verdadero príncipe que había sido embrujado por la bruja Lilithar, antiguamente llamada La Ogresa y en los nuevos tiempos, La Reventada.

La reina Hidroponia I, llamada La Delgadita-Pero-No-Tanto se puso a bailar de felicidad con todos sus vasallos allí presentes, hasta bailó con Popó, llamado el Sopapa, y sin pensarlo más decretó fiesta nacional en todo el territorio del reino para festejar la boda real en que tomaría por esposo al príncipe Berenjeno, llamado El Pegajoso, quién desde ese momento pasaría a ser el rey Berenjeno I, llamado El Batracio.

En la alcoba real, fue instalado el tálamo nupcial por las ayudantes de cámara de la reina Hidroponia I, llamada La Delgadita-Pero-No-Tanto, que dispusieron sobre el colchón de espuma de poliuretano expandido suavísimas sábanas, blancas como la nieve, tejidas con las más finas y costosísimas telas de araña turca. Junto a la almohada de la reina Hidroponia I, llamada La Delgadita-Pero-No-Tanto, lucía, brillante como la luna llena, la palangana de plata con agua de zanja para para hacer confortable la noche de bodas del rey Berenjeno I, llamado El Batracio.

Durante su largo reinado, la reina Hidroponia I, llamada La- Delgadita-Pero-No-Tanto y el rey Berenjeno I, llamado El Batracio, tuvieron muchos hijitos, príncipes y princesas renacuajos, y fueron felices sin ningún pretexto para comer perdices.

Y colorín colorado, aunque no puedan creerlo, este cuento se ha terminado.

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