Kósquires

Giovanni, El Exorcista

Fernando Rusquellas

Ocurrió una tarde soleada de un verano apacible. Los rayos del sol, colándose por entre las hojas de los árboles parecían manchar con su luz las baldosas de la vereda. Un amor adolescente nacía a borbotones sobre el banco de la plaza, dulce melodía sobre un pentagrama de listones blancos. No muy lejos de ellos un anciano dormitaba recostado en el césped mientras otro alimentaba a las palomas desmigajando un trozo de pan que traía en los bolsillos abultados del gabán.

Simeón, el perrito de la señora gorda tironeaba de la correa para alcanzar, levantando su pata trasera, un bajorrelieve en el pedestal de mármol rojizo, ostentoso basamento de la estatua ecuestre en el centro de la plaza. Cuando las primeras gotas salpicaron el mármol del pedestal sucedió algo inusitado: el caballo de la escultura relinchó, levantó la cola, emitió un sonido sordo y prolongado, tras lo cual dejó caer al suelo una masa redondeada que rodó justamente hasta casi tocar los pies de los enamorados, que sumidos en sus arrumacos, nada vieron ni oyeron. La gorda, en cambio, emitió un grito casi ultrasónico y corrió despavorida llevando a rastras al pobre Simeón que desprevenido, dejó un reguero entrelazando las manchas de sol de la vereda.

La noticia corrió rápidamente entre los vecinos del pueblo. Cuchicheos. Corrillos en las esquinas. Amas de casa alteradas. Comentarios entre bolsas de mercado. Boinas sobre cabellos blancos. -¿Un cigarro? – Gracias… – Carraspeo nervioso. Incredulidad. Sonrisas burlonas.

Los más viejos aseguraban que tratándose del monumento, no era la primera vez que sucedía algo fuera de lo común. Jonás el viejo recordó aquella ocasión en que Jesús, guardián de la plaza, había trepado al pedestal para disfrutar tranquilamente del emparedado de chorizo que Petrona, la buena de su mujer, le había preparado esa mañana. A punto estaba Jesús de hincar el primer mordisco cuando el jinete de bronce, héroe indiscutido de la comunidad, ensartó el chorizo con la punta de su gloriosa espada y lo engulló de un sólo bocado dejando al pobre Jesús con la boca abierta y el estómago vacío.

Susurros. Escalofríos. Desconcierto. Dudas. Puchos sin terminar aplastados con el pie. – ¿Qué me dice?…

Tampoco se hicieron esperar las palabras de Adelaida, que no por repetidas dejaban de ser inquietantes. Joven aún y empleada como niñera por los Duques de Chelimporta, empujaba el cochecito del bebé buscando la sombra de los árboles junto al monumento. Pasaba junto al pedestal de mármol rojo y sintió que alguien, desde atrás, levantaba su falda hasta dejarle el trasero al descubierto. Cuando volteó la cabeza pudo comprobar que el jinete de bronce, apeado del caballo y con una sonrisa burlona, había enganchado el ruedo de su vestido con la mismísima espada de sus heroicas hazañas de guerra.

Sonrisas contenidas. -¡Haber estado allí…! – Viejos verdes. El calzón a lunares de Adelaida. – Increíble, pero…

A los gritos y abrazando una estatuilla de bronce con la imagen de un bebé tocado con gorra militar, Angiulina, viejecita de cabello mal teñido, reclamaba el reconocimiento de paternidad al caballero de bronce que desde el pedestal de mármol rojo señalaba al norte con su espada victoriosa. Muy pocos en el pueblo dieron crédito a su historia de seducción y violación a la luz de la luna, sin embargo los últimos acontecimientos abrían nuevamente un espacio para la credibilidad.

Los vecinos escuchaban esas historias con cierto temor, al tiempo que los embargaba un sabor amargo. ¡Cuán bajo había caído su héroe con el paso de los años! Los más jóvenes aseguraban que esas costumbres vergonzosas lo habrían acompañado toda la vida, sólo que la edad y el bronce le hicieron perder la viveza y la lucidez para seguir ocultándolas.

Reuniones los domingos en la mañana. –¿Qué haremos? – Denuncias. Solicitudes. Entrevistas. El intendente. El gobernador. Impotencia ciudadana. La Iglesia.

– ¿Y un exorcismo?…Un… exorcista, digo… – Se atrevió alguien.

-¡Eso, un exorcista! – Exclamaron a coro varios integrantes de la reunión, entre ellos Jonás el viejo, Angiulina y la joven duquesa Marietta Chelimporta, la misma que de bebé era paseada en la plaza por su nana Adelaida, ahora viuda y reumática. Algunos descreídos objetaron la idea pero al final la propuesta fue aprobada por amplia mayoría, los creyentes eran muchos y estaban muy preocupados… podría decirse asustados.

La pregunta era obvia y no se hizo esperar.

– ¿De dónde sacamos nosotros un exorcista? – Al desconcierto inicial siguieron toda clase de propuestas, algunas absolutamente disparatadas, otras algo más realistas, pero todas irrealizables. Filomena, la peluquera italiana, ofreció escribirle a su tío Lucrecio, en Roma, y preguntarle si conocía alguno… Eso sí, con la aprobación del Vaticano.

Discusiones. Dinero para el pasaje. Colaboración. Colecta. “Un poco cada uno no se nota en el presupuesto” . Acuerdo. Elección. “Viaja el que saca el palito más largo” .

– ¡Enhorabuena, Tiburcio! Verás como el viaje no resulta tan largo…, en avión es más corto pero el costo… – Tiburcio Bongiorno nunca se había embarcado ni en un tranvía. Se despidió de todos con una sonrisa nerviosa intentando disimular sus temores. Al fin de cuentas era el más indicado ya que no tendría dificultades con el idioma.

Las gestiones del tío Lucrecio relacionaron a Tiburcio con el Padre Giovanni, reconocido por su larga trayectoria en el complicado arte del exorcismo.

El Padre Giovanni era alto, muy delgado. Su prominente nariz, ojos verdes casi gatunos y la mirada penetrante le conferían un aspecto intimidante.

No resultó difícil convencer al sacerdote para realizar el viaje. Enterado de los pormenores del caso se negó a cualquier clase de remuneración, la sola expectativa de semejante experiencia le resultó fascinante y atractiva. Un resultado indiscutible aumentaría su fama internacional y la posición entre sus colegas.

La figura imponente de Giovanni, envuelta en larga sotana negra, avanzó por el sendero central de la plaza y una vez frente al monumento se detuvo por largo tiempo, como desafiándolo. Al menos eso les pareció a los pobladores que esperaban ansiosos alguna señal, algún comentario por parte del sacerdote. Sin pronunciar una sola palabra dio media vuelta y caminando tan tieso como cuando llegó, regresó a la habitación que le había sido asignada en la lujosa mansión de los Chelimporta. Recién entonces habló:

– Esta noche. – Dijo. Después pronunció en voz muy baja unas frases en latín y sin saludar se tendió majestuosamente en la cama.

Espera. Larga, interminable espera. Impaciencia de algunos, desinterés de otros. Atardecer. Desconcierto. Cuchicheos. Rezos. Don Isaac, con el sombrero encajado hasta las orejas, se mostraba inquieto y no dejaba de asomarse a la puerta de su tienda. Hasta los más incrédulos se mostraban impacientes y nerviosos.

Anocheció y una multitud tensa y silenciosa se agolpó ante los portones de la mansión. Hubo un murmullo bajo, casi inaudible cuando se hizo notar la presencia de Giovanni, que con el brazo extendido al frente, portaba firmemente un crucifijo de plata. Un sentimiento sobrenatural pareció dominar las voluntades de los presentes dispuestos a seguirlo hasta la plaza.

– Voy sólo – Dijo con voz estentórea el Padre Giovanni.

Nadie se habría atrevido a discutir su decisión. Disgustados unos, tranquilizados otros, se volvieron a sus casas entre rezos y comentarios.

Esa noche nadie durmió en el pueblo, sólo los más pequeños pudieron descansar sin preocupaciones.

Los más creyentes esperaban ver o al menos oir algo inusitado. Señales en el cielo. – ¡Vade retro…! – Negros nubarrones. Relámpagos. Fuegos infernales, truenos espantosos. Sonidos de batallas dantescas. El Bien contra el Mal. – ¡ Te conmino, en nombre de…!

Pero nada. Nada se pudo oir. Nada se pudo ver. Diarreas. Desilusión. Dudas. Constipaciones dolorosas. Sonrisas de los incrédulos. Desconcierto.

Cuando comenzó a amanecer los mas arriesgados se fueron acercando a la plaza lentamente y con precaución. Por más que buscaron no pudieron hallar al Exorcista, parecía que se lo hubiera tragado la tierra.

Poco a poco fueron llegando los demás. Cuando la luz del día iluminó la plaza todo el pueblo estaba presente.

El jinete y su caballo ya no estaban sobre el pedestal de mármol rojo. En su lugar, erguido y con la mirada desafiante, el brazo izquierdo enérgicamente extendido hacia delante, sosteniendo el crucifijo y señalando acusador con la mano derecha, podía verse, esculpida en bronce, la imponente figura del Padre Giovanni.

La nueva escultura tenía una peculariedad inexplicable: la sotana del sacerdote estaba recogida por detrás hasta la cintura, como si algo la sostuviera en esa posición, dejando al descubierto su trasero desnudo.

ocurrió una tarde soleada de un verano apacible. Los rayos del sol, colándose por entre las hojas de los árboles parecían manchar con su luz las baldosas de la vereda. Un amor adolescente nacía a borbotones sobre el banco de la plaza, dulce melodía sobre un pentagrama de listones blancos. No muy lejos de ellos un anciano dormitaba recostado en el césped mientras otro alimentaba a las palomas desmigajando un trozo de pan que traía en los bolsillos abultados del gabán.

Simeón, el perrito de la señora gorda tironeaba de la correa para alcanzar, levantando su pata trasera, un bajorrelieve en el pedestal de mármol rojizo, ostentoso basamento de la estatua ecuestre en el centro de la plaza. Cuando las primeras gotas salpicaron el mármol del pedestal sucedió algo inusitado: el caballo de la escultura relinchó, levantó la cola, emitió un sonido sordo y prolongado, tras lo cual dejó caer al suelo una masa redondeada que rodó justamente hasta casi tocar los pies de los enamorados, que sumidos en sus arrumacos, nada vieron ni oyeron. La gorda, en cambio, emitió un grito casi ultrasónico y corrió despavorida llevando a rastras al pobre Simeón que desprevenido, dejó un reguero entrelazando las manchas de sol de la vereda.

La noticia corrió rápidamente entre los vecinos del pueblo. Cuchicheos. Corrillos en las esquinas. Amas de casa alteradas. Comentarios entre bolsas de mercado. Boinas sobre cabellos blancos. -¿Un cigarro? – Gracias… – Carraspeo nervioso. Incredulidad. Sonrisas burlonas.

Los más viejos aseguraban que tratándose del monumento, no era la primera vez que sucedía algo fuera de lo común. Jonás el viejo recordó aquella ocasión en que Jesús, guardián de la plaza, había trepado al pedestal para disfrutar tranquilamente del emparedado de chorizo que Petrona, la buena de su mujer, le había preparado esa mañana. A punto estaba Jesús de hincar el primer mordisco cuando el jinete de bronce, héroe indiscutido de la comunidad, ensartó el chorizo con la punta de su gloriosa espada y lo engulló de un sólo bocado dejando al pobre Jesús con la boca abierta y el estómago vacío.

Susurros. Escalofríos. Desconcierto. Dudas. Puchos sin terminar aplastados con el pie. – ¿Qué me dice?…

Tampoco se hicieron esperar las palabras de Adelaida, que no por repetidas dejaban de ser inquietantes. Joven aún y empleada como niñera por los Duques de Chelimporta, empujaba el cochecito del bebé buscando la sombra de los árboles junto al monumento. Pasaba junto al pedestal de mármol rojo y sintió que alguien, desde atrás, levantaba su falda hasta dejarle el trasero al descubierto. Cuando volteó la cabeza pudo comprobar que el jinete de bronce, apeado del caballo y con una sonrisa burlona, había enganchado el ruedo de su vestido con la mismísima espada de sus heroicas hazañas de guerra.

Sonrisas contenidas. -¡Haber estado allí…! – Viejos verdes. El calzón a lunares de Adelaida. – Increíble, pero…

A los gritos y abrazando una estatuilla de bronce con la imagen de un bebé tocado con gorra militar, Angiulina, viejecita de cabello mal teñido, reclamaba el reconocimiento de paternidad al caballero de bronce que desde el pedestal de mármol rojo señalaba al norte con su espada victoriosa. Muy pocos en el pueblo dieron crédito a su historia de seducción y violación a la luz de la luna, sin embargo los últimos acontecimientos abrían nuevamente un espacio para la credibilidad.

Los vecinos escuchaban esas historias con cierto temor, al tiempo que los embargaba un sabor amargo. ¡Cuán bajo había caído su héroe con el paso de los años! Los más jóvenes aseguraban que esas costumbres vergonzosas lo habrían acompañado toda la vida, sólo que la edad y el bronce le hicieron perder la viveza y la lucidez para seguir ocultándolas.

Reuniones los domingos en la mañana. –¿Qué haremos? – Denuncias. Solicitudes. Entrevistas. El intendente. El gobernador. Impotencia ciudadana. La Iglesia.

– ¿Y un exorcismo?…Un… exorcista, digo… – Se atrevió alguien.

-¡Eso, un exorcista! – Exclamaron a coro varios integrantes de la reunión, entre ellos Jonás el viejo, Angiulina y la joven duquesa Marietta Chelimporta, la misma que de bebé era paseada en la plaza por su nana Adelaida, ahora viuda y reumática. Algunos descreídos objetaron la idea pero al final la propuesta fue aprobada por amplia mayoría, los creyentes eran muchos y estaban muy preocupados… podría decirse asustados.

La pregunta era obvia y no se hizo esperar.

– ¿De dónde sacamos nosotros un exorcista? – Al desconcierto inicial siguieron toda clase de propuestas, algunas absolutamente disparatadas, otras algo más realistas, pero todas irrealizables. Filomena, la peluquera italiana, ofreció escribirle a su tío Lucrecio, en Roma, y preguntarle si conocía alguno… Eso sí, con la aprobación del Vaticano.

Discusiones. Dinero para el pasaje. Colaboración. Colecta. “Un poco cada uno no se nota en el presupuesto” . Acuerdo. Elección. “Viaja el que saca el palito más largo” .

– ¡Enhorabuena, Tiburcio! Verás como el viaje no resulta tan largo…, en avión es más corto pero el costo… – Tiburcio Bongiorno nunca se había embarcado ni en un tranvía. Se despidió de todos con una sonrisa nerviosa intentando disimular sus temores. Al fin de cuentas era el más indicado ya que no tendría dificultades con el idioma.

Las gestiones del tío Lucrecio relacionaron a Tiburcio con el Padre Giovanni, reconocido por su larga trayectoria en el complicado arte del exorcismo.

El Padre Giovanni era alto, muy delgado. Su prominente nariz, ojos verdes casi gatunos y la mirada penetrante le conferían un aspecto intimidante.

No resultó difícil convencer al sacerdote para realizar el viaje. Enterado de los pormenores del caso se negó a cualquier clase de remuneración, la sola expectativa de semejante experiencia le resultó fascinante y atractiva. Un resultado indiscutible aumentaría su fama internacional y la posición entre sus colegas.

La figura imponente de Giovanni, envuelta en larga sotana negra, avanzó por el sendero central de la plaza y una vez frente al monumento se detuvo por largo tiempo, como desafiándolo. Al menos eso les pareció a los pobladores que esperaban ansiosos alguna señal, algún comentario por parte del sacerdote. Sin pronunciar una sola palabra dio media vuelta y caminando tan tieso como cuando llegó, regresó a la habitación que le había sido asignada en la lujosa mansión de los Chelimporta. Recién entonces habló:

– Esta noche. – Dijo. Después pronunció en voz muy baja unas frases en latín y sin saludar se tendió majestuosamente en la cama.

Espera. Larga, interminable espera. Impaciencia de algunos, desinterés de otros. Atardecer. Desconcierto. Cuchicheos. Rezos. Don Isaac, con el sombrero encajado hasta las orejas, se mostraba inquieto y no dejaba de asomarse a la puerta de su tienda. Hasta los más incrédulos se mostraban impacientes y nerviosos.

Anocheció y una multitud tensa y silenciosa se agolpó ante los portones de la mansión. Hubo un murmullo bajo, casi inaudible cuando se hizo notar la presencia de Giovanni, que con el brazo extendido al frente, portaba firmemente un crucifijo de plata. Un sentimiento sobrenatural pareció dominar las voluntades de los presentes dispuestos a seguirlo hasta la plaza.

– Voy sólo – Dijo con voz estentórea el Padre Giovanni.

Nadie se habría atrevido a discutir su decisión. Disgustados unos, tranquilizados otros, se volvieron a sus casas entre rezos y comentarios.

Esa noche nadie durmió en el pueblo, sólo los más pequeños pudieron descansar sin preocupaciones.

Los más creyentes esperaban ver o al menos oir algo inusitado. Señales en el cielo. – ¡Vade retro…! – Negros nubarrones. Relámpagos. Fuegos infernales, truenos espantosos. Sonidos de batallas dantescas. El Bien contra el Mal. – ¡ Te conmino, en nombre de…!

Pero nada. Nada se pudo oir. Nada se pudo ver. Diarreas. Desilusión. Dudas. Constipaciones dolorosas. Sonrisas de los incrédulos. Desconcierto.

Cuando comenzó a amanecer los mas arriesgados se fueron acercando a la plaza lentamente y con precaución. Por más que buscaron no pudieron hallar al Exorcista, parecía que se lo hubiera tragado la tierra.

Poco a poco fueron llegando los demás. Cuando la luz del día iluminó la plaza todo el pueblo estaba presente.

El jinete y su caballo ya no estaban sobre el pedestal de mármol rojo. En su lugar, erguido y con la mirada desafiante, el brazo izquierdo enérgicamente extendido hacia delante, sosteniendo el crucifijo y señalando acusador con la mano derecha, podía verse, esculpida en bronce, la imponente figura del Padre Giovanni.

La nueva escultura tenía una peculariedad inexplicable: la sotana del sacerdote estaba recogida por detrás hasta la cintura, como si algo la sostuviera en esa posición, dejando al descubierto su trasero desnudo.


Licencia Creative Commons
Giovanni, el Exorcusta por Fernando Rusquellas se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported.

Comments are closed.