Kósquires

Procófalo

Fernando Rusquellas

-¡Faltó poco para que se nos cayera encima!

-¡Pudo habernos aplastado! – Exclamó un señor canoso observando con espanto no disimulado al pobre hipopótamo que, mareado por la caída, pugnaba por incorporarse. Como consecuencia del golpe sobre la vereda había provocado la rotura de varias baldosas de vainillas amarillas que saltaron en pedazos dejando a la vista el contrapiso de cal y arena.

-¡Y demos gracias que el toldo de la joyería aminoró el impacto! – Comentó Susana mientras levantaba una de sus medias a cuadritos que se había deslizado hasta el tobillo tras la sorpresa.

Poco a poco una multitud de curiosos se arremolinó frente a la joyería. Un par de señoras miraban por encima de sus anteojos desde alguna distancia temiendo acercarse demasiado al pesado animalito que olfateaba el aire sin comprender lo que había sucedido.

Desde el balcón del octavo piso se asomó Marcelita a los gritos y agitando desesperada sus bracitos:

– ¡Procófalo! ¿Qué estabas haciendo?¿Te lastimaste?

Tras la nena apareció la figura de mamá Yolanda al tiempo que enrollaba una tohalla blanca alrededor de su cabeza a modo de turbante:

– ¡Cuantas veces tengo que repetirte que no lo dejes caminar por la baranda cuando estoy ocupada! ¿O no recuerdas lo que tuvimos que pagar cuando aplastó el camión del sifonero?

– ¡Pero mamá…, estaba aburrido y…! – Se oyó implorar a Marcelita con voz entrecortada.

– ¡Qué aburrido ni ocho cuartos! ¡Procófalo no sale más al balcón, si se aburre que mire televisión… o que mastique su elefantito de peluche! – Tan enojada parecía mamá Yolanda que Marcelita decidió no decir nada más y se contentó con asomarse para mirar la vereda donde unos policías habían bajado del patrullero y hacían circular a la multitud de curiosos.

Mientras tanto, Procófalo razonaba en silencio:

– ¿Por qué ocho cuartos? Si no me equivoco ocho cuartos vienen a seeer… nada menos que dos enteros…¿Qué habrá querido decir?¡Cada vez entiendo menos a esta mujer! – Y sin disimular bostezó largamente abriendo su bocaza y no sólo los curiosos, también los dos policías retrocedieron asustados. No era para menos, Procófalo lucía impresinante con sus labios rojos. Marcelita había necesitado varios lápices de rouge del nessesaire de mamá Yolanda para pintárselos y jugar a las visitas, justamente antes del paseo por la baranda del balcón.

– ¡Expreso de Oriente llega a la Argentinaaa! – Vociferaba un canillitas de pantalones a media pierna y un atado de priódicos a duras penas sostenido bajo su brazo izquierdo. – ¡Expreso de Oriente llega a la Argentinaaa!… – Al tiempo que empujaba con el codo el hocico pintarrajeado de Procófalo, que, por lo que creyó un ofrecimiento, engulló de un bocado el atado de periódicos del brazo del muchachito y agradecido le estampó un enorme beso embadurnando la cara del diarero que escapó despavorido saltando por encima de los dos policías que automáticamente desenfundaron sus pistolas.

El señor canoso que permanecía observando la escena desde el cordón de la vereda movió la cabeza de un lado a otro, como con cierta descreimiento, y comentó al oído a los policías:

– ¡Qué Expreso de Oriente ni Expreso de Oriente! ¡Un ex preso argentino, lo agarraron en Uruguay y nos lo traen de vuelta!-

-Y… es jóven. ¡Los jóvenes de hoy en día ni saben lo que dicen… son todos estúpidos y comunistas!– Comentó el policía mientras devolvía la pistola a su cartuchera.

Procófalo no entendió de que hablaban pero guiñó un ojo al señor canoso mientras terminaba de tragar el último número del periódico que se le había enredado en una muela y pensó en silencio:

– ¿Mamá Yolanda será jóven y por eso no sabe lo que dice? – Dió media vuelta y se dirigió pesadamente hacia la amplia entrada del edificio de departamentos al lado de la joyería haciendo oídos sordos a la órden de – ¡Alto!¡Ariba las manos! – que le gritaban desde al lado del patrullero los guardianes del órden afirmándose en sus piernas abiertas sobre el montón de baldosas rotas sosteniendo con ambas manos sus pistolas y apuntando peligrosamente.

– ¡Va f ‘an gullo! – Pensó en un mal italiano Procófalo que ya extrañaba las caricias de Marcelita y la tibieza de su camita allá arriba en el departamento y se paró inocentemente frente a la puerta del ascensor ignorando la órden de la autoridad. Razonó entonces que no podría subir por el ascensor, había crecido mucho desde aquella primera vez y sería mejor si mamá Yolanda cambiara el departamento del octavo por uno en planta baja. ¡O mejor aún: que fueran todos a una casa con pasto verde, arbolitos y pileta de natación!

– ¡No disparen! – Se oyó la voz de mamá Yolanda bajando por la escalera con el turbante de tohalla cubriendo aún su cabeza – ¡No disparen, es inimputable!

Se oyeron media docena de disparos.

Por unos instantes los policías, con sus armas todavía humeantes permanecieron inmóviles, paralizados.

Su víctima no cayó exánime al suelo como era de esperar, sinó que por el contrario flotó livianamente en el aire, se elevó hasta el balcón del octavo piso, se deslizó por la baranda, besó a Marcelita en la mejilla y cuando todos creían que entraría por la ventana vieron con enorme sorpresa cómo ascendió, ascendió y ascendió hasta perderse en las alturas.

 

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