Categoría: Poesía

Las Manos Que No Están en Altamira

Raúl Remigio Vargas

LAS MANOS

QUE NO ESTÁN EN ALTAMIRA

Las manos que no están en Altamira están en la memoria de los hombres.

Desde la memoria de los pueblos, hasta la íntima memoria encerrada en una libretita, desde un extremo a otro, los hechos humanos intentan permanecer “un poco más” antes de ser devorados por el olvido.

La memoria rescata, como después de un naufragio, a seres y objetos, para devolverlos a la playa de nuestro presente.

Vacaciones, en la Quinta de Doña Cipolla

Fernando Rusquellas

VACACIONES

EN LA QUINTA DE DOÑA CIPOLLA

H  abía gran revuelo en la casa grande de la calle Florida, junto a la joyería.

Todos se habían despertado ansiosos y levantado muy tempranito.

Pedro, acompañado de los niños salió al patio del fondo y como acostumbraba hacerlo a diario, se acercó al alambrado que daba al tambo vecino para recibir la jarra con leche recién ordeñada, todavía tibia y espumosa.

Pedro se apuró a fregar con su pañuelo cinco bigotes blancos.

Guida, mientras cosía los últimos botones de una prenda de verano, daba precisas indicaciones a la servidumbre.

Pedro ordenó sus papeles y los guardó cuidadosamente en el portafolios para no olvidar ninguno.

Los chicos de la casa estaban excitados, reían, jugueteaban y se peleaban. Todo al mismo tiempo.

Hasta Camiló ladraba de contento y movía su larga cola; corría desorientado en medio tanto desacostumbrado movimiento y desorden.

Categoría: Prosa Poética

La Dama del Mar

Natalia Lewitan

LA DAMA DEL MAR 

Caminar por su orilla, le otorgaba paz. El murmullo del oleaje, jugaba intrépido entre su pelo, acariciando su alma, enredándose en su andar. Ya nada importaba: ni los miedos, ni el mundo girando a su alrededor y ella adentro. La arena sostenía sus pasos, hundiendo las huellas en lo profundo. La libertad era su fiel compañía, la que ahora sentía más próxima que nunca. Caminó y caminó hasta que sus piernas le dijeron basta, sin embargo siguió adelante. Estaba exhausta, pues venía caminando desde hacía rato. De todas formas no quiso detenerse, no justamente ahora que estaba llegando.

El sol se escondía apresurado entre unas nubes densas, pero ella nunca se detuvo. Cuentan  que en las noches de luna llena, su piel se enciende y su cuerpo vibra, lleno de emoción. Esa Dama nunca dejará de avanzar.

Si alguien alguna vez puede verla, díganle que quiero ser como ella.

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La Dama del Mar por Natalia Lewitan se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported.

El Pozo

Ricardo Lewitan


EL POZO 

Escuchó una voz que dijo: “Busca en lo profundo”. Tomó una pala y comenzó a excavar. A su alrededor se amontonaban montañas de tierra. “Más, más, más”, se decía. “No abandones, sigue excavando, no abandones, busca, busca…”

Pedro, Un Viaje en Tranvía

Fernando Rusquellas

PEDRO

UN VIAJE EN TRANVIA

Displicentemente, los ojos fijos en algún rincón de la mente, doblaba cada vez más pequeñito un trozo de papel.

La mañana era fría pero luminosa, y mientras por la ventanilla desfilaban las imágenes cotidianas, en la boca de don Pedro se esbozaba una imperceptible expresión de felicidad.

Un perro revisaba exhaustivamente los árboles de la calle. Talán…talán… y un señor de bastón cruzaba apurando su paso dificultoso ganándole unos segundos al tranvía.

¡Pelusas Eran las de Antes!

Martha Pensel - Fernando Rusquellas

L  a primera frase estaba lanzada.

Ella no sabía cómo.

Sólo recordaba la pelusa, algo de una pelusa y de «La Concesión», pero….mientras tales pensamientos se arremolinaban en su mente, se mantenía muy quieta, acurrucada entre la bañera y la helada pared de azulejos blancos. Al mismo tiempo, cosechaba con enorme paciencia los muy escasos paquetitos de pelusa que podía rescatar de entre los dedos de sus pies descalzos.

Le aterrorizaba aquello de “La Concesión”.

Ahora, mientras la tímida Nuria arreglaba su cabello frente al espejo del baño no podía dejar de oir, dándole vueltas y vueltas por la cabeza, los sones de la Marsellesa. Cuanto más se esforzaba para dejar de oírla, la melodía, insistentemente regresaba ante la primera distracción. Lo peor del caso era que en vez de los conocidos versos franceses, sonaban en castellano los de la Marcha Peronista.

Un Placer Vergonzante

por Fernando Rusquellas


N oche. Larga, interminable noche. Silencio. La nariz extrañamente afilada, incapaz de percibir el pesado perfume de las flores. Flores y eucalipto. Aguardando el instante crucial, impoluta, la tapa cuidadosamente lustrada. Expresiones divertidas, inmovilizadas. La vida. Chispazos de voz que no será. Afuera, como adhiriéndose al duelo, el día despunta tristemente gris. Gente silenciosa, sin rumbo, sin nombre. Más voces quedas se sumaron ocupando el espacio robado al silencio. Irrupción temida, esperada, profesional, implacable. Un impertinente ruido metálico anunció el fin. Despedida, dolor, liberación, soledad, alivio.

Afuera, una fría mañana de invierno en Buenos Aires. Los primeros rayos del sol acariciaban apenas a quienes se atrevían a enfrentar la intemperie.

Viroflay

por Fernando Rusquellas

Sentado en el pescante, sus gruesas piernas enfundadas en una bombacha gauchesca de paño gris, separadas las rodillas y juntos los pies, casi zuela con zuela las alpargatas, Don Jorge, con un leve ir y venir de las riendas dirigía casi por señas a su viejo caballo por las callecitas de tierra de la villa. Cuando no cabía otra posibilidad se atrevía por las recientemente pavimentadas.

Todos los días, sin importar el buen o mal estado del tiempo, transportaba los pasajeros desde la estación del ferrocarril hasta la puerta misma de sus casas, diseminadas aquí y allá por toda la villa.

La Empresa

por Fernando Rusquellas

-¡Para qué va a ir usted hasta allá si pueden traerlo aquí, sin necesidad de moverse! Gallego decía esto con los ojos muy abiertos, al tiempo que sacando pecho hacía un gesto con las palmas de las manos hacia arriba, como esperando recibir algo desde lo alto.

Don Cosme, de raído traje negro y gruesa corbata, negra también y mal anudada, lo miraba serio, como si fuera incapáz de comprender el significado de sus palabras. Desde la muerte de su compañera había perdido todo el interés por cuidar su apariencia e incluso su salud. Sólo lo mantenían vivo y en actividad el febril trabajo en la empresa y la solícita atención de Genoveva, su vieja secretaria, que ocultaba una inquietante admiración por él.

El Amor de Rosendo

por Fernando Rusquellas

-N   ote hagas muchas ilusiones, nena, – Dijo Eleonora mientras enhebraba la aguja de su antigua máquina de coser. – ese tipo no te conviene, al menos yo no daría un mango por su compañía… – Analía, sentada en el brazo del sillón, con un pie en al suelo balanceaba rítmicamente la otra pierna de la que había dejado caer la pantufla, que ahora mordisqueaba Forajido mojándola con su baba pegajosa.

Las Orquídeas

por Fernando Rusquellas

¡Parece mentira que seas tan descuidada! – Hortensia no estaba enojada, simplemente contrariada, tal vez desilusionada o impresionada.

La taza del desayuno, yacía volcada sobre el apenas unos instantes atrás impoluto mantel de hilo blanco.

- La culpa es de la cucharita, tiene el mango demasiado largo y… – Protestó Gertrudis restregando la mesa con el extremo de su pañoleta de lana rosada.

De la Mano del Pájaro Azul

por Fernando Rusquellas

 

Era uno de esos días de lluvia en que los más chicos, acostumbrados a potrear por fuera de la casa, nos sentíamos perdidos.

Mi cara debe haber reflejado un lastimoso estado de aburrimiento, así que mi papá buscó en la biblioteca algo para entretenerme. Después de revolver un rato entre viejos libros de aspecto poco apetitoso para un niño de diez o doce años extrajo un pequeño volumen en rústica, sacudió el polvo que lo cubría y sonrió satisfecho.

No sé si era una particularidad mía o una reacción propia de la edad pero mis juicios y hasta mis actos se guiaban entonces por la observación de sutiles gestos de las personas que me rodeaban, especialmente mis padres o mi abuela materna.

El Tomate de Tío Romeo

Paula Rusquellas

Dejó caer en desorden, las semillas sobre la tierra removida, junto al tronco del rosal grande las plantitas podrían sostenerse bien.

Con la palita empujó la tierra suelta y al levantarse le crujieron sonoramente las rodillas. Hacía tiempo que el cuerpo no le respondía y lamentaba tener que ocupar su pensamiento en él. –Cuando las plantitas crezcan no tendré que bajar hasta el suelo, los frutos vendrán hasta mi mano.- Pensó en voz alta.

Categoría: Cuento

Las Fiestas y Yo o Las Fiestas Sin Mi

por Paula Rusquellas


¡Qué año!. La cosa empezó creo que con el cumpleaños de Carina al fin del año anterior. En su casa, una reuníon de familia, gente muy cálida, me recibieron como si hubiera sido una más de la casa; los hermanos se agarraban a trompadas por cualquier cosa y a nadie le llamaba la atención, había un pekinés o más de uno que esquivaban los movimientos bruscos del atacante y el atacado. Había un invitado más: una cabeza de jabalí presidiendo la mesa desde las alturas de la pared, yo casi me caigo de la silla cuando sentí una presencia que me vigilaba desde las tinieblas todo colmillos y ojos de vidrio.

Nuria

Martha Pensel - Fernando Rusquellas

- ¿En qué pensás cuando te sentís sola? - Preguntó a Nuria la doctora Rem apenas iniciada la primera sesión.

- En duraznos.

- ¿Duraznos?

- La cáscara, ¿viste?

- Ajá.-La psicóloga se acomodó los anteojos y anotó un par de palabras. Nuria la miraba impasible

- ¿Qué anotás?

- ¿Qué te parece?

- Anotás que pienso en duraznos. Pero pienso en otras cosas también.

- ¿Por ejemplo?

- Por ejemplo en frazadas, en ruecas, en plátanos, en viento…

- ¿Sabés qué son las ruecas?

- Sí. El aparato para hilar de la Bella Durmiente… Se pinchó.

Categoría: Ensayo

Las Difuntas o La Hora Pegajosa

Paula Rusquellas


¡Ha muerto el arte!, ¡Ha muerto el arte!- el pobre canillita no sabía a lo que se exponía al gritar el titular de primera plana. Parado en la esquina, acodado en un buzón, la cabeza hundida en el capuchón del buzo gastado, voceaba el titular con la misma entonación con que con que unos días antes había anunciado un terremoto y algún otro día el resultado del campeonato mundial de pié-pelota. Era antes de la mañana, después de la noche, la hora pegajosa, esa hora indefinida en que no se puede uno volver a dormir y mucho menos debe, cuando la luz es opaca, densa…cuando la luz todavía no es luz y cualquier verdad puede ser cierta.

Frater

Paula Rusquellas

Esta narración está inspirada en hechos reales.

Un domingo en casa de los parientes del campo, la familia estaba de sobremesa y Anita faltaba desde hacía rato. La buscaron en todos los lugares peligrosos. No estaba en la cocina, en la zanja ni en las parvas. Anita dormía abrazada a Pancha, debajo de la mesa, mientras todos la buscaban.

Desde entonces no hubo modo de separarlas. Anita aseguraba que la Pancha era su hermana.

Categoría: Cuento

Reina de Copas

Paula Rusquellas

La primera hilera de baldosas del patio tenían el exacto tamaño de su pie a los diez años. A los doce le bastaba con pisar un poco en diagonal; a los catorce no había contorsión que solucionara el problema, pisando los veinte (ya en diagonal) Águeda, volvía a la casa de los abuelos. Ellos ya no estaban. La casa se había detenido en una larga siesta. Sólo con los abuelos durmiendo podía haber tanto silencio y tanta quietud.

Águeda cruzó el patio volviendo a ver todos los detalles. Todavía cada cosa en su lugar. Las macetas con los helechos y los malvones, los sillones, los libros en los estantes, la ropa en los roperos. Tal vez sus reflejos en los espejos.

Romeo, los Viajes del “Tío Bueno”

Fernando Rusquellas

ROMEO

LOS VIAJES DEL “TÍO BUENO”

Adalgisa, Barrarra, se había levantado algo nerviosa.

Las pequeñas cacerolas enlozadas, marrones salpicadas de pintitas blancas por fuera e impecablemente blancas por dentro, bullían desprendiendo el apetitoso perfume de las especias recolectadas muy tempranito de la quinta casera.

Era el día ansiosamente esperado. El día del regreso de Romeo.

Romeo, En Riesgo de Vida

Fernando Rusquellas

ROMEO

EN RIESGO DE VIDA

LLovía insistentemente sobre Buenos Aires.

Como todas las mañanas, Romeo pasó un largo rato ante el espejo recortando su bigote hasta dejarlo convertido en una casi imperceptible fila de pelos alineados sobre su labio superior.

Como todas las mañanas bebió, se diría que tragó el desayuno que mamá Adalgissa le tenía preparado.

Juntó sus libros, sus cuadernos y los papeles que la noche anterior preparó para la clase.

Se despidió de Adalgissa y de Tía Assunta con sendos cariñosos acercamientos de su pómulo al de ellas. Pensaba que el contacto labial de un beso es algo desagradable y anti higiénico.

Guida, la Banda Oriental

Fernando Rusquellas


Corridas y disparos.

Miedo.

Los Kósquires escapan buscando refugio bajo los carruajes estacionados junto a las aceras.

Se oyen gritos, órdenes y relinchos.

Escondido en el vano de un portal puedo observar el enfrentamiento sin ser visto.

Blancos y Colorados no dan ni piden tregua.

La embestida de los caballos policiales dispersa violentamente a los revoltosos. Lentamente Montevideo recupera la calma.

Categoría: Prosa Poética

El Niño del Cielo

Ricardo Lewitan

EL NIÑO DEL CIELO

 Menciòn de Honor, Revista Guka,  viernes 5 de Agosto de 2011. Sala Augusto Cortazar de la Biblioteca Nacional.

-No es cierto. ¡No es cierto!

-No me importa lo que digan…yo lo vi con mis propios ojos. Él estaba ahí y no es la primera vez que lo veo.

-Siempre fuiste fantasioso, imaginando tonterías, pero ésta supera a todas.

El hospital estaba en penumbras. La noche era cálida y lluviosa, todos dormían. El goteo de una canilla lejana resonaba en mi cabeza rítmicamente. Fue la primera vez que lo vi.

Salió de una habitación en el fondo del pasillo con otro niño, como de ocho o diez años, tomándolo de su mano; no hablaban. Pasaron frente a mí caminando sin apuro, casi sonriendo. El llanto de una señora me distrajo y me acerqué para ver si podía ayudar. La mujer estaba en el fondo del pasillo, en la penúltima habitación. Cuando llegué abrió la puerta – ¿siempre estuvo cerrada? –, para llamar a los médicos pidiendo ayuda. Sobre la cama observé tendido al niño, parecía uno de los que vi caminar frente a mí: Estaba muerto.

Todo el mundo corrió pero no se pudo hacer nada, se había ido, y yo lo vi irse como en un sueño.

-Eso es lo que te pasó, lo soñaste.

-No fue un sueño, estoy seguro, esa maldita gota que caía no me dejaba dormir…

A las tres de la tarde el tránsito en Buenos Aires es endemoniado. La Avenida está atestada de autos que se apresuran por llegar a su destino. El pequeño animal seguramente no estaba apurado pero cruzó igual y su suerte le jugó una mala pasada. El conductor pensó quizás detenerse, pero el tránsito lo arrastraba y el golpe lo arrancó del asfalto. Cuando cayó contra el cordón ya estaba muerto. Sentí un nudo en la garganta y se me nublaron los ojos. Luego aclaré la vista y lo miré otra vez, como si saliera abriendo una puerta en el aire caminó hacia el pequeño perro, se arrodilló y con conmovedora ternura lo tomó entre sus brazos y se incorporó lentamente. Las patas del animal colgaban a los costados del cuerpo del niño, pero de pronto comenzó a moverlas y cuando éste lo bajó hacia el suelo, ambos corrieron hasta doblar la esquina, como jugando, despreocupados. Vi todo con tanta claridad que el cuerpo que yacía en la calle parecía irreal, una fantasía.

-¿Ves que no tiene lógica tu cuento? Salió corriendo pero estaba tirado en el asfalto.

-Si, pero lo vi…no sé como explicarlo. No tiene sentido.

Las otras veces que he visto al niño no se lo conté a nadie. Si no ven lo que yo veo, para que seguir hablando. En silencio, como quien va al cine, observo todo en la pantalla grande que es el mundo.

Cuando llegue mi hora, no te olvides de mí, niño del cielo…

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Un Lestodonte en el Cielo

Fernando Rusquellas

 

V isitando a unos, despertando a otros, recorrí, casi sin quererlo hasta los rincones más apartados.
A medida que avanzaba por zonas irreconocibles y menos pobladas, noté que la oscuridad era cada vez más y más profunda.
Un aire helado y un silencio sobrecogedor invadieron el ambiente hasta entonces cálido y agradable.
A mi pesar avancé con cualquier rumbo ya que sin que nadie me lo hubiera dicho, supe que todas las direcciones llevaban en el mismo, único sentido.
Guiándome apenas por los sonidos, repetidos en ecos interminables, reconocí haber llegado a un lugar muy grande. Olía a humedad y encierro. El reflejo apenas vislumbra ble proveniente de algún lugar oculto guió mis pasos hacia un recodo.