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Categoría: Ensayo, Prosa Poética

Una Inefable Pero Fugáz Ilusión

Romeo Croce

 

 

Advertencia

Tratando de ordenar papeles, llegué a la caja donde se guada una gran cantidad de documentos, algunos originales manuscritos y otros pasados a máquina, otros aún en sus publicaciones en revistas especializadas. Se trata nada menos que de los papeles de mi tío Romeo Croce, doctor en química, dedicada toda su vida a la mineralogía, tanto en la docencia como en la investigación.

Entre sus papeles hay una gran variedad de temas, trabajos científicos, mapas detallados de sus expediciones por las más alejadas zonas de la geografía de nuestro país, dibujados en tinta algunos y bocetados al lápiz con anotaciones y observaciones personales, conferencias, despedidas a sus maestros más respetados, poemas en dodecasílabos unos y en octavas otros homenajeando a sus compañeros o escarneciendo algún jefe corrupto.

Junto a estas reliquias, dos hojas oficio mecanografiadas me llaman la atención por faltar el tercio derecho de ambas hojas, masticado por algún ratoncito, probablemente una ratoncita a punto de parir, en busca de materiales para confeccionar el nido que recibiría a su indefensa cría.

No puedo recriminárselo, una madre es una madre en cualquier circunstancia y en cualquier lugar del mundo…

El título podía leerse completo: “Una Inefable Pero Fugaz Ilusión”, el texto lamentablemente había sufrido una amputación horrible.

En un intento de reparar el daño a la pieza literaria y amenguar la culpa de la voraz ratoncita completé las partes desaparecidas del texto. Haber conocido el pensamiento y la personalidad de tío Romeo me dio ánimo para tomar el atrevimiento de reparar su escrito y conservar el espíritu original.

A fin de respetar el texto del autor las partes que reemplazan a las desaparecidas figuran subrayadas.

Fernando Rusquellas

Una Inefable Pero Fugaz Ilusión 

 Esa noche estaba muy fatigado y me acosté más temprano que de costumbre. Como siempre, mis últimos pensamientos y mis más cálidosrecuerdos fueron para mi madre, fallecida hacía apenas unas pocas semanas.

¡Qué sólo estaba en la noche!, en la silenciosa inmovilidad de la ausencia. Con esa sensación que me inundabano podía conciliar el sueño.

Las agujas del antiguo reloj de pared marcaban imperturbables el tiempo pasado y sonaban tristes las melancólicas campanas desde un extremo al otro de la casa, ahora tan vacía.

Recordé la fortaleza de mi madre para afrontar los más duros momentos de la vida, y entonces apagué el único sirio que alumbraba la habitación. Prefería esa tímida luz al acostarme, pues la claridad brusca despeja y disipa el sueño.

En el profundo silencio de la noche se percibían los muy débiles y casi imperceptibles ruidos con que la madera de los muebles manifiesta un cambio en la temperatura o la humedad del ambiente. Puede suceder aún que una ligera corriente de aire fresco, colándose por alguna endija, inicie una larga serie de crujidos que se producen en su, por lo demás, silencioso recorrido… Los minúsculos “taladritos”, permanentemente ocultos en la profundidad de la madera, forman intrincadas cavernas en medio de las sombras, se comunican entre ellos en el silencio de la noche por medio de misteriosos sonidos, signos apenas perceptibles… Todo esto junto, cual canción de cuna, me ayudó a conciliar el sueño.

Sobresaltado, con los ojos desorbitados, desperté de golpe cuando comenzó a crujir algo desde el dormitorio que había sido de mi madre.

El misterioso sonido se propagó luego, al parecer, al viejo arcón donde ella guardaba la ropa de invierno, enseguida, los maderos del piso parecieron denunciar la presión de los pasos de algún ser que se acercaba a mi dormitorio… La intensidad del sonido se hacía cada vez mayor, terminado en un golpe secoque me sobresaltó.

Encendí la luz, me levanté más rápido que nunca; todo estaba en orden: sólo se había corrido y cerrado parcialmente la persiana corrediza del escritorio de mi cuarto. Sin duda, una racha de aire seco infiltrándose por un extremo de la casa producía esos ruidos extraños e indefinidos…

Apagué de nuevo la luz…

El suave calor del botellón de cerámica con el agua que caldeaba mi cama me comunicó un tibio sopor que me adormeció y ya tranquilo pude recobrar elsueño.

En eso, se encendió la luz y apareció la silueta de mi madre en el vano de la puerta, como lo hacía siempre que me acostaba antes que ella y, en una demostración de prudencia, puso más frazadas sobre mi cama ajustándolas cariñosamente contra mi cuerpo, pues decía ella que “cómo podíaservir de abrigo la ropa tensa, apartada del cuerpo…” Entonces, entre sueños, pensé que tal vez se trataba de una terible pesadilla… Ahora veía cl reflejo de su figura espigada en el espejo del ropero. Ella estaba allí, abrigándome y regañándome como cuando era niño… En ese momento me invadióuna inmensa e inefable alegría… tan grande, que desesperadamente, escondiendo la cabeza debajo de las almohadas, experimenté gozoso la más extraordinaria emoción…

Mi madre comprendió que acababa de despertar de alguna de mis habituales pesadillas… acercando su rostro al mío, acariciándome con esas dulces palabras que sólo las madres saben expresar.

Las inexorables campanadas de la horas hirieron brutalmente mis oídos.

Volviéndome a la realidad disiparon ese inefable e imposible momento.

Desperté infinita y tristementemente sólo, en el lecho de mi oscuro y solitario dormitorio viendo cómo se extinguía la estrella agonizante de un sirio que lanzaba su último, débil resplandor.

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