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Categoría: Biografías

Il Bacio della Morta – I – el beso de la muerta

Nuncio Romeo (año 1911)

Soy incrédulo; no puedo admitir hechos sobrenaturales. Es así que no puedo olvidar cuanto me expongo al contarlo; Ni los 48 años transcurridos han logrado borrarlo de mi memoria. Y es precisamente por esto que estoy a punto de narrarles lo sucedido; No abundaré en detalles ya que intervienen tanto lugares como personas reales, utilizaré un estilo conciso, evitando describir hechos pertenecientes a la vida privada de las personas.
Huérfano de padre, idolatraba a mi madre y era correspondido con tierno afecto.
Durante algunos meses me tocó cumplir con el servicio militar por pertenecer a la segunda tanda de los nacidos en 1841. El oficial encargado de distribuir la correspondencia se me acercó un día y me entregó una carta. Era de mi hermano, mi único hermano; me escribía: “Mamá está gravemente enferma, la pobre, en medio de su sufrimiento te llama deseando verte; Intenta conseguir un permiso extraordinario para venir rápidamente”.
Inmediatamente pedí hablar con el coronel a fin de obtener el permiso; después de haber superado los enojosos trámites habituales, pude entrar, acompañado por el teniente de la compañía, a la oficina del comandante del regimiento.
Éste era sarcástico, pequeño de estatura y en sumo grado irritable, mal predispuesto para con nosotros, los sureños. Me miró con su cara hosca, como para hacerme intuir de entrada una negativa a mi justo y piadoso pedido de una breve licencia. Me dijo:

– ¡Un permiso!… Recuerda que eres conscripto… ¿Para qué quieres un permiso, para no volver más? ¿ Tal vez para desertar, para engrosar las filas del bandidaje? …Señor teniente: impóngale una guardia especial a este soldado.
Sentí apretarse mi corazón como en una morsa, imaginaba a mi madre, tal vez moribunda; sentí un fuego brotando de mi cara, ya que también me había ultrajado; …si no hubiera estado bajo aquel uniforme… Respondí, con la firmeza proveniente de una buena educación y de una conciencia tranquila:

– No es ese el modo de tratar a quien se ha presentado espontáneamente para cumplir su deber con la patria;  nadie hubiera impedido, si hubiese decidido no presentarme, y  hubiera tenido los medios, podría haberme ido al extranjero sin necesidad de unirme a los bandidos, ya que no es esa mi inclinación.
Esta actitud enérgica mía terminó con el sistema nervioso del superior;  no coordinaba, se inclinaba ora de un lado, ora del otro; sus rasgos faciales hacían prever una próxima tormenta a punto de estallar.

– Yo, impasible.

– ¡Estarás de guardia…! Gritó, y tal vez yo… reaccionaría y…
El teniente, previendo un hecho desagradable, invitó al coronel a un cuarto contiguo justo antes que pudiera reponerse de la sorpresa que le habían causado mis palabras, y antes que estallara su ira reprimida.
De qué hablaron no lo sé: sí es cierto que después de ello el coronel asumió un comportamiento más benévolo, se escusó por la reprimenda que me había dado y que entendía inmerecida; se mostró disconforme por no tener él la facultad de acordarme el permiso, ya que era atribución exclusiva del ministro de guerra.
Estaba perdida toda esperanza de licencia, ya que aparte de la larga espera para obtener una respuesta del ministro de guerra, se sumaba la probabilidad de una negativa. La fatalidad dispuso que no había urgencia.
No me abandonaba el doloroso pensamiento de mamá, tan lejana y enferma. Casi todas las noches la veía en sueños, ora sana y sonriente, ora enferma y moribunda.
Durante un breve tiempo mi ánimo alternaba entre una fugaz esperanza de recibir buenas noticias y una gran postración. Cuando una noche, durante el sueño, cerca de las cuatro de la mañana, me pareció sentir que una brisa fresca rozaba suavemente mi rostro, y tuve la impresión de un tierno beso sobre mi frente. Una voz apagada me resultó conocida… ¡la voz de mi madre! que decía:

– Adiós hijo… adios…
Me desperté sobresaltado; no había nadie cerca de mi lecho. ¿Había realmente pasado algo? ¿Estaba soñando? No… siento todavía el contacto de sus labios besándome en la frente, y aún no desapareció de mis oídos el eco armonioso de aquella voz adorada.
El tambor llamó a despertarse, me vestí automáticamente, tomé parte de todos los ejercicios con el pensamiento fijo en la próxima carta que seguramente habría de recibir, anunciándome tal vez una mejoría o… ¿la noticia fatal?
No pasaron más de dos días, el sobre tenía un borde negro. A la misma hora de aquel sueño, había quedado huérfano de mi buena mamá.
El tormento de mi corazón fue indescriptible; no lloré, las lágrimas se me derramaban por dentro; a nadie participé de mi enorme dolor; realicé todas mis labores de soldado como de costumbre; por la noche, en la soledad de la cama, me abandonaba completamente al intenso dolor. Sentía un gran vacío en mi ánimo… no sabía, ni podía convencerme que mi querida mamá no estaba más, que me había dejado para siempre ¡Sin haber podido verla ni abrazarla por última vez!

 

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