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Categoría: Cuentos, Prosa Poética

Doroteo

Martha Pensel

 Y, resulta que al parecer Don Doroteo finalmente no era un duende.  Eso dicen, pero no es muy seguro.  Porque si lo hubiéramos visto vestido apropiadamente con un saco largo con cinturón, botas y uno de esos gorros especiales, otra hubiera sido la idea.

 Nunca hablé mucho con él, yo era chica.  Íbamos a su tienda con mamá o con mi tía y cuando abría los rollos de género sobre el mostrador y se formaban olas de todos los colores, también empezaban a desenvolverse los misterios. 

No sé por qué cuento  esto, será porque volví al negocio después de décadas a buscar una tela para el sofá. Me trajeron algunos muestrarios, pero no fue lo mismo.   Faltaba   algo así como la ilusión de Cenicienta, quiero contarlo bien:  las telas sobre el mostrador nos llevaban anticipadamente a un lugar, a un baile, una fiesta, una reunión, un té o un cumpleaños..  Después llegaría la modista, que era el Hada Madrina, que poco a poco y a puntaditas nos dibujaba la silueta.  Me acuerdo del rosa pálido del vestido de plumetí y de su génesis, una tela que Doroteo extendía sonriente, y sonreíamos,  y de las pintitas blancas, casi invisibles, que tenía bordadas., y que también parecían sonreírnos.

Llego al baile de mi prima. Entramos en el living con los sillones arrimados hacia la pared para dejar libres al espacio y a la música.  Mamá tiene el traje a saco azul turquesa, igual a la tela que caía al costado  del mostrador . 

¿Y dónde estoy ahora? A veces el tiempo se intercala . 

Bueno, por eso, creo, empecé a pensar  en que este señor podría ser un duende. 

El caso es que los colores y los géneros desplegados nos llevaban de la mano a un mundo de espejismos que después eran tan ciertos que se mezclaban, y de todas maneras, no tenía tanta importancia cuál de los dos era el primero. 

Yo tendría que preguntar por él, pero no sé a quién más. La mayoría no sabe qué contestarme, y en los telares se siguen tejiendo muchas historias.

Me acuerdo de su pelo blanco, de sus anteojos y de sus cejas. Era cortés, era amable y algo en él se iluminaba cuando desplegaba el arcoíris.

Y como lo conocí solamente en ocasiones específicas, no puedo agregar más nada que signifique algo en particular. 

Poco a poco dejamos de ir a la tienda porque las confecciones seriadas se hicieron amigas de nuestros tiempos más cortos. 

Debe haber habido una visita, posiblemente la última, pero ya no recuerdo cuál fue.  Llegó el cambio de las crisálidas y la vida siguió caminando.

No sé cuándo dejó su negocio, no sé si se habrá muerto, pero supongo que ahora tendría unos cien años 

Lo que pasa es que a veces  creo que sueño con él. Sueño que viene con una bolsa llena de retacitos de colores, que saca un   puñado, los sopla en el aire y se convierten en violetas, en alelíes, en azahares, en amapolas, en campanitas y en pimpollos de rosas blancas, como de espuma.

Y nada más. 

Pero es por eso que a veces, cuando en alguna de esas tardes el cielo se cubre con franjas de colores, se me ocurre pensar que Doroteo posiblemente fuera un duende.

 

 

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