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Categoría: Cuentos

El Arcón de Oro

Ricardo Lewitan

Todos caminamos apurados. Vamos y venimos por la calle mirando sin ver nada. Desfilan miles de rostros frente a nuestros ojos que quizás nunca vuelvan a cruzarse por nuestro camino. Paisaje ciudadano, historias personales, sueños incumplidos, alegrías y decepciones pasajeras. Lo obvio es extraño, imperceptible a nuestra conciencia cotidiana.

Caminaba entre la gente cuando me lo llevé por delante. Caí aplastándome la nariz contra el piso. Me incorporé rápido, avergonzado, no me importaba el dolor más que mi situación ridícula en plena calle. Ahí estaba. Reluciente y grande. ¿Cómo fue que no lo vi? Seguro que todos saben eludirlo, saltar sobre él, hacer como que no existe. Pero no, yo acabé desparramado por el piso con toda mi humanidad. Nadie se detuvo para ayudarme, pensarían que estaba borracho. No reparaban en mí ni en el objeto que había provocado mi debacle, (¡¡ me parecía enorme!!). Ahora podía mirar con atención, ¿qué hacía allí, por qué nadie lo retiró a un costado o se lo llevó? Verdaderamente era hermoso, brillante bajo el sol del medio día. Un arcón en medio de la vereda no es común de ver todos los días. Sentí la profunda necesidad de llevarlo conmigo, aún corriendo el riesgo que alguien lo reclamara de su propiedad. Cuando comencé a arrastrarlo percibí que no era muy pesado. Paré un taxi, lo acomodé en el asiento trasero a mi lado y lo llevé a casa. El taxista me miraba con gesto desconfiado y sorprendido (los taxistas a veces son gente muy rara…)

En medio del living de casa, un arcón como esos de los piratas que veía en las películas. ¿Me creen si les digo que era de oro? Si, de oro. Mi corazón comenzó a latir apresurado, me transpiraban las manos. Un arcón de oro solo puede guardar un gran tesoro. No sé cuantas horas pasaron, perdí noción del tiempo. Debía decidirme y abrirlo, la hora de la verdad había llegado. De rodillas frente a él, apreté con mis manos los costados de la tapa y comencé a tirar hacia arriba: no se movió ni un milímetro. ¡¡No puede ser!! ¡¡Tengo un tesoro en mi casa y no puedo abrir el arcón!!

Fui hasta la cocina, abrí la heladera y me serví un vaso de agua fresca; tenía que tranquilizarme y pensar. Pensar, pensar…¡¡Es claro!! Debe tener algún mecanismo para abrirlo, una cerradura (¿la llave?), alguna palanca escondida. Nada. Lo revisé hasta el hartazgo. Ni una ranura para abrir la tapa. Me senté en un rincón de la habitación para mirarlo desde lejos, estaba frustrado, ansioso. Así me encontró la noche, con el cuarto en penumbras, a penas iluminado por las luces de la calle que entraban desde las ventanas. Noté que cuando menos luz había, más brilloso se tornaba el arcón; en el frente del mismo observé letras agrupadas desordenadamente en fila. Formaban parte de un mecanismo hecho de ruedas, algo parecido a un criptograma. (¡¡Podía jurar que antes no estaban allí!!). Me acerqué sigilosamente, temiendo que lo que veía se esfumara en un instante; comencé a maniobrar las pequeñas ruedas usando la punta de mis dedos, con rapidez, como si escarbara en la arena. Luego comprendí que lo hacía en forma desordenada, era casi lógico. ¿Que podía escribir? Palabras sin sentido, frases que no llegaba a terminar, trabalenguas inexplicables.

Probablemente, si era una clave como yo pensaba, no podía saber en qué idioma debía escribirla. No sé en qué momento quedé recostado de espaldas en el piso, junto al arcón. Miraba el techo blanco del cuarto como si en él estuviera escrito el mensaje que me ayudara a resolver esta situación. Luego de un largo tiempo me senté con dificultad, sentía dolores en la espalda y la nuca. El piso es más duro de lo que nunca imaginé. Apoyé las palmas de las manos en el suelo para incorporarme y fue cuando mis ojos quedaron fijos mirando el diploma que colgaba en la pared. Imposible, es una locura: mi nombre completo tiene la misma cantidad de letras que tiene el mecanismo del arcón. ¿Y si solo debía ordenarlas de acuerdo a mi nombre? Me reí de mi mismo por tan estúpida ocurrencia, pero no tenía ninguna opción mejor: mejor dicho, no encontraba otra opción. Y entonces decidí hacerlo. Sentado frente al arcón, ordené una a una las ruedas con las letras de mi nombre, y cuando lo hice con la última, la sorpresa fue extraordinaria. El arcón comenzó a vibrar suavemente, casi imperceptible y escuché el sonido de engranajes y palancas que se movían en su interior. Luego, como si manos invisibles lo hubieran tomado, la tapa se abrió.

La luz más pura que conocí, inundó la habitación cegándome por unos instantes. Cuando pude mirar dentro del arcón me vi formando parte del universo, unido a todo lo que existe, flotando entre millones de soles y estrellas. La música de las esferas resonaba como un manantial de paz y armonía absoluta. Las voces de los que fueron, son y serán entonaban un himno que hablaba de amor y hermandad con el todo; leí del libro de la vida y comprendí lo absurdo de nuestras miserias y dolores, del tiempo mal gastado en temer y odiar, de la loca carrera por poseer, de todas las ideas y sentimientos que nos mantienen esclavos. Los misterios de la vida humana me fueron revelados. Ya no podía pedir más. Mi cuerpo se transformó en luz, como si fuera de fuego y recorrí la historia del hombre, sus batallas y momentos sublimes. Poco a poco todo se aquietó y me encontré de nuevo en el living de casa; la luz se fue apagando y la tapa del arcón lentamente se cerró sin sonido. Las primeras luces del día y el rugir de la ciudad me trajeron al presente: nunca antes sentí tanta paz. Caminé algo confundido hasta el baño quitándome la ropa. Me sumergí algunos minutos bajo el agua de la ducha. Percibí otra vez mi cuerpo, la piel y el perfume del jabón. Todo parecía más real, más vivo. Una vez ya vestido observé mi imagen frente al espejo. Dicen que en los ojos se puede ver el alma y casi no pude reconocerme.

Ya no soy el mismo.

Tomé el arcón y salí con él a la calle que ya comenzaba a llenarse de bullicio. Otra vez la misma escena: gente apurada, preocupada, distraída. Sentí su dolor, su angustia. Escuché el parloteo de sus mentes enloquecidas dentro de mi cabeza y compasivamente hubiera querido arrullarlos como a niños. Paré un taxi, subí con mi apreciada carga y elegí como destino una calle al azar. El viaje no era largo pero el tránsito retrasó la llegada al lugar elegido. Yo iba con los ojos cerrados, abstraído en mis pensamientos cuando el conductor con voz ronca y pausada me alertó:

-Bueno amigo…ya llegamos… ¿dónde lo dejo?

-Donde pueda está bien- dije.

Pagué y bajé con el arcón entre mis brazos, hice un rápido recorrido visual del lugar y me dirigí al punto exacto donde había decidido dejarlo. Con delicadeza lo apoyé sobre la vereda y luego caminé sin darme vuelta hasta perderme entre los transeúntes.

Alguien tropezará con él.


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