Kósquires

Romeo, los Viajes del “Tío Bueno”

Fernando Rusquellas

Adalgisa, Barrarra, se había levantado algo nerviosa.

Las pequeñas cacerolas enlozadas, marrones salpicadas de pintitas blancas por fuera e impecablemente blancas por dentro, bullían desprendiendo el apetitoso perfume de las especias recolectadas muy tempranito de la quinta casera.

Era el día ansiosamente esperado. El día del regreso de Romeo.

 

Los potigos entreabiertos dejaban libres los cristales de la puerta del frente.

Bastaba correr apenas la cortina de macramé para dejar libre la vista del portón de entrada por donde ingresaría Romeo de su largo viaje. Vendría cansado de su larga expedición. LLegaría portando grandes valijas cargadas de muestras minerales perfectamente identificadas y clasificadas. Traería las ropas y los abrigos raídos por el uso en aquellas regiones inhóspitas y llenas de peligros.

A medida que transcurrían las horas, aumentaba la inquietudde Adalgisa. ¿Se habrá alimentado bién todo este tiempo?¿Habrá sufrido algún accidente?¿LLegará sano? Se acercaba el mediodia y los platos preferidos de Romeo podrían pasarse de cocción si duraba la tardanza.

En eso un auto de alquiler estacionó frente al portoncito del Echeverría 430. Después de un momento interminable descendió Romeo cargando una enorme maleta de cuero y tela. Otra valija emergió del baúl del auto y un minuto más tarde entraba pausadamente el «Tío Bueno» ataviado aún con su vestimenta de explorador, de irreconocible verde militar, decolorado por el sol de la cordeillera.

Ante la eufórica demostración de alegría de Adalgisa, respondió con su clásica demostración de máximo cariño:

– «Chás chás»  -Dijo suavemente mientras propinaba unas ligeras palmaditas en la mejilla de su madre, los besos eran un desagradable contacto de las mucosas de un extremo del tubo digestivo con el epitelio de otro individuo, realmente repugnate.

Otro «chas, chas» fue el efusivo saludo a mí, su sobrino preferido.

Mis Kósquires corrían a su alrededor ansiosos de las narraciones de fantásticas aventuras en lejanas tierras pedregosas llenas de peligros impensables.

Apenas nos habíamos sentado a la mesa para disfrutar el delicioso caldo con municiones, cuando casi sin darnos cuenta nos encontramos en un camino de cornisa, al borde de un precipicio infinito. La camioneta, una pick-up Chevrolet ‘51, dificultosamente cabía por aquella senda inclinada, una rueda casi rozaba la pared rocosa y la otra pisando peligrosamente el borde del que se desprendían a su paso algunos guijarros que rodaban hacia el vacío. El único acompañante de Romeo en la expedición conducía muy despacio, con la puerta que daba a la pared rocosa abierta, mantenía su pie izquierdo en tierra y sostenía el volante con la mano derecha, preparado para saltar abandonando el vehículo si éste se precipitara cien metros abajo. En medio de un silencio mortal nos helaba el vértigo mientras mis Kósquires, con su lomo erizado, se apretujaban contra las piedras filosas del muro sin siquiera mirar hacia las profundidades del abismo.

Sorbíamos lentamente y en silencio las últimas cucharadas de caldo para no perder ni un solo detalle de la narración de Romeo.

El camino se hizo por fin tan angosto que no hubo más opción que continuar a pié. Nuevamente se angostó la cornisa pedregosa hasta obligarnos a arrastrarnos. La inclinación de la cornisa se acentuaba a cada paso y los cantorodados que la tapizaban resbalaban al solo roce del cuerpo con riesgo de rodar definitivamente junto con ellos. Sólo fue posible avanzar dejando abandonados entre los riscos los dos fusiles que había facilitado el ejército por si hubiera habido un eventual encuentro con los pumas que solían asolar la región.

Inesperadamente se abrió ante nosotros una gran extensión plana y segura.

Tranquilizadas, Adalgissa y Asunta levantaron los platos hondos y pusieron sobre el impoluto mantel a cuadritos rojos y blancos los platos con las pastas y una ensaladera con la radicheta bién cortada muy finita, como apetecía Romeo.

Era la meseta del Somuncurá, donde un viento poderoso soplaba con enorme fuerza. Mis Kósquires, hasta entonces en temeroso silencio, corrían hasta el horizonte y regresaban en loca carre ra. La soledad más absoluta daba la sensación de estar en contacto inmediato con el cielo, con el universo todo, parecía que nunca más habría un regreso, que el mundo, el espacio y el tiempo se hubieran terminado para siempre.

Morán, el ayudante siempre servicial y dispuesto a colaborar, abandonó sus labores en el campamento afectado por aquella soledad, por la altura y aquel silencio sin límites. Cayó en un estado hipnótico tal que perdió todo interés por la vida y comenzó a delirar sin motivo aparente. Acostado boca arriba, la mirada fija en las profundidades de aquel cielo profundamente negro tachonado por millones de estrellas brillantes, aseguraba haber entrado en contacto con una Divinidad celestial que lo reclamaba para sí.

Mientras, los Kósquires dormían acurrucados unos junto a los otros, descansando de los emocionantes peligros del camino.

Casi sin darnos cuenta de nuestra ubicación ni del tiempo transcurrido, aparecieron sobre el mantel a cuadros rojos y blancos cuatro manzanas que devoramos distraídamente, temiendo por el inesperado destino del pobre Morán.

Pero la meseta del Somuncurá guardaba otro seceto.

Los primeros rayos del sol iluminaron el campamento.

Romeo se aseguró de que su ayudante duemiera profundamente y salió casi a gatas de su tienda de campaña para dirigirse decididamente hacia la entrada de la caverna. La tradición popular decía que hacía muchos años un espeleólogo llamado Peñonoli había penetrado en ella ordenándole a su ayudante indio que lo esperara junto a la entrada hasta que saliera. En esas latitudes y a esa altura las temperaturas son muy bajas durante las noches, así que mientras lo esperaba, el indio bebió todo el vino que habían llevado para el viaje y se quedó dormido no se sabe por cuántos días. Cuando despertó, comprobó que su patrón no había salido, se asomó a la boca de la caverna y lo llamó a gritos: -¡Peñonoliiiii…! ¡Peñonoliiiii!…

Y desde el fondo de la caverna el eco de su propia voz contestaba:

-Peñonoliiii…..Peñonoliiii….Peñonoliiiii …

El pobre indio, apenas salido de su borrachera, se llevó tal susto que escapó corriendo y no se lo vió nunca más por el pago. La tradición popular dice que la caverna sólo responde con el eco esa sóla palabra, como hechizada desde la desaparición del infortunado espeleólogo. Romeo quiso comprobar la veracidad de la tradición y asomándose a la entrada de la caverna llamó:

-¡Peñonoliii…! Y la respuesta inmediata de la caverna fue:

-Peñonoli…. Peñonoli….. Peñonoliiii…

– Como no hubo respuesta, llamó:

-¡Romeoooo….!

-¡Moráaaaan….! – Y tampoco respondió el eco desde las profundidades de la caverna hechizada.

Confundido, Romeo regresó al campamento donde lo esperaba Morán, recuperado, con un jarro de café caliente. Mis Kósquires lo acompañaban en silencio, perplejos y atemorizados ante la aparente evidencia del hechizo de la caverna.

 

 

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