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Categoría: Cuentos

El Peregrino, la Eterna Búsqueda

Natalia Lewitan - Basado en un relato de Simbología Arcaica

Quería encontrarla y se levantó esa mañana con la decisión tomada. Muchos le decían que era absurda su búsqueda, que nunca la hallaría. Sin embargo, él tenía la extraña sensación de que nada sería lo mismo cuando se encontrara con ella y le dijera que desde siempre anheló sentirla cerca. No tenía datos certeros de su paradero, ni siquiera cuál sería su aspecto, pero de todas formas sabía que era perfecta.

Tomó su mochila, guardó un poco de agua en ella y suspiró profundo. Cuando salió de la casa se dio cuenta que ésta iba a ser la primera vez que se marcharía hacia lo desconocido. Tras caminar varias horas sin saber a dónde ir, se topó con un extraño sendero. Solo se veía la entrada, pero lo que había mas allá era un misterio. No lo dudó y se sumergió lenta pero decididamente dentro de él. A primera vista le pareció que todo lo que había a su alrededor era un simple bosque, luego nada fue lo que imaginó.

La noche cayó tan rápido, que ni siquiera tuvo tiempo de preguntarse dónde estaba realmente. La luna llena fue su fiel compañera, iluminándolo de plateado. Sus pies se hundían en lo que parecía ser tierra mojada, aunque no llovía desde hacía meses. En un principio creyó que aquello que oía era el murmullo del viento. Luego se dio cuenta que era una voz lejana que llegaba hasta sus oídos de forma insistente. Caminó más rápido pensando que era Ella, pero no, la voz de la Otra lo atemorizó. Las sombras se hicieron presentes en ese instante, sumergiéndolo en sus más antiguos miedos. Intentaban no dejarlo avanzar, cubriéndolo de tristeza y velos negros. A su alrededor los árboles parecían inmensos monstruos queriendo atraparlo y dejarlo inmóvil entre sus ramas. Pero él siguió avanzando.

No notó que su piel empalidecía y que su alma se ensombreció.

Caminó y caminó tratando de dejar a un lado esa escalofriante voz y tras pocas horas cayó en la conclusión de que estaba caminando en círculos. Nunca llegó a ningún lado, o mejor dicho nunca avanzó. Su descubrimiento lo abrumó, sin embargo la llama se encendió más que nunca. No, no iba a abandonar la búsqueda. ¿Pero cómo seguir si no se sabe cuál es el camino correcto? No le importó, su deseo por encontrarla era poderoso. Siguió adelante sin descanso, acompañado de esa extraña mujer envuelta en ropajes oscuros y ojos vacíos. La noche parecía durar más de lo habitual. De pronto, el camino ya no era el mismo, parecía estar dentro una inmensa hondonada, rodeado de una espesa niebla que no lo dejaba ver. El cuerpo comenzó a jugarle una mala pasada, sentía las piernas flojas y por primera vez en la vida dudó. ¿Por qué arriesgarse y salir de la comodidad de lo conocido? Luego se hizo consciente de que aquella pregunta se la había hecho ya reiteradas veces. A los pocos metros vislumbró una enorme piedra y se sentó en ella para descansar. Por un momento pensó que la Otra se había marchado. Se equivocaba y lo descubrió a los pocos minutos. Cuando la volvió a ver detrás suyo no intentó quitarle la vista. Parecía un fantasma de mirada fría y rostro hiriente, intentado vencerlo para que su vida fuese solo un sueño. En su mirada se reflejaban los miedos de la humanidad, el dolor de los que no son oídos y la ira de los que no quieren ver. Pudo reconocerse en varios de ellos y su corazón latió apresurado. Se levantó de inmediato, lleno de una determinación fascinante. Le dio la espalda, aún sabiendo que siempre estaría al acecho y siguió avanzando. La Cumbre estaba cerca, lo sabía, el calor de su amada lo cubría de confianza como una poderosa llama que extingue todo rastro de temor.

A la cuarta jornada, la noche y su enorme luna seguían siendo sus fieles compañeras allá arriba, en el infinito cielo; sin embargo él seguía con la vista fija en el camino. En ese momento descubrió que estaba descalzo. Pero ni siquiera tuvo tiempo de pensar mucho en eso, ante sus ojos luminosos el sendero se dividía en dos. Se detuvo por completo, con miles de preguntas surcando su mente, sintiendo que era el momento de seguir o dar la vuelta atrás. Siempre supo que la vida era algo más, pero nunca tuvo el valor necesario para dejar todo lo viejo y retomar el vuelo. Los dos caminos eran idénticos, sin embargo había algo que los hacía diferentes. Cerró los ojos y eligió uno al azar; se había acabado el tiempo de la duda. Tras caminar por horas o días, el cansancio se infiltró entre sus anhelos y sueños nuevamente. De la noche desapareció la luna, suplantada por relámpagos y truenos. La tempestad era vigorosa. La vegetación del bosque se movía desesperadamente tratando de no ser arrancada de sus raíces y el viento susurró en sus oídos mensajes de otros tiempos. El poder de la naturaleza, tan mágico y magnifico, pasó de estar embravecido a la paz absoluta en pocos minutos. Levantó la vista al cielo y se sorprendió al ver las estrellas nuevamente; las creía perdidas. Ahora parecían grandes, envueltas en velos azules, reflejándose en un hermoso y cristalino lago. Supo que no se había equivocado de camino, éste era brillante, lleno de flores rojas y amarillas a sus lados iluminadas nuevamente por la hermosa luna plateada. Ahora el silencio era absoluto y se sentía más solo que nunca. ¿Dónde estaría su bella amada, tantas veces soñada, tantas veces cómplice de sus súplicas? La sentía lejos. Su mente lo atormentó con miles de pensamientos, tentándolo a volver, a renunciar a la búsqueda. Pero su corazón puro, fuerte, luminoso, se llenó de amor. Se recostó en la cálida hierba, abrió los brazos entregándose al infinito y se durmió profundamente. La tristeza se acercó ni bien cerró los ojos y acarició su frente, haciéndolo soñar con tiempos idos, muy ajenos a su presente.

Cuando despertó, se sintió más joven y fuerte que nunca, ya no había tiempo que perder. La vida es un largo camino lleno de luces y sombras, más nunca algo sin sentido. La noche se había disipado, el sol brillaba fuerte y hermoso sobre el firmamento turquesa. Se sintió angustiado y algo ansioso, a pocos metros delante suyo, lo estaba aguardando un hermoso templo de oro. Tras haber cruzado caminos oscuros, pantanos fríos y noches sin fin, el lugar en donde estaría su amada, tantas veces buscada pero nunca hallada, se erguía delante de sus ojos. Caminó hasta allí, la construcción era inmensa pero a la vez solitaria. Abrió las enormes puertas y una vez dentro su desconcierto fue absoluto: no había nadie.

Estaba vacío.

Subió los peldaños de las escaleras de marfil, arriba estaría ella, esperándolo a él y a muchos más. Pero su habitación estaba desierta. Se acercó a su cama, cálida aún, apoyó la cabeza sobre el lecho y lloró desconsoladamente. Al final, lo que auguraban los demás era cierto: la búsqueda había sido en vano. Jamás la encontraría. Pero ahora al menos le quedaba la dicha de sentir que lo intentó y que volvería a hacerlo. Sus ojos bañados en lágrimas se cerraron, su corazón gimió de dolor y de amor a la vez.

De pronto todo vestigio de sonido cesó, suplantado por un rumor dulce y cálido de vida. Alguien le cubrió la cabeza con un lienzo blanco, prístino, haciendo que su paz fuera eterna. Cuando levantó la vista, el lecho de su amada, como así también el templo, habían desaparecido. El Caballero decidió entonces levantarse, pero sintió que no podía. Todo estaba iluminado, resplandeciente y un viento cálido rozó sus mejillas exhaustas. Una neblina blanca y repleta de puntos luminosos lo rodeó: no estaba solo como creyó, nunca lo había estado. Cuando se volvió, allí estaba Ella, tal como la había soñado, o tal vez mejor. Sus ojos lo observaron con compasión y serenidad. La hermosa Dama le extendió la mano y el Caballero la tomó entre las suyas. Fue entonces cuando él le preguntó:

-¿Dónde estabas tú, oh amada, que por cielo y tierra te he buscado?

Y ella con los ojos llenos de divinidad, tranquilamente le respondió:

-Siempre estuve escondida en el único lugar en el que nunca has buscado: tu corazón.

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