Kósquires

De la Mano del Pájaro Azul

por Fernando Rusquellas

 

Era uno de esos días de lluvia en que los más chicos, acostumbrados a potrear por fuera de la casa, nos sentíamos perdidos.

Mi cara debe haber reflejado un lastimoso estado de aburrimiento, así que mi papá buscó en la biblioteca algo para entretenerme. Después de revolver un rato entre viejos libros de aspecto poco apetitoso para un niño de diez o doce años extrajo un pequeño volumen en rústica, sacudió el polvo que lo cubría y sonrió satisfecho.

No sé si era una particularidad mía o una reacción propia de la edad pero mis juicios y hasta mis actos se guiaban entonces por la observación de sutiles gestos de las personas que me rodeaban, especialmente mis padres o mi abuela materna.

La expresión de mi papá me intrigó particularmente.Era al mismo tiempo alegre y pícara, una promesa y un desafío.

Precisamente esto último, el desafío, puso en marcha mi interés como ninguna otra cosa podría haberlo hecho (aún hoy cualquier desafío funciona como motor de mi imaginación y mi actividad).

Mientras gesticulaba agitando aquel pequeño libro, mi papá relataba con entusiasmo creciente algunos pasajes aislados guardados desde mucho tiempo atrás en su memoria.

Notando tal vez que acrecentaba mi ansiedad y con ello el interés disfrutaba contándome que su autor había escrito “La vida de las Abejas” y “La Vida de las Hormigas”. Estos datos me predispusieron más aún para la lectura. Supe inmediatamente que me reencontraría con Maurice Maeterlink, un viejo conocido.

El Pájaro Azul es un libro verdaderamente extraño. Una obra de teatro infantil que esconde un riquísimo tesoro de imágenes simbólicas acerca de la naturaleza humana y de su incesante búsqueda de la felicidad.

La felicidad. Esa sensación única que si bién se relaciona íntimamente con la alegría y la tristeza no depende necesariamente de ellas para existir.

Cuando tenemos la suerte que se instale en nuestro ser permanece indefinidamente impregnándolo todo, dejándose sentir en todo su esplendor en los momentos de nuestras máximas alegrías o de mayor dolor.

No es un cielo más allá de la estratósfera. Tampoco es un cielo habitado por seres sobrenaturales. El de Maeterlink es simplemente el cielo de la memoria, habitado por los seres queridos que han muerto, humanos o animales y hasta por objetos que alguna vez nos acompañaron. Sus habitantes duermen un sueño eterno sólo interrumpido cuando alguien los recuerda. Entonces recuperan la vida, su personalidad y sus antiguas costumbres, manifiestan la alegría del reencuentro, sus preocupaciones… reiteran sus consejos y a veces sus regaños.

Muy a menudo visito yo también, como Tiltil y Miltil, ese cielo cada vez más poblado a medida que pasa el tiempo. Oigo las voces y escucho las ideas de quienes alguna vez compartieron parte de su vida conmigo o simplemente percibo su cariño, a veces en forma de un ladrido… Dura unos instantes y los dejo descansar luego para volver a mi realidad hasta que los convoque nuevamente cuando necesite de sus ideas, consejos o compañía…

Sin que esto requiera un gran esfuerzo de mi parte observo cómo dos o más de sus habitantes despiertan simultáneamente, aún sin que se hubieran conocido en vida o hasta sin que compartieran el mismo período de tiempo.

Con la oportunidad de despertar al sólo conjuro del recuedo aquellos seres irrecuperables se relacionan ente sí, juegan con nuevas experiencias, en nuevos o viejos escenarios, en ocasiones que no fueron pero que de haber sido habrían cambiado sus historias y las nuestras.

No sé si debo decirlo, pero entre aquellos está mi propio yo, multiplicado por los yo que fuí siendo a lo largo de la vida.

De visita está también mi yo actual, en ocasiones como simple espectador y en otras interactuando e interfiriendo con lo que sucede en aquel lugar. Gozo las presencias virtuales de quienes nunca más actuarán en la realidad, que se ve algo diferente, en ella todo forma parte de todo, libre de los límites que la materialidad y el tiempo le imponen a las cosas.

Los viejos que por viejos despertaban admiración, temor o respeto son ahora como los niños, transparentes sus mentes a nuestro entendimiento con el que se identifican fácilmente. Sus intolerancias son sus miedos, su terquedad sus limitaciones, sus injusticias sus pasiones reprimidas, su fortaleza su debilidad…, y su terrible soledad…, a tientas en las tinieblas de una ignorancia irremediable.

Apenas un paso adelante recorremos en nuestra actualidad el mismo camino.

Nuestros miedos, limitaciones, pasiones y debilidades se tornan más claros, menos desconocidos, menos tenebrosos a la luz sin sombras de aquel cielo.

Ymientras el pájaro azul se nos escurre de entre las manos, la felicidad florece.

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Un Placer Vergonzante por Fernando Rusquellas se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirDerivadasIgual 3.0 Unported.

         


Comments

  1. VERDADERAMENTE HERMOSOOOO..!!!!!

    Cuanta filosofia, cuanta realidad, cuanto de esto he de aprender al caminar..

    SALUDOS CORDIALES..


    JAVIER PEDROL
    octubre 6th, 2012